Pasajero Jueves, 2 marzo 2017

Cosas del género (IV): Conductas, libertades y expectativas

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

*Esta es la cuarta y penúltima parte de la serie COSAS DEL GÉNERO. Ya hemos hablado sobre la influencia de la imaginación (juegos, juguetes y ficciones), los rituales (matrimonios, quinceañeros y baby showers), y ayer hablamos de la escuela y los deportes. Hoy recogemos testimonios sobre las imposiciones del género, tanto en expectativas (el matrimonio, la maternidad) como en conductas (la sensibilidad, el encanto, la rudeza).

Las conductas y expectativas asociadas al género  

Escribe: Alexandra Hernández Muro*

Cuando nacemos y se nos da la bienvenida a la sociedad patriarcal en la que vivimos, se nos entrega un manual de normas para ser niña/mujer o niño/hombre. El manual tiene pautas para encajar en la sociedad y, durante nuestra vida, desde pequeños, se nos bombardea con mensajes que refuerzan las expectativas que se tienen sobre nosotros.

Cuando vemos el mundo en rosado y azul pareciera que esta división es lógica: las mujeres tienen un cuerpo que les permite llevar una nueva vida, por lo tanto suena razonable un “apaciguamiento” en sus formas y conductas y mayor agresividad y actividad en los hombres, quienes cumplen una función de “protección” del nido.

Esta mentira se vale de una falsa comprensión de la teoría evolucionista para ganar adeptos y replicar nociones equivocadas sobre lo que implica ser “hombre” y ser “mujer” en la sociedad actual. El problema es que esta noción está extendida y afecta el libre desarrollo de nuestra personalidad, porque nos condiciona por nuestro sexo a actividades y libertades (o la ausencia de ellas) y prescribe cómo debe ser nuestra conducta.

Salirnos de la norma tiene muchas consecuencias: miradas feas, represión, odio, discriminación, burlas y varias otras formas de violencia, que son ejercidas, primero, en la familia y luego replicadas por los aparatos de la sociedad a los que vamos ingresando conforme crecemos.

Cuando nos ponemos los lentes morados del enfoque de género podemos ver con mayor claridad la compleja realidad del ser humano: somos un cúmulo de experiencias y cultura, donde nuestra biología actúa como una plataforma que se adapta a la singularidad de nuestras experiencias. Nada en nuestro cuerpo es estático, ni nuestra genética, ni nuestras hormonas, ni nuestros genitales y su infinita capacidad para brindarnos placer y de permitirnos, si queremos, traer más personas al mundo.

Los testimonios a continuación son testigos rebeldes de que no nacemos así, de que somos diversos y diferentes, pero que la sociedad se empecina en normalizar una diferencia creada. Las expectativas irreales nos dañan porque nos castigan en lo más preciado que tenemos: nuestra identidad.

*Psicóloga, feminista y activista LGTBI

17077761_10212777063004370_268122548_n

Ilustración de Javier Chinchay Ríos. Su trabajo también puede verse en Blackrat.

KARLA BARDALES: Soy periodista, tengo 38 años Y NO QUIERO TENER HIJOS

Mi papá, no sé si por resignación o porque no creía en estereotipos, hizo conmigo muchas cosas que estaban destinadas para su hijo hombre. Me llevó a estadios, me enseñó a trepar árboles –fui muy mala por cierto-, recorríamos las trochas llenas de lodo en la selva, me tiraba en medio del río y el chiste era ver cuánto tiempo me tomaba llegar a la orilla. Todas esas cosas divertidas solo las podía hacer en mis vacaciones en Iquitos, la ciudad donde mis papás vivían. Pero en Lima todo se invertía. En el colegio de monjas en el que estudiaba las niñas vestían con faldas largas, medias hasta las rodillas, cabello amarrado, saltaban con delicadeza y estaba mal ser toscas. Esa doble vida –por llamarla de alguna forma- me llevó a ser tímida y no hacer cosas que me gustaban solo por miedo a ser criticada.

Ahora ya con casi 38 años hay otra cosa que casi no digo por miedo a ser criticada: no quiero ser madre.  Las veces que me he sentido en confianza y verbalizo la frase “no quiero tener hijos” mi interlocutor me hace sentir que estoy equivocada. Me han dicho que no conoceré amor más grande, que ser madre te hace mejor persona, que el dinero no importa porque por los hijos haces sacrificios inimaginables. Tal vez tengan razón y todo eso sea cierto pero no me provoca: No es por mi carrera profesional, ni por ver truncados mis “sueños”, es tan sencillo como estar totalmente segura de que no es lo mío.

LIS ARÉVALO: ¿Por qué asumen que todas las mujeres queremos ser mamás?

Siempre te educan asumiendo que te mueres por ser madre y te preparan para esa función con tantas restricciones. Por ejemplo, me daban de tomar harta leche cuando era niña porque me decían que “cuando seas madre vas a formar un esqueleto humano entero y tus dientes pueden sufrir si no tomas leche.” Me daba rabia no solo porque yo ya tenía ideas anti-natalistas, sino porque además odiaba la leche. Resulté ser intolerante a la lactosa :D

KAARINA VALER: Me dijeron: “¿Vas a poder con el trabajo? ¿Y tus hijos?”

