Pasajero Viernes, 3 marzo 2017

Cosas del género (V): El cuerpo, la ropa y la apariencia

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

*Esta es la última entrega de la serie COSAS DEL GÉNERO. A lo largo de la semana, hemos recogido testimonios sobre

El último post está dedicado a las imposiciones del género asociadas a la apariencia: la ropa que usamos, el cuerpo que tenemos, etcétera.

 

 

¿Somos lo que vestimos?  

Escribe: Regina Limo*

Dice RuPaul que nacemos desnudos y el resto es drag, es decir, perfomance. La división masculino-femenino opera principalmente a través de normas reguladoras, pero estas se manifiestan performativamente, según Judith Butler (su trabajo Cuerpos que importan está aquí), y todos participamos de esa simbolización. Hace milenios que la vestimenta trascendió su función meramente pragmática de abrigar o proteger del sol. Las nociones de la ropa y la apariencia como masculina o femenina son ‘acomodamientos’ a nuestras condiciones de hombres o mujeres. La ropa no es una entidad natural: nos crece pelo pero no pantalones, y no podemos elegir el color de piel pero sí el de nuestras blusas. La paradoja de la ropa como marca del sexo es que este supuestamente es un designio natural, pero la sociedad constantemente lo delimita.

Solemos mencionar la burka y el hiyab como símbolos de la opresión de la mujer en Medio Oriente. Sin embargo, decía la feminista musulmana Fátima Mernissi que, mientras en Oriente la dominación de la mujer se ejerce mediante la restricción del espacio, en Occidente se ejerce mediante la luz y el tiempo: debemos ser siempre jóvenes, femeninas y cumplir los patrones de belleza occidental. Estamos a disposición de la mirada masculina, por lo cual las ropas femeninas resaltan la figura, la entallan. No es necesario que digas que eres mujer, tu ropa y tus maneras lo harán por ti.  En cambio, la ropa masculina se adecua a funciones más pragmáticas y a la propia comodidad. En los jeans, por ejemplo, es obvia esta diferencia. Vestirse ‘bonito’ es uno de los upgrades para consagrarse como mujer.

Por otro lado, el estereotipo dice que un varón no sabe escoger su ropa. La metrosexualidad se consideró, a secas, una mariconada, un decaimiento de la masculinidad. Butler dice que romper este mandato normalizador (paradójico axioma sobre lo que supuestamente es natural pero a la vez tiene que construirse artificialmente) deviene en la abyección del sujeto: el marica, la machona, el desviado… Transgredir la masculinidad  solo es permitido en la farándula, y eso. El futbolista Cristiano Ronaldo es objeto de burlas por hacer lo que en las mujeres se ve normal y hasta obligatorio. El varón objeto del deseo y la mirada, de ropas ceñidas que marquen la entrepierna o los pectorales solo existen cómodamente en la pornografía gay y el erotismo homosexual; apenas asoman tímidamente en la publicidad para mujeres y no son tan atrevidos como en aquella. Y la homosexualidad, toda sexualidad fuera de la norma, sigue considerándose abyecta.

Para Pierre Bordieu (su trabajo La dominación masculina puede consultarse aquí) esto es una especie de círculo vicioso paradójico: al interpretar lo masculino y lo femenino desde el tamiz del discurso sexista, estas manifestaciones dejan de ser meramente espontáneas, y se convierten en objetos de coacción que, a su vez, refuerzan el discurso de dominación que las crea. Este discurso, entonces, se disfraza de naturalidad. Felizmente, siempre habrá personas dispuestas a romper los círculos viciosos.

*Escritora y profesora

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Ilustración de Javier Chinchay Ríos. Su trabajo puede verse en Blackrat.

NOELIA PAUTA: La gente se siente con derecho a hablar sobre tu apariencia

Desde que recuerdo, mi mamá siempre decía que tenía que vestirme como señorita, supongo que hubo una versión mía anterior a esa que usaba vestiditos y falda, pero la mayoría de mis recuerdos de infancia se mueven entre jeans, polos, zapatillas, buzos y definitivamente nada de aretes y maquillaje.

Siempre asocié mi estilo de vestir a algo malo, y aunque actualmente disfruto de un par de botas de cuero con taco, mi vida diaria sigue siendo un constante “jeans, polo y zapatillas”, como solía repetir mi mamá, cada vez que me veía llegar de algún lado.

