Pasajero Lunes, 27 febrero 2017

Cosas del género (I): Juegos, juguetes y ficciones

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

En las últimas semanas, hemos comentado o discutido sobre EL GÉNERO: enfoque o ideología, natural o aprendido, rosado o celeste, etcétera. Todo esto a propósito del nuevo Currículo Nacional (que puedes leer aquí). Pero, ¿alguien puede pensar en los niños?

Pensemos en los niños y niñas que fuimos, en aquellas cosas que hicimos o dejamos de hacer, no porque quisiéramos, sino porque no eran “propias” de nuestro género. Piensen en todo: juguetes, vestimentas, colores, música, deportes, ídolos, esperanzas, todo. ¿Es natural que un niño juegue con carritos y una niña con muñecas? ¿Está mal que un niño vea Sailor Moon? ¿Y si hablamos de nuestras experiencias con EL GÉNERO?

Nuestros amigos y lectores exploraron en sus recuerdos, y nos ayudaron a responder estas preguntas  (estamos muy agradecidos por su confianza). Este será el primero de tres posts titulados: COSAS DEL GÉNERO. Hoy empezamos con  la imaginación: juegos, juguetes y ficciones.

Bienvenidos y bienvenidas: es muy probable que nos encontremos en alguna de estas historias.

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Ilustración de Javier Chinchay Ríos. Puede verse más de su trabajo en Blackrat

El mundo imaginario 

Escribe: Lis Arévalo*

Vi este documental de UNICEF, “La escuela del silencio”, sobre la educación de las niñas en el Perú y recordé mi época escolar. En mi colegio había un solo patio y, en el recreo, todo el espacio era para los varones. Sonaba el timbre; las chicas ni nos apurábamos en salir: sabíamos que nos quedaríamos sentadas, esperando Educación Física para poder movernos un poco. Si protestábamos, nos decían “Ellos son hombres. Ustedes no necesitan gastar tanta energía”. Y ya. Increíblemente, muchas niñas en nuestro país siguen pasando sus recreos y vidas enteras así: sin derecho al mismo espacio para desarrollarse que los varones y siempre en silencio, porque se cree que necesitan jugar menos, recibir menos, ganar menos…

Jugar nos permite imaginar, aprender a vivir con nosotros mismos y con los demás, adquirir recursos para expresarnos y mucho más. El placer de jugar no debería terminar con la infancia, pero es en esta etapa en que los ejercicios de imaginación y libertad determinan en gran medida cómo seremos al crecer. Jugando buscamos respuestas; espontáneamente elegimos cierto aspecto de la realidad que nos interesa para recrearlo o disfrutarlo. Es muy frustrante comenzar a explorar un objeto o juego y que nos digan “No, tú eres mujercita/hombrecito. Esto no es para ti”. Nos bloquean y confunden, pero obedecemos. Así se va formando nuestra identidad de género: aprendemos con negativas y humillaciones que los niños hacen deportes y pueden ser ruidosos, y que las niñas prefieren las muñecas y que se les querrá más si son “moderadas” ¿Por qué? ¿A quién beneficia esta desigualdad? ¿Las niñas no tienen tanta energía? ¿Por qué se les ofrece solo muñecas, ollas y juguetes rosados? ¿Por qué un varón no puede vestir y “alimentar” a una muñeca? ¿Por qué las niñas siguen sentadas y calladas no solo a la hora del recreo del colegio, sino también cuando crecen? Así, muchas mujeres peruanas aprenden a guardar silencio, porque les enseñaron en la casa y en la escuela que así es ser mujer. ¿No deberíamos educar a las niñas (también) para expresarse y jugar con libertad?

*Literata sanmarquina, profesora y feminista

Camiones, muñecas y carritos

BRENDA MARÍN: Me decían: Tú tienes que pedir juguetes para mujercitas

No siento que haya suprimido algo que haya querido hacer. Al contrario, creo que a mí no me dejaban hacer. Recuerdo mucho que a mi primo le regalaron un carro a control remoto. Yo también quería uno pero me dijeron que ese no era un juguete “para niñas”. Incluso recuerdo que ese día lloré porque realmente quería ese carrito, pero me dijeron: tú tienes que pedir algo para “mujercita”.