Creo que las expectativas respecto de las mujeres dependen del contexto social y el machismo existente (masculinidad dominante). Por ejemplo, la mamá que te dice que el éxito de tu “hogar”  va a depender de ti: debes saber cocinar, lavar, planchar… y además debes estudiar, porque ahora también tienes que ser profesional: “los hombres inteligentes buscan mujeres preparadas”.

Cuando más me afectó esta “expectativa” respecto  de las mujeres fue cuando postulé a un trabajo en el Estado. En la última fase, luego de cinco pruebas de conocimientos, computación, psicológica, etc, quedábamos dos personas: un varón más joven y yo. Los que hacían la entrevista eran tres varones, quienes lo único que querían saber era lo siguiente: si me “daban” el trabajo, ¿cómo haría con mis hijos pequeños?, porque “madre hay una sola” y “ese era un trabajo bastante duro y demandante”. Lo hicieron tan insistentemente que hasta lograron que me sienta mal por pretender “descuidar” a mis hijos. Y, claro, la chamba se la dieron al compañero.

Anthony Giddens sostiene que “uno de los principales factores que afectan la vida profesional de las mujeres es la percepción que tienen muchos jefes varones que consideran que las mujeres trabajadoras dan prioridad al hecho de tener hijos por encima de su trabajo”. Estos prejuicios reducen oportunidades a las mujeres.

DIAÑA QUIÑONES LEZAMA: De cuando te amenazan con morir sola si te niegas a ser madre

Ahora que preguntaban sobre los estereotipos de género en los baby showers, vi que a algunas mujeres le preguntaban insistentemente a “qué hora iban a tener hijos”. Eso me recordó una extrañísima conversación por chat que tuve con una compañera de colegio hace un par de años sobre el mismo tema. Esa persona no solo me preguntó cuándo a tener hijos (porque ella ya tenía uno, no planificado, por el cual había dejado su carrera), sino que hasta plazos me ponía, me daba opciones y me decía que iba a morir sola y triste.

La conversa es para no creerlo. La transcribo:

YO: ¿Cómo estás? ¿A qué te dedicas?

ELLA: Mi principal trabajo es ser mamá. Me preparé en administración de empresas, pero aún no culmino.

YO: ¿Dónde estás estudiando?

ELLA: En la ISIL. Pero ahora estoy en stop, ya que me dedico a mi hijo al 100%, y a la vez administro un negocio que es de mi hermano mayor.

YO: Oh. ¿Te casaste?

ELLA: No, al contrario, me separé. Pero soy muy feliz ahora: hemos armado una bonita familia entre mi nueva pareja y mi hijo.

YO: Oh.

ELLA: ¿Y tú que planes para tu vida? ¿Piensas tener familia en algún momento?

YO: Sí, en algún momento. Un momento muy lejano.

ELLA: Bueno, tampoco te demores mucho. Considero que a los 30 es una buena edad.

YO: Yo no. Tengo cosas que hacer hasta entonces.

ELLA: Bueno, podrías tener un hijo ahora y tu mami lo podría cuidar.

YO: ¿Ah?

ELLA: Entonces le pones nana. O quién sabe, tal vez tengas mucha suerte y tu suegra te lo pueda cuidar.

YO: Jajaja. ¿Para qué tendría un hijo?

ELLA: ¿Y quién crees que va a acompañar tu vejez?

YO: Mi plata.

ELLA: El amor no se compra, menos el de un hijo. El día que tengas uno conocerás el amor verdadero.

YO: Supongo. No tengo carencias afectivas de ese tipo. No tengo un hijo que me quiera. Prefiero las mascotas.

ELLA: Si sigues pensando así, te quedarás sola.

YO: ¿Y? Eso no tiene nada de malo.

ELLA: Por ahora no, cuando te quedes sola sí.

TANIA TORRES: Lo terrible es que, luego, una repite sin darse cuenta los esteretipos con los que fue educada

Está eso de no decir lisuras porque eres mujer y se ve feo en una mujer y blablablá. Como esas prohibiciones me pasaban de vueltas, a los 11 años empecé a decir lisuras todo el tiempo: me fui al otro extremo. Siempre fui un poco en contra de lo que me decían.

Lo que me parece jarcor es que uno repite eso. O sea, uno crece con eso, con lo que te dicen, con lo que es para niño o niña. Y por más que rechaces cosas, que ahora no gustan, hay otras que inconscientemente repites y crees.

Como el hecho de decir lisuras, por ejemplo. Recuerdo que eso se lo repetí a una de mis mejores amigas: mi mamá dice que una señorita no dice lisuras. Y eso se me pasó al tiempo, porque me pareció una estupidez. Pero igual, hay cosas que se te quedan de manera inconsciente, y eso me parece lo más grave.