Durante muchos años me sentía mal e incluso pensaba  que la ropa de “señorita” no encajaba conmigo, por andar usando tanto “jean, polo y zapatillas”, hasta que en algún punto de mi vida, cuando empecé a laborar, simplemente lancé eso por la borda y decidí vestirme como se me diera la gana, y aunque los “pareces un niñito”, “machito”, “hombrecito”, “se supone que eres mujer” y el típico “¿no podías arreglarte?”, siguieron surcando el cielo de comentarios, ya no me detenían a pensar si lo que llevaba puesto me hacía más o menos mujer de lo que ya era.

SILVANA MALDONADO: ¿Cómo puede divertirse una niña si está embutida en un vestido?

Detestaba los zapatos de charol. Son lindos para verlos pero a ver pónganse a correr con ellos (peor si es el piso es de parqué). ¡Obvio que te sacas la michi! Entonces no me gustaba ir a las fiestas infantiles con ellos porque era incomodísimo. Incluso el ir en vestido. Para ceremonias o compromisos familiares de cualquier tipo, ¡perfecto! Pero en las fiestas infantiles, donde correteas (o incluso hay saltarín y juegos inflables) simplemente no se puede, porque obviamente te da vergüenza que se te vea todo. Para las fiestas me ponía vestidos y zapatos de charol obligada, si no, no iba. Y al menos en las fiestas en El Rancho, veía el saltarín con una pena terrible.

¿Cómo puede divertirse una niña si está embutida en un vestido? No puede. A menos que sea una niña tranquilita que disfruta de la fiesta quedándose sentadita al lado de su mamá. Pero no todas las niñas son así…

TANIA TORRES: Creo que rechazaba lo femenino porque, a los diez años, me metieron la mano

Odiaba vestirme como todas las chicas. Recuerdo que un tiempo salieron los pantalones desteñidos y yo no los usaba porque evitaba verme como las demás. Durante muchos años, me vestí poco femenina, sobre todo en la adolescencia. Pero creo que eso también tiene que ver con que me metieron la mano a los 10 años.

Sin embargo, creo que nunca me distancié del todo de ese lado masculino. Es decir, sí dejé de pelearme a golpes con los otros niños y me acuerdo de que eso sí fue muy consciente. Me cambiaron de colegio, y ahí nunca me agarré a trompadas. Eso fue muy consciente porque no quería que me vuelvan a decir machona.

LIS ARÉVALO: De niña, odiaba usar vestidos tanto como usar joyas

Además de odiar los vestiditos (que no te dejaban ser tú misma sin que se te vea el calzón) yo odiaba las joyas. Las odio hasta hoy. Renegaba terriblemente cuando me tenía que poner aretes, pulseritas o medallas para ir a un cumple. El hecho de usarlas me jodía porque temía perderlas, porque no podía meter las manos al lodo con los anillitos y los brazaletes. Envidiaba a los varones que no tenían que decorarse con toda esa shit y podían jugar libres de preocupaciones. Si se me perdía el aretito que me regaló el abuelo tal, o la medalla que me trajo la tía tal de no sé dónde, me armaban un escándalo.

DIANA QUIÑONES: En Cajamarca, nadie nos decía que no podíamos treparnos a los árboles si llevábamos vestidos  

En mi caso, yo trepaba árboles con vestido y zapatos de charol junto a mis primas en Cajamarca. Pero eso lo hacíamos porque nadie nos decía que no podíamos, los vestidos eran frescos y nos permitían movernos bastante. El problema no es “el vestido”, es la imposición.

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Diana de niña, con vestido y en Cajamarca. Foto de su archivo familiar.

MAYRA CASTILLO: Te celebran si te pintas, te critican si no lo haces

Mi mamá intervenía siempre que realizaba giros radicales en mi cuerpo: por ejemplo, cuando me corté el pelo como Hally Berry 20 años después de haberlo tenido LARGO hasta la cintura… O cuando me hice mi primer tatuaje encima de una cicatriz de quemadura de moto… Todos sus comentarios dolían porque implicaban el clásico “te estás cagando el cuerpo, la imagen, qué van a decir de ti”, o “quién va a querer estar con una mujer así”… “Así” pues: que no se pone faldas, que no se pinta, que se corta “como hombre”, que no usa tacos… Y al revés: cada vez que me ponía perica para un matri, o para hacerme fotos profesionales para mi CV, recibía todos los halagos sobre haberme pintado / planchado el pelo / usado ropita de señorita… Creo que nunca fue por alguna afición en particular sino por intervenciones propias y sin su supervisión, cosas que ahora las entiendo mejor y sobre las que siempre que puedo discuto y cuestiono.

