Pasajero Viernes, 27 marzo 2020

Apuntes sobre la China, niña de tres años

Cada uno ve qué recursos encuentra para sobrellevar la cuarentena. En mi caso, escapando de las noticias, aproveché para pasar en limpio algunas notas que escribí sobre la China, mi sobrina de tres años y medio. Todo el mundo ve crecer niños todo el tiempo, de modo que no hay ninguna novedad. Incluso es mejor que no las haya. Lo importante es la experiencia común de ver crecer a un niño, que no por común es menos asombrosa. Ese asombro es el que nos hace pensar que todo está sucediendo por primera vez: el descubrimiento de su lenguaje, la conformación de sus rituales y manías, su relación casi mística con el agua, etcétera. Pero no es verdad: nada le ha ocurrido a la China que no le hubiera ocurrido ya a millones de niños, nada anotaré yo que no hubiera sido observado antes por millones de adultos. Y está bien. Esto es nada más (y nada menos) que la experiencia común.  

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Imagen referencial.

Sintaxis

La China no dice «No hagas eso» sino «No haces eso». Con esa oración intenta dar una orden: ve a un niño que, en vez de bajar, sube por la resbaladiza y le dice: «Niño, no haces eso». Todavía no conoce el modo imperativo del verbo hacer, aunque repite otros, como «Mira» y «¿Me ayudas?».

Si queremos observar cómo funcionan los mecanismos del lenguaje en los niños, debemos prestar atención a los errores que cometen al hablar, sobre todo a los errores de su sintaxis. Estos son la huella de su experimentación, porque los niños no solo aprenden el lenguaje, también lo descubren, juegan con él, lo inventan.

La actriz Mavi Vásquez me comenta que Río, su hijo de dos años y medio, dice: «Quiero escobar allí». Escobar. Para referirse a la acción que se realiza con un objeto específico (escoba), Río construye un infinitivo a partir de ese sustantivo que conoce. El procedimiento que ha realizado es bastante común en nuestro idioma (plancha y planchar, por ejemplo). Es evidente que nunca, en ningún contexto, ha escuchado el término escobar. Esa palabra, siguiendo su propia lógica y aunque no pueda todavía explicar cómo lo hizo, la ha inventado él.

(Hace poco, cuando le pedí le permiso a Mavi para contar está anécdota, me dijo, un poco apenada: «Cada vez habla más correctamente. A veces no quiero que crezca porque esa lengua se va a perder»).

Intensidad

La China se subió a los juegos para niños que hay en el condominio. Mayra y yo, tíos primerizos, estábamos pendientes de cada movimiento suyo. Subió y subió, y solo cuando se acercó al tobogán, se dio cuenta de la enorme altura que había alcanzado. Desde allí, sin gritar pero asustada, dijo: auxilio. Subí como pude y la bajé. Auxilio. Pudo pedir ayuda, que es lo que siempre hace cuando necesita que le demos una mano con algo (abrir un frasco, armar un juguete: ¿me ayudas?). Pero dijo auxilio, una palabra que nunca le había escuchado. No sé de dónde la sacó: ¿la aprendió de sus papás, de sus abuelos? ¿Se la enseñaron en el nido? Mi hipótesis es que la oyó en alguno de sus programas favoritos o, mejor dicho, que vio la escenificación de la palabra: es fácil imaginar una escena donde un personaje (de la Patrulla Canina, por ejemplo), ante una situación de peligro, pide auxilio. No ayuda: auxilio. Puede que la China interiorizara esa relación entre el peligro y la palabra que se pronuncia para salir de él. En cambio, no es tan fácil imaginarnos a un adulto explicar con éxito, a una niña de tres años, las diferencias de intensidad entre las expresiones ayuda y auxilio. La ficción cubre esa limitación pedagógica.

Reflejos

Los adultos, a fuerza de caernos tantas veces, hemos desarrollado algunas reacciones automáticas que nos evitan la intensidad del dolor: si tropezamos, el cerebro primitivo se anticipa y coloca las manos por delante del cuerpo. Los niños, en cambio, no saben caer, es decir, no saben cómo minimizar los daños de su caída; en cada tropiezo exponen zonas sensibles como dientes, ojos y labios. Así me rompí la barbilla de pequeño, así puedes partirte la nariz. Crecer implica aprender a caerse.