YOLANDA ARAUJO: “Jugaba con los transformers que mamá decomisaba a sus alumnos”

Cuando tenía unos 5 o 6 años, fui al mercado con mi mami. Además de buscar muñequitas recortables que me encantaban, un día vi un camión grande, rojo, de juguete, creo que de Coca-Cola, que transportaba cajas de gaseosa (todo de plástico, claro). Las cajitas se podían sacar y las podías apilar. Era hermoso y le dije a mi mamá que me lo comprara. No sé cómo pasó pero en mi recuerdo mi papá terminó comprándomelo y jugué con él hasta que se perdieron las cajitas. Luego seguí jugando con el camión de distintas formas: a las carreritas, transporte de muñecas, mudanza, etc.

La relación con mi papá, al ser hija única, siempre ha sido tensa, pero dentro de su mentalidad machista (él detesta a la gente cobarde, o sea aquella que le tiene miedo a las cosas y no se atreve a hacer algo) que su hijA jugara con un camión no la convertía en cobarde.

Otra cosa que me encantaba era jugar con los transformers y robots que mi mamá decomisaba a sus alumnos de primer grado en el Claretiano. Eran mucho más interesantes y versátiles que las muñecas y tenían miles de colores, formas e historias que podías construir. Esa diversión se acababa a fin de año cuando mi mami tenía que devolver los juguetitos y yo me quedaba con mi camión y las muñecas y menos historias para combinar

REGINA LIMO: Una niña me dijo que las motos “no eran para mujeres” 

Nunca me reprimieron en casa por cuestiones de género. Jugué por igual con muñecas, cocinitas, bloques para armar, carritos y osos de peluche. En la calle y en el colegio era distinto. Cuando tenía cuatro o cinco años, vi un camión de Coca-Cola precioso y me le prendí, pero un tipo me dijo “las mujercitas no juegan con camiones”, a lo que mi mamá respondió fina y elegantemente CÁLLESE VIEJO DE MIERDA y me lo compró. ¿Qué habrá sido del camión?

Una vez, un niño de la clase llevó una motocicleta de juguete que tenía ruidos y luces, seguro era uno de esos juguetes chinos, baratos y ruidosos, pero a mí me pareció bello así que me quedé mirando hasta que una niña me jaló a mi asiento diciéndome “eso no es para mujeres”.

ANTONIO BERROCAL: le ocultaba a mi papá que jugaba “juegos de niña” con mi hermana

Sobre los juegos, de hecho que siempre he sido más hábil en cosas de niñas: yases, liga, jugar con las muñecas de mi hermana mezclándolas con mis power rangers o tortuninjas. Pero, teniendo a un papá militar, apenas él llegaba las muñecas se camuflaban con los cojines del mueble.

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MAYRA SALAS MERINO: un robot no es un juguete “apropiado” para una niña

Recuerdo que cuando estaba en el nido hicieron una chocolatada. Ese día, a las niñas nos regalaron una muñeca vestida de novia y a los niños un robot alucinante que tenía luces y sonido. Yo moría por el robot, me parecía que hacía cosas mucho más interesantes que una muñeca vestida de novia, pero me lo negaron ya que no era un “juguete apropiado” para una niña.  

LOU RODRIGUEZ: hice berrinche cuando me negaron un carrito por ser niña 

En la clausura del nido (me parece que a los 4 años) entregaban a las nenas una Barbie y a los niños un auto rojo HERMOSO. Le dije a la miss que no quería la Barbie, que quería mi carro y no quiso hacer el cambio (su frase: El carro es para los niños).  Entonces me largué a llorar… Mi mamá fue hablar con la profa y le dijo: “Si mi hija quiere carro, usted le da su carro” y así salí feliz de aquel lugar. Incluso tengo una foto de aquel momento.

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Lou Rodríguez (la pequeña del medio) posa con el carrito que su profesora (izquierda) le había negado (“los carros SON PARA NIÑOS”, le dijo). Su mamá (derecha) insistió en que se lo dieran. Foto del archivo familiar de Lourdes Rodríguez.

MAYRA GUIULFO

Siempre me gustaron los carros a control remoto. Nunca me regalaron uno, decían que eran para niños. Ahora tengo mi propio auto y soy muy feliz cuando manejo. 

TONIA GALINDO ARISTA

Nunca me atreví a pedir esas pistas de Hotwheels, que se veían bravazas, porque “eran para niños”.