LIS ARÉVALO: La ropa de las niñas está llena de accesorios que estorban su movilidad

El asunto con la vestimenta no es que nos guste o no nos guste. El problema era que a las que no nos gustaba esa ropa nos obligaban a ponérnosla, sí o sí. Era “la” ropa de niña. Los vestidos que recuerdo tenían lazos que me estorbaban, blondas que picaban, florecitas de estampado que me parecían horribles. Y de los zapatos ni se diga: esos de suela como de madera con correíta, espantosos, incómodos. Tú ves una foto mía así y me veo incómoda, pero a mi madre le gustaba jugar a la muñeca conmigo y ponerme cosas bien rococó.

ALEXANDRA HERNÁNDEZ MURO: Me resulta nauseabundo que me dirijan frases como “qué linda estás”

Aproximadamente hasta los 11 años, me vestía con ropa casi exclusivamente “masculina” y hacía actividades consideradas masculinas. Digamos que siempre me sentí “una mujer con cerebro de hombre”, porque era la única forma en que podía explicarme, a mi corta edad, querer ser un chico sin necesariamente sentir disforia por alguna parte de mi cuerpo en especial.

En las reuniones familiares me ponían vestido y me arreglaban el pelo (que yo casi siempre usaba recogido por la practicidad), algo que me resultaba muy incómodo, porque venía con frases como “qué linda, parece una princesa” que hasta ahora me resultan nauseabundas cuando las dirigen a mí.

Nunca me sentí mujer, no es una etiqueta con la que me sienta cómoda (aunque hoy sí es una etiqueta que políticamente me representa), pero con la adolescencia y la heteronormatividad (y como tengo atracción por hombres cis también) empecé a querer encajar en el rol de “mujer” porque sentía que de otra manera no iba a ser atractiva para ellos.

Sin embargo, esto de “ser mujer” y las ideas sobre los roles sociales siempre me han hecho mucho daño y he permitido violencias de género en nombre de encajar. Ya ahora, de grande, reconociéndome bisexual y feminista he podido reconciliarme un poco con la idea de que ser mujer puede ser de muchas maneras (a pesar de que esa no es mi identidad de género) y romper con el binarismo.

NICO ALAMA MORALES: Yo me vestí con guayaberas y jugué con soldaditos, y eso tampoco definió mi orientación sexual 

Mi padre era comerciante de ropa y desde los 8 años me regalaba «camisas guayaberas» y las usé hasta los 14 años. En ese mismo tiempo, yo jugaba con los soldaditos de color verde y los juguetes que venían dentro del «chocolate juguete de Motta». Estas son algunas cosas que, al final, no definieron mi orientación sexual.

KARINA PAZ: ¿Por qué un hombre puede sacarse el polo si hace calor y una mujer no?

Cuando tenía 5 o 6 años, iba a la tienda con mi tío el menor. Él tenía 17 años en esa época y recuerdo hacía un calor terrible, era verano. Mi tío se sacó el polo porque llevábamos caminando buen rato y estaba sudando. Entonces le solté la mano y me saqué el polo y él pegó un grito.

-PONTE EL POLO.

-¿Por qué?

-PORQUE LAS NIÑAS NO DEBEN SACARSE EL POLO.

-Pero tú también te lo sacaste…

-Pero tú eres una niña, y las señoritas no andan calatas por la calle.

Ojo, yo adoro a mi tío, es una buena persona, pero creo que fue ahí cuando aprendí a avergonzarme de mi cuerpo.

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Ilustración de Javier Chinchay Ríos. Su trabajo puede verse en Blackrat.

GIA BARDALES: En las decoraciones de la habitación también se imponen los estereotipos de género

Mis papás decidieron pintar nuestras habitaciones. Mis hermanas eligieron un color llamado “rosa nieve” para su habitación. Yo quería pintar el mío de morado… A mis papás no les pareció adecuado y presionaron hasta que dejé de insistir y mi habitación también fue pintada de “rosa nieve”… Lo odiaba.

SHARY SIPIÓN SUÁREZ: Nunca dejé que las críticas que dañaran 

Recuerdo que papá era muy caluroso y en verano siempre salía sólo con un short a la calle, yo tendría 6 o 7 años y me encantaba salir con él así. Mi madre trataba de prohibírmelo pero no nunca fue tajante. Creo que en su momento fui criticada por familiares por mi manera de vestir, mi osadía en cosas que normalmente (o moralmente) las chicas no estaban hechas para hacer, pero nunca me hicieron cambiar de opinión, incluso ahora.

CARLOS FLORES: ¿Cuál es el afán de opinar siempre sobre la apariencia de los otros?