Con los años, con los muchos años, aunque conservemos los reflejos, habremos perdido la fuerza y la rapidez que se necesitan para obedecerlos. La niñez y la ancianidad, que en tantas cosas se parecen, son también las edades sin reflejos.

Cortesía

La China ya sabe pedir por favor y dar las gracias. Las expresiones funcionales tienen un fin práctico, es decir, útil: pides que te alcancen algo y te lo alcanzan. La cortesía, en cambio, decora el mensaje, pero no le agrega efectos prácticos. ¿Cómo explicas a los niños la utilidad de algo que no tiene utilidad? Se la inventamos: les hacemos saber que hay una diferencia entre pedir algo y pedirlo por favor, y también, que de esa diferencia depende concederles o negarles lo que pidan. El recurso es eficaz pero es, también, un contrasentido: la gracia de la cortesía es precisamente que no sirva para nada. Si la usamos para conseguir cosas, se convierte en una herramienta práctica del lenguaje, y pierde su naturaleza retórica. Por otro lado, los mismos niños, más temprano que tarde, se darán cuenta de que el por favor no es una llave que abra todas las puertas: a veces, aunque usen la fórmula, les negarán lo que piden, y tendrán que aprender a vivir con esa frustración, hasta que descubran el valor de las palabras que no sirven para nada.

Agua

He visto a la China haciendo mil cosas para divertirse o distraerse. Pinta, modela plastilinas, arma torrecitas, juega con sus muñecos de la Patrulla Canina. Canta, corre, inventa juegos, mira programas en la tablet. Sube a columpios, toboganes e incluso juegos mecánicos. Sin embargo, en ninguno de esos casos la he visto tan emocionada, tan sinceramente emocionada, como cuando está en contacto con el agua.

Con todas las formas de agua (burbujas, aspersores de jardín, piletas), pero, sobre cualquier otra, con la piscina. Su mamá la embute en un flotador que, inevitablemente, entorpece sus movimientos; a veces se tropieza, traga agua, se raspa: incomodidades que, con cualquier otra actividad, bastarían para desanimarla. En la piscina, sin embargo, toda molestia es pequeña frente al inmenso bien mayor de sumergirse en el agua. Salta, chapotea, se desliza por los toboganes, no pierde tiempo. Cuando toca salir de la piscina, la China llora desgarrada, honestamente triste, sin engreimientos, quizá intuyendo que la ceremonia de hoy (en un lugar de paseo, lejos de casa) no se repetirá pronto.

En Gilead, la bella novela de Marilynne Robinson, dice el anciano pastor John Ames sobre su hijo pequeño, al que ve jugar en el jardín con el aspersor de agua: «Ustedes bailan alrededor del pequeño aguacero iridiscente, saltando y zapateando como debería hacer la gente sensata cuando se topa con algo tan milagroso como el agua». Es cierto: con su alegría desbordada y constante, la China le rinde al agua el tributo que el agua se merece.

Mañana

Mientras releía estas notas, pensé que podía subirlas a mi columna en Útero.pe. Por eso saqué tu nombre de aquí, China, y los de tus papás y tus abuelos. Descarté las notas que pudieran involucrar la identidad de cualquiera de ellos, así como las que fueran demasiado personales. No hay comentarios sobre tu carácter (de cuidado) ni sobre tu energía (que ahorita, en medio de la cuarentena, alcanzaría para alumbrar a todos los postes de la cuadra). Me quedé, al final, con aquellos apuntes que podían decir algo sobre ti sin mencionarte demasiado.

Escribo como si fueras tú quien está leyendo, pero es imposible, porque no sabes leer. No le hablo a la China que ya creció y sabe leer y se ha dado, quién sabe cómo, con este texto perdido en una web (espero no haber caído en la deshonra de enseñárselo yo mismo), sino a la China de tres años y medio que, mientras escribo esto, vive la primera (y cómo quisiera que la última) cuarentena de su vida. No puedes tú leer estas palabras, y yo no puedo decirte en palabras cuánto me has enseñado. La insuficiencia de las palabras, ya verás, también es otra de las cotidianas y maravillosas experiencias universales.

Te quiero, China. Te quiero mucho.

 

 

 

 

 

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