DARIXO PROAÑO CASTAÑEDA: Mi abuela me decía “vaya a la calle a jugar pelota con sus amigos”

Cuando tenía 10 años y mi hermana 6, jugábamos a escondidas yaces (no sé si se escriba así) porque a mi abuela, bien conservadora ella, le molestaba bastante que yo juegue “ese juego que solo es de niñas. Vaya a la calle a jugar con sus amigos pelota…” y hasta el día de hoy recuerdo que seguí jugando unas cuantas veces más a escondidas con ella, y mi hermana como que protegía a un delincuente, “ahí viene la mama, guarda guarda”.

TSUYOSHI IREI: “Crecí jugando con Barbies y Batman a la vez”

Yo jugaba con Barbies. Cuando me mudé tenía 6 años y mi única vecina era una niña y tenía más juguetes que yo: toda la colección de Barbies, más cocinas, piscina, todo. Jugaba con ella diariamente. Pasadas las horas sacábamos los juguetes y jugábamos con los muñecos de Dragon Ball. También jugué yaces (no sé cómo se escribe) y palmadas (no sé cómo se llama el juego), Batman, etc. Me divertí mucho en aquellos años. Al pasar el tiempo, cada uno fue jugando a cosas “propias del género”.

ORLANDO SOSA LOZADA: “Convertía bolsas en muñecas”

De niño (entre los 3 y 6 años) jugaba con bolsas pensando que eran muñecas, las amarraba de tal forma que parecieran una silueta humana. Recuerdo que recreaba diálogos bien densos de madres solteras y niñas no fresas, e imitaba las voces. Mi familia nunca entendió por qué jugaba tanto con bolsas (pero al menos se tranquilizaban porque jugaba a algo y dejaba el Baldor un rato). Nunca me animé a jugar con muñecas porque pensé que era malo, y porque no había niñas en mi casa (era el único menor de toda la casa).

Los juegos combinados

DIANA HUAYOTUMA

Cuando era niña me encantaba jugar con los carritos de mi hermano mayor. Él también me enseñó a jugar con el trompo y los tiros. Mis papás no decían nada, de cierta manera respetaban que juegue con ese tipo de juguetes.

Sin embargo, en el colegio (mi colegio era de solo mujeres) todas mis amigas hablaban y jugaban con muñecas y maquillaje. Entonces, “me di cuenta” de que jugar con los juguetes de mi hermano “estaba mal” en una niña.

Pasaron los años y poco a poco fui fusionando las muñecas con los carritos, hasta que solo fueron muñecas. Me creí todas las estupideces sobre que las niñas no juegan con trompos y no saltan la soga. Aunque mis papás nunca me obligaron a hacer o jugar con algo “solo de niñas”: hice ballet y también taekwondo. Salté soga y jugué con trompos. Ahora no soy más ni menos mujer por lo que jugaba de niña.

LIS ARÉVALO: Mis amigos del barrio no querían que mi hermano jugara con nosotras

Mi hermano y yo jugábamos haciendo un mix de mis cositas de cocina, las muñecas y sus castillos para armar “bodegas” o cosas parecidas. Mientras no jodiéramos, los mayores no nos decían nada. Siempre nos dejaron jugar juntos, pero a él le regalaban los autos, los castillos, y a mí las ollas y los abarrotes, que eran hermosos. Era muy triste cuando mis amigas del barrio me decían “no, tu hermano no puede jugar aquí porque esto es para mujeres”. Al final, por necesidad de carritos o de alguien que se ponga para saltar la liga, lo aceptaban y jugábamos tres chicas con él.

SOFIA P. ASARPAY: Los vecinos miraban mal que una mujer anduviera con hombres

Desde que tengo recuerdo, mis amigos siempre fueron hombres, crecí con ellos porque era la única mujer en toda mi cuadra. Me sentí (y me sigo sintiendo) cómoda al lado de cada uno de ellos, a pesar de que todos los vecinos parecían mirar mal que una mujer anduviera entre hombres. A ellos ni a mí nos afectó porque me veían como una igual con la que bromeaban y jugaban, una amiga, no la niñita del barrio.

Por otro lado, no detestaba pero sí me aburría jugar con muñecas, estaba cansada de esa estigmatización de que las niñas debieran jugar y crecer entre rosa. Crecí armando legos con mi hermano menor, haciendo carreras de bicicleta y skate, jugando fútbol y vóley con él y mis amigos. Eso pertenece a mi mejor infancia, algo que ni mi madre ni familia criticaron jamás.