Hace como cuatro años me dejé crecer el cabello, y por ello muchas personas (sobre todo las religiosas y aquellas con complejo de “persona exitosa”) comenzaron a cuestionar mi sexualidad diciéndome: los hombres no usan cabello largo, eso es de mujeres y hippies descuidados por su persona… Felizmente, siempre he respondido con mucho respeto y algo de sarcasmo, pues cualquiera de esas personas pudo ser mi abuela. Y yo quiero mucho a mi abuela.

TANIA CASTRO SMITH: Aguanté por muchos años el pelo largo aunque lo odiaba, ¿por qué?

Por años aguanté el cabello largo, por más que no me gustaba cómo me quedaba. Me lo cortaba un poco por encima del hombro y ya en mi casa me decían: si te cortas el pelo más chico vas a parecer hombre. Y así estuve muuucho tiempo, sufriendo con el calor y el pelo desordenado.

Hasta que un día, hace un par de años, fui a la peluquería y mientras me ponían la manta alrededor del cuello, pensé “qué carajos” y le dije al peluquero: lo quiero corto. El tipo me miró y me dijo: “¿Usted es de la policía?”. No, le dije. Y mientras cortaba me, preguntó: “¿Y su esposo qué dice de su corte de pelo?”. A lo que le respondí: “Mi esposo no tiene nada que decir”.

Mi hijo de 8 años me dijo una vez: “¿Por qué te hiciste corte de hombre?”, y le contesté: un corte de pelo no es exclusivo para hombres ni mujeres, hay hombres que llevan el pelo largo porque así les gusta.

Hasta el día de hoy, casi siempre me confunden con un hombre a la primera mirada. A la segunda se rectifican, pero ya no me molesta y vivo feliz.

CARLA MERE MAGUIÑA: La apariencia de mi hijo es delicada y hermosa

A mi pequeño hijo Iulian, de tres años, siempre lo confunden con una niña, desde que era un bebé hasta ahora. A mí no me molestaba pero me dejé influenciar por lo que decía la familia. Entonces, comencé a comprar cualquier accesorio que lo hiciera más “varonil”.

Primero me decían que era el cabello largo, luego que la ropa, que el coche era rojo, hasta por sus pestañas. O sea, ¿un varoncito no puede tener las pestañas grandes?

Hasta que un día me llegó todo, y decidí dejarme de tanta estupidez (si, por último, yo jamás he tenido problema con eso). A mi novio, que es tal vez mucho más open mind que yo, le dije: ¿Sabes qué? Hacemos algo bien práctico: en vez de estar preocupándonos por lo que dice la gente, ¿por qué no les preguntamos a los niños por qué le dicen niña a nuestro hijo?

Así que un día, en el parque, hicimos nuestra encuesta a menores de 10 años que jugaban con nuestro peque. Y siempre los pequeños comenzaban “¿Cómo se llama? ¿Es niño o niña?”. A lo que respondíamos “¿tú que crees?”. En un 90% de casos, nos respondieron “NIÑA”, a lo que le refutábamos “¿por qué piensas que es mujercita?”. Obvio que nosotros esperábamos lo de siempre: que tiene el pelo largo, que viste como mujercita, que usa tal o cual color. ¿Y qué nos respondieron? “Parece niña porque tiene cara de niña” o “porque es bonito” o “porque tenía ojos de dibujos”. Por más que les preguntábamos si tal vez era la vestimenta o el pelo largo, los pequeños sabios nos decían que no, porque “mi papá también usa rosa y es hombre”.

Desde ese día nos dimos cuenta de lo negativo que resultó dejarnos influenciar por los prejuicios de los demás, ya que lo que realmente importaba era que personitas sin maldad nos dijeran la verdad. Me dejé de tonterías y dejé que mi hijo escogiera su mochila de Peppa con corazoncitos y color rosadito que tanto le gustaba.

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Ilustración de Javier Chinchay Ríos. Su trabajo puede verse en Blackrat.

MÓNICA TAMASHIRO: Siempre fui un poco punk

Tengo 25 años, y esto pasó cuando tenía entre 8 y 10. Tengo un hermano y una hermana, ambos mayores. Obviamente, ambos influyeron en lo que soy ahora. Mi hermano gustaba del skate, ropa ancha, tabas anchas, punk, etc., y en ese tiempo yo andaba con toda la onda de mi hermano.