SANDRA BURZZIO: Para las niñas yo era “medio hombre”

Siempre detesté jugar con muñecas y con las niñas, me parecían tan aburridas. Tener amigos hombres y jugar con ellos fútbol y taps y esas cosas de “niños” era para mí lo más increíble del mundo. Era raro ser una de las únicas chicas que jugaba taps en el colegio, o la única a la que le gustaba hacer grupo con puros chicos. Para las niñas yo era “medio hombre”, pero esos comentarios jamás perjudicaron mi forma de ser y de pensar.

Fui creciendo y mientras mi hermana, prima y amigas compraban maquillaje, yo sólo quería seguir jugando. Siempre me gustaron los chicos y el hecho de que haya jugado con “cosas de niños” no definió en lo absoluto mi orientación sexual.  

KATIA PANCELLI: Pedía libros y me regalaban muñecas 

A mí nunca me dieron bola con los regalos que pedía. Yo quería leer La Isla del Tesoro y me regalaban una muñeca. Gracias a mi tío Pepe: él me compró el libro. Ah, pero me comí las críticas porque no era “un libro para niñas”. ¡Han pasado 30 años y sigo soñando con Jim, el loro, la isla, yojojo! ¡Y una botella de ron!

CECILIA CLARO AGUIRRE: ¿Por qué no tenía un Ken?

Recuerdo mucho que en mi infancia mi mamá solo me regalaba muñecas, nunca tuve un Ken. Sin embargo, un buen día convertí a una de las barbies en Ken y así jugaba a que sí existía un Ken. No tenía aspecto varonil pero era una de la pareja de mis muñecas. Un poco extraño porque ahora que soy adulta puedo ver con toda la comodidad del mundo a una pareja de chicas o una pareja de varones y es lo más normal.

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ESSY ANGIE BELLIDO GUZMAN 

De niña jugaba fútbol, pero mi mamá siempre me decía que era machona y que debía jugar con cosas de niñas.

SCARLETT ALTAMIRANO: El colegio nunca se preocupó por detener el maltrato entre compañeros de clase 

Cuando estaba en primaria, yo jugaba con carritos y blade-blades, y me gané la ley del hielo de literalmente todas las niñas de mi grado por ser muy poco delicada. Era la típica chibola que sabía acampar, se hacía heridas por jugar y practicaba mucho deporte (hasta sexto nomás jejeje). 

Lo peor fue que el colegio en el que pasé esa etapa, mi cole de primaria (que no mencionaré porque… me da pena recordar que no hicieron nada), nunca tomó las acciones pertinentes para evitar que a niñas como yo las maltrataran por no ser la típica niña mimada, delicada, que le gusta el rosa y jugar con muñecas.

Me gustaban mucho las muñecas, pero solo para quitarles las extremidades: tenía un afán muy serio con desarmar todo lo que tocaba. Si bien luego conocí a otra chica, un grado mayor, muy similar a mí en personalidad y se hizo mi mejor amiga, las dos tuvimos que cambiar de cole en secundaria porque pasar tantos años con la incomprensión por nuestra actitud más aventurera fue una tortura. 

Por eso me llega al pincho la gente que dice que está mal “confundir” a los niños sobre sus “roles”. Perú tiene un serio problema de machismo y lo peor es que está fundado en la mentalidad de padres, profesores y niños. Si una política de Estado no toma las riendas de este aspecto de la educación, no sé qué será de otras niñas como yo en el futuro.

JAZMÍN MOSCOSO: Como no había niñas de mi edad, crecí muy sola

Yo recuerdo que, de niña, mi abuela no quería que jugara con la cometa porque me decía que ese juego era de niños. Me mandó a jugar con los yaces pero apenas pude aprender los niveles. Yo era la única niña en la casa (las otras mujeres eran mi abuela y mi mamá), el resto eran hombres. Como no quiso que jugara con los niños, tuve una niñez muy solitaria en mi casa.

LORENA PRÓ: Mis Barbies eran lesbianas porque tenía un Ken 

De hecho cuando estaba sola, me gustaba imaginar que era súper arquera (veía Súper Campeones) y, bueno, hacía la finta de que estaba tapando, pero cuando me veía mi tía, me miraba raro. Alguna vez se atrevió a decir “pareces hombre”. Moría de la vergüenza y me ocultaba. Aunque no dejé que eso me opacara, me escondía. Jugaba a las barbies, y estas eran lecas, porque no tenía Ken.

MARTÍN CANALES: Me gustaría coleccionar cocinitas y utensilios

Me encantaban los productos de abarrotes, cocinitas y utensilios en miniatura que tenía mi hermana. Justo la vez pasada estuve pensando en buscar alguno para comprármelo. Nadie me reprendió… simplemente se fue quedando… pero creo que, de no haber habido roles de género, no habría tardado tanto (recién hoy) en pensar en coleccionar estos juguetes y hacerles un espacio junto a mis tortuninjas.

REGINA LIMO: El mundo de los videojuegos estaba gobernado por hombres

En la adolescencia empecé a gastar mis propinas en jugar videojuegos. Por mi casa había varios pinball, que luego murieron por culpa de los locales de alquiler de nintendo, que también murieron cuando se hizo más común tener consola o computadora en casa.

Yo iba a ambos y el problema es que no hacía amigos porque a las niñas no nos tomaban en serio como jugadoras de videojuegos. Yo me moría por hacer algún amigo que compartiera mi afición pero nada, solo podía hablar de esas cosas con mis primos, y soñaba con mandar cartas a la revista Club Nintendo, que por entonces compraba de cuando en cuando.

Ya cuando estaba en la academia, antes de ingresar a la universidad, me iba a los pinball de la avenida Arequipa, frente a Risso, que estaban mejores equipados que los de mi barrio. Se había puesto de moda el Tekken, que era más atractivo que Street Fighter y yo me gastaba la plata en ese juego.

Un día se me acercó un chibolo y se puso a conversar conmigo. Hablamos del juego, creo que hasta jugamos una partida. No me acuerdo quién ganó, pero se sentía paja tener, por fin, un amigo que entendiera esta afición (si hubiera existido Facebook en ese entonces seguro ya hubiera conocido gente compatible). Todo iba bien hasta que el huevas me dice: “Juegas bien… para ser mujer”. Ya te imaginarás mi cara.

MAYRA DOS SANTOS: Todavía hoy nos cuesta superar el adoctrinamiento de género que recibimos

En mi familia somos cuatro hermanas, de pequeñas vivíamos en San Ignacio, Cajamarca, y las cosas más divertidas para hacer allá eran montar a caballo, trepar árboles, jugar carnavales, montar bicicleta, etc. Allá solíamos jugar de igual a igual con los niños, retándonos unos a otros y compitiendo, hasta que llegó el momento de mudarnos a Lima.

Aquí la familia de mamá, que fue la que nos acogió, nos hizo ver que todos nuestros juegos y formas de diversión estaban mal, porque aquí en Lima una tenía que comportarse como señorita, y que una señorita de su casa no anda con las rodillas llenas de costras de heridas ni con moretones.

Caló tanto en nosotras aquel adoctrinamiento que incluso hoy en día, que hemos superado muchas cosas feas que vivimos con esa parte de la familia, aún ahora no preocupa el vernos demasiado masculinas. Una de mis hermanas necesitaba ropa para una entrevista de trabajo, yo me ofrecí a prestarle mi ropa pero rechazó mi ofrecimiento diciendo que parecía ropa de lesbiana. Otra de mis hermanas está a punto de dar a luz a su segundo bebé, que será niña. Lo primero que me dijo al recibir la noticia del sexo de la bebé fue que se moría de miedo de criar a una mujer porque ella misma no sabía bien cómo ser mujer, que todavía recordaba las veces que la habían llamado machona por trepar o escalar los muros de las huertas vecinas, que le costaba ser femenina y eso la hacía sentir mal porque a una mujer no le debería ser tan difícil ser femenina.

Me parece que ella fue la que más sufrió con todo ello, porque nuestra madre nunca supo muy bien cómo peinar su cabello afro, así que se lo cortaba bien chiquito, lo cual contribuyó al bullying en la escuela. Hasta las profesoras se sentían incómodas e insistían en ponerle aunque sea un ganchito en la cabeza para hacerla ver más “femenina”.

El poder de las ficciones

GIA BARDALES: Jamás hubiera admitido que veía programas “para niños”

Recuerdo que amaba ver los Thundercats, He-Man, Conan el Bárbaro y un poco después fui fan a morir de los X-Men que daban en Fox Kids… Pero jamás hubiera admitido que veía esos programas en el colegio o con mis compañeros porque me daba “vergüenza”… Como si hiciera algo malo o prohibido (para las niñas).