Un día fui de compras al centro (o a Gamarra, no lo recuerdo) y vi un bividí de Taz! Obvio que era para hombres, pero lo quería! Me gustaba y lo quería! Mi mamá nos dijo “elijan lo que quieran”, pero cuando le dije que quería es ese, su respuesta fue: “ese no, es para hombres”. Me quedé triste, hasta me puse a llorar. Mi hermana, que también nos acompañaba, le dijo “déjala que se compre sus cosas”. Me defendió. No sé si me compraron el bividí, pero ese recuerdo no lo puedo olvidar, y ahora que soy madre, pues lo que sea que quiera mi hija suyo es. Tiene su casaca de Batman, sus miles de Batman de distintos años, Hot wheels y también Barbies, etc.

Adicionalmente a esa experiencia, mi gusto por la vestimenta siempre fue punk, antes que salga Avril Lavigne era un caos poder usar pantalón a la mitad del poto (usaba pantaloneta), pantalones sueltos, jeans sueltos, correas con púas. Mi entorno querían que me vistiera normal, “como mujer”, solo cambié los pantalones a la mitad del poto cuando fui creciendo, los jeans sueltos porque mi cuerpo no se presta para ellos (soy súper caderona) y, bueno, aún sigo con mi look relajado-punk, y si algo de hombre me gusta, me lo compro.

VALERIA FLORES GONZALES

A los cuatro años, comencé a ver Los Caballeros de Zodiaco con mi hermano mayor. Me encantaba así que empecé a pedir objetos que tuvieran imágenes del anime: polos, medias, mi mochila para el nido. Mis papás me compraron todo lo que pudieron, y hasta donde sé, jamás se cuestionaron por el hecho de que sus hijos, un niño y una niña, usaran a veces las mismas cosas.

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A modo de conclusión

Escribe: Miguel Flores-Montúfar

A lo largo de esta semana, ustedes han podido leer una serie de testimonios agrupados en cinco ejes temáticos. Todos hablan sobre las experiencias que hemos tenido con las tradiciones, conductas y expectativas asociadas a nuestro género.

Recogimos testimonios (es decir, experiencias personales) precisamente porque era importante para nosotros asignar una identidad a estas situaciones. Muchas personas están convencidas, todavía, de que las conductas asociadas al género son naturales: es decir, que una mujer es naturalmente delicada y coqueta, y que el hombre es naturalmente rudo y arriesgado. Que las mujeres quieren o deben o necesitan ser madres para realizarse como mujeres, que un hombre debe rechazar las sensiblerías si quiere evitar “confusiones”.  Lo que nosotros quisimos, al recoger las voces de nuestros lectores y amigos, era evidenciar que esa concepción es falsa: no son naturales las ropas ni los juguetes ni las ficciones que se imponen a los niños de acuerdo a su género, sino que, precisamente, se imponen a ellos, sin que tengan posibilidad de elegir, y muchas veces en contra de su voluntad.

El ejercicio implicaba, también, que mirásemos en nuestra propia vida, porque ahora se habla del género como algo que hubiera aparecido recién sobre la tierra, y estuviera amenazando (recién) a los menores en edad escolar: nosotras y nosotros también estuvimos allí, en la escuela, y en casa, y en el barrio, y en el trabajo: nos ha pasado siempre, y en muchos casos nos hizo daño. Es bueno que lo recordemos, porque eso es precisamente lo que se quiere cambiar.   

Ni el Currículo Nacional ni las campañas de promoción van a cambiarnos de un día para otro, pero señalan la dirección hacia la que deberíamos ir. Y en serio deberíamos, no es una opción: no hay nada peligroso en la educación sexual ni en el respeto a la diversidad. Lo peligroso es que insistamos en mantener un conjunto de costumbres y obligaciones que, en este mismo momento, están violentando a miles de niñas y niños en nuestro país. Si queremos que los peruanos que vengan sean mejores que nosotros, podríamos empezar por darles un espacio más seguro, más abierto y más respetuoso que el que tuvimos nosotros. Es un buen comienzo.  

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Sobre la serie COSAS DEL GÉNERO:

*Los textos introductorios para cada eje temático pertenecen a Lis Arévalo, Alexandra Hernández y Regina Limo, quienes además trabajaron en la compilación y organización del material.

*Las ilustraciones específicas para cada post son de Javicho Chinchay Ríos, cuyo trabajo pueden ver en Blackrat.

*La idea original de esta serie de testimonios es de Mayra Pérez Márquez y Miguel Flores Montúfar

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PUEDES REVISAR:

-El Currículo Nacional 

La campaña de PROMSEX, “Educación con igualdad”, que recoge testimonios escolares de diversas personalidades artísticas 

-La respuesta del procurador público a la acción popular presentada contra el Currículo Nacional

-¿Qué es la “ideología de género”?

-Pronunciamiento del ministro de Cultura sobre el Currículo Nacional

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.