Me encantaban los carritos. Las muñecas no me gustaban tanto pero encontré cómo sacarle la vuelta al asunto pidiendo de regalo el carro de la Barbie para una Navidad… Barbie hacía carreras de auto y adoraba jugar a accidentes automovilísticos terribles en donde solía lanzar el carro desde el segundo piso o cosas así. Ken moría en cada “capítulo” (fui precursora de Kenny porque resucitaba al siguiente solo para volver a morir al final). Nuevamente, jamás comentaba con otras personas de estos juegos que hacía en casa… Sabía que sería observada como “rara”, más de lo que ya era…

Me regalaron un Super Nintendo, venía con dos juegos: Mario World y Street Fighter. Amaba Street Fighter. Mi papá vendió ese juego porque unos amigos le dijeron que no era apropiado que una niña jugara esas cosas…

MAYRA PÉREZ MÁRQUEZ: Nadie me dijo que estaba mal. Yo lo sentía así. 

Mi pasión era la televisión. Cuando era niña, me pasaba horas de horas encerrada en mi cuarto viendo televisión. A veces salía jugar y la pasaba muy bien, pero esos juegos implicaban relacionarse con personas: con la televisión, en cambio, éramos solo ella y yo. Me encantaba ver novelas mexicanas, dibujos, series y programas juveniles, pero, sobre todo, animes.

Esperaba con ansias que saliera el grupo Vox para presentar los programas, o en cable, Cartoon Newtork o Fox Kids. Era mi adicción clandestina porque, por un lado, había programas que veían solamente los varones, como los Caballeros de Zodiaco o Dragon Ball, mientras que las niñas (de 10, 11 o 12 años) no veían los programas “para niñas”, como Sailor Moon o Sakura Card Captor, porque sentían que eran “demasiado infantiles” para ellas.  

Nadie me dijo que estaba mal ver esos programas, o que unos eran “para niñas” y otros “para niños”, o que estaba muy grande para verlos: yo lo sentía así, y por eso me escondía y no se lo comentaba a nadie.

Cuando vi Sakura, me pareció un poco extraño que dos hombres, que eran amigos, se amaran. Claro, no había besos ni nada, pero por sus acciones era obvio que se amaban. Lo mismo me pasó con Sailor Moon: Haruka era la identidad adoptada por Sailor Uranus, pero Haruka tenía un aspecto varonil: vestía con pantalones, camisa y corbata, y tenía una voz gruesa; además, se notaba claramente que quería mucho a Michiru, identidad de Sailor Neptune, y ella a él. Me sorprendió mucho que se viera como algo normal, pero me parecía mostro. Así que yo también empecé a verlo de esa misma manera.

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Mayra Pérez Márquez con juguetes de algunos de sus animes favoritos: Pokémon, Sakura Card Captor, Sailor Moon. Foto del archivo familiar.

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En mi casa mi madre no me presionaba tanto, me gustaba jugar con muñecas y también con los juguetes de mi hermano y no había problema, veía dibujos como Dragon Ball Z o Saint Seiya y las únicas que me atormentaban por eso eran mis compañeras del salón. Lo que sí me molestaba mucho en mi niñez era que en cada actuación del colegio a las niñas nos obligaban a maquillarnos y yo detestaba eso, hasta ahora no soporto el maquillaje en mi cara.

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GONZALO MENESES: Vi Sailor Moon para criticarla, y se convirtió en uno de los eventos más reveladores de mi vida

Desde muy pequeño, fueron incontables las veces en las que tuve que forzarme a hacer cosas, contra mi voluntad, para encajar en lo que mis familiares y adultos aledaños esperaban de mí como “hombrecito”. Tuve que forzarme a usar los relojes en la muñeca izquierda pese a que la derecha me resultaba infinitamente más cómoda, hasta que se volvió costumbre. Tuve que forzarme a hacer comentarios hirientes e insidiosos sobre mis compañeras de colegio, solo para reafirmar mi hombría con mis amigos. Tuve que forzarme a no llorar en público o a llorar encerrado, para no ver cuestionada esa masculinidad que estaba tan ligada a mi calidad como persona.

En ese devenir, el acontecimiento que recuerdo con mayor claridad es la aparición de un anime “para chicas” llamado Sailor Moon, en la segunda mitad de los años 90. Desde su anuncio por el canal 4, los comentarios negativos que los varones emitíamos al respecto en los recreos eran constantes. Sin haber visto un solo capítulo, nos parecía estúpido y risible que 5 chicas tengan poderes y se enfrentaran a villanos, por lo que estaba implícito que ninguno lo vería. Pero como el programa era parte de esos bloques animados de la época que ahora están extintos, un día, aprovechando que me quedé solo en casa (porque tampoco quería que mis papás me vieran viéndolo) decidí ver de qué trataba, quizás solo para burlarme al día siguiente, y lo que sucedió fue uno de los eventos más reveladores que experimenté en mi vida.

Finalizado el capítulo, me encontraba absorto por la genialidad de ese programa del que –como hombre– esperaba lo peor. Los dos elementos que más me fascinaron fueron, por un lado, lo gracioso de las interacciones entre los personajes, y por el otro, la belleza de las transformaciones. Al día siguiente, no pude hacer más que contarles a mis amigos lo sucedido, pidiéndoles por favor que miren el programa para que entiendan lo que les estaba diciendo. “Maricón” y “mujercita” fueron las primeras cosas que me dijeron, y no supe qué responder, porque si dejaba de ser hombre solo porque me gustaba “Sailor Moon” (y efectivamente me gustaba), ¿entonces qué era? Me quedé callado tratando de balbucear algo, hasta que otro compañero intervino diciendo: “Yo también veo el programa y también me gusta, es bacán”. Inicialmente también lo atacaron, pero confiados por el apoyo mutuo, ambos empezamos a contar más de la trama hasta que otros prometieron darle una oportunidad ese mismo día. Al día siguiente, la mitad de chicos del salón se declaraban fans de “Sailor Moon”, aunque algunos decían que les gustaba porque, cuando se transformaban, las chicas salían calatas.

Cual fuere el motivo, el programa no era nada parecido a lo que conocíamos bajo el rótulo de “para hombres”. No era “Dragon Ball Z” ni “Los Supercampeones”, era un formato notoriamente distinto. Nadie, salvo un pequeño grupo que se resistió a verlo hasta el final, se atrevió a decir de nuevo que era un programa “para chicas”, pero sabíamos que era diferente y dada la genialidad de la trama, nos sentíamos cómodo viéndolo. La posterior aparición de una relación lésbica y de las “Sailor Starlights” (personajes evidentemente trans) generó debates que de otra forma hubieran sido imposibles, pero todos siempre acordábamos que era un buen programa y lo vimos hasta el final. No ocupaba el mismo tiempo que “Dragon Ball”, pero lo seguíamos con la misma fidelidad y pasión. Todo lo que se necesitó fue que dos chicos admitieran que lo veían y les gustaba, para que nuestras nociones de masculinidad y feminidad fueran destruidas –aunque sea temporalmente– con la inmensa fragilidad que caracteriza todo aquello que es sostenido sin tener una base sólida en la realidad.

CARLOS FLORES: Mi abuela se oponía a que viera animes

Recuerdo que, desde muy niño, me gustaban mucho los dibujos animados y tenía una especial atracción por los animes. Cuando tenía entre 13 y 15 años, veía Ranma 1/2 y Sakura Card Captor, los cuales hablan de forma indirecta de la sexualidad. Mi abuela, totalmente conservadora, se molestaba cuando me encontraba viendo algo de ese tipo, pero me permitía verlo para que estuviera tranquilo y me mantenga en casa.

Lo mismo ocurre con la música. Siempre me ha gustado la música romántica como las canciones de Julieta Venegas, y recuerdo que en mi barrio, cuando sabían que las estaba escuchando, me decían: estas canciones son de maricas, mejor escucha salsa o perreo…

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Sobre la serie COSAS DEL GÉNERO:

*Los textos introductorios para cada eje temático pertenecen a Lis Arévalo, Alexandra Hernández y Regina Limo, quienes además trabajaron en la compilación y organización del material.

*Las ilustraciones específicas para cada post son de Javicho Chinchay Ríos, cuyo trabajo pueden ver en Blackrat.

*La idea original de esta serie de testimonios es de Mayra Pérez Márquez y Miguel Flores Montúfar

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PUEDES REVISAR:

-El Currículo Nacional 

La campaña de PROMSEX, “Educación con igualdad”, que recoge testimonios escolares de diversas personalidades artísticas 

-La respuesta del procurador público a la acción popular presentada contra el Currículo Nacional

-¿Qué es la “ideología de género”?

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.