16797376_619113538277582_8011024219418279182_o

Ilustración de Javier Chinchay Ríos. Su trabajo también puede verse en Blackrat.

TERESA RIVAS UGAZ: ¿Quién dijo que quiero ser “señorita”?

1) Una tía (a quien adoro) soltaba esa frasecita, “él puede hacer X porque es hombre”. Por lo general implicaba que el primito o hermanito en cuestión vagara mientras una le servía la comida o lavaba los platos.

2) Innumerables personas que decían “las señoritas deben comportarse así/no deben hacer esto/blablablá”. Quiéncarajodijoqueyoquieroserseñorita.

3) “Se ve feo que hables así, pareces macho”. Pero si eres hombre puedes decir todas las lisuras que quieras.

4) En mi adolescencia I USED TO BE A SLUT SHAMER. Así aprendí en esta sociedad machirula.

5) Intenta explicar a los 12, 15, 17 años que no quieres reproducirte. “Ya cambiarás de opinión” (hasta el día de hoy aguanto esa basura).

SAKI MEYZEN: Los padres a veces conscienten el acoso como una forma de cortejo

En la adolescencia, mi mamá me dijo algo que me indignó tanto que discutí fuerte con ella. Me dijo: “Tú debes tener un amigo hombre que te cuide”. Exploté en ira, ¿por qué alguien tendría que cuidarme? Y cuando un compañero del salón me acosaba e iba a la esquina de mi casa a llamarme a las 11 de la noche, mi madre no hizo nada. “Anda mira qué quiere” (no sé si esto último tenga que ver, pero lo recordé como un intento de represión, aunque no me dio la gana ver al acosador).

FIORELLA RAMOS: A las mujeres nos crían con miedo a que nos pase algo, y eso limita nuestro aprendizaje y nuestra socialización

No es que haya dejado de hacer algo que quería, solo que nunca lo intenté ni me dejaron intentarlo. A diferencia de los niños hombres de mi cuadra, a mí me criaron con mucho miedo a golpearme mis senos y genitales. Por eso no jugaba mucho con los niños, para no golpearme ni nada. Hace poco leí un artículo que hablaba justamente de eso; de cómo a los niños los crían más bajo la idea de “experimenta, atrévete”, y a las niñas más con un “ten cuidado”.

JOSÉ LUIS CASTEL: Hay conductas que automáticamente son censuradas por nuestro entorno. Eso es peor cuando somos niños.

Cuando era niño, me gustaba mucho la actuación, pero no la clásica. Nunca fui bueno para los guiones, así que me dedicaba a imitar las acciones, tics, formas de caminar o hablar. El punto es que durante un tiempo me afané mucho con las gatas. Específicamente con las hembras, así que imitaba todo el tiempo sus formas de moverse o de mirar. Esto, como era de esperarse, lo hacía solo en mi cuarto.

Un día cometí el “error” de hacerlo frente a mis hermanos, solo solté un “miau” frente a ellos y comenzaron los insultos que incluso hasta ahora siguen. Como dije, no era una cuestión de género o nada, yo solo imitaba y en ese tiempo imité a las gatas, como en otros tiempo me gustaron los insectos y en otro las personas de los mercados. Pero para mis hermanos me volví “una gata”, o sea, un triste maricón. Hasta ahora juegan esas “bromas” y yo me quedé sin volver a practicar eso de las imitaciones por miedo a que me jodan más.

ANTONIO BERROCAL: A los varones, cuando niños, nos restringen la afectividad

Siempre, de niño hasta ahora, he sido amoroso, de esos que besuquean a sus tías y no me hacía paltas por darle un beso a su hermano o a su papá. Recuerdo que me obligaban a saludar en ese entonces (7-8 años) de beso sólo a mis amiguitas y dar la mano a mis patas. Como me quería salir con la mía, a mis amigos-hermanos los abrazaba, pero me jodía que vieran como “raro” el hecho de expresar cariño al saludar a un hombre con un beso. Hoy en día a mis patas los saludo con un beso y no pasa nada.

Recuerdo también que me gustaba mucho hacer muecas para agradar a todo el mundo y siluetas bastante femeninas en las sombras (ya que por la ventana de la sala entra el sol). Siempre me atrajo la belleza femenina. Igual, esas cosas definitivamente las hacía a escondidas por los putos estereotipos. Siempre he creído que los problemas vienen del entorno, un niño debe tener la libertad de hacer lo que quiera siempre teniendo límites (únicamente por temas de seguridad y conducta).

MALEE RODRIGO: Para muchas personas, es inconcebible que las mujeres podamos dedicarnos a determinadas profesiones

Soy mujer joven, médico pediatra y próximamente intensivista (UCI). No deja de pasarme que, cada vez que menciono mi carrera, las reacciones no sean “¡wow, qué increíble!” o “wow, qué inteligente”… No, los comentarios comunes son:

-“Asu, ¿y quién va a criar a tus hijos?”

-“¿Asu y no te dice nada tu esposo?”

-“Ala, y ¿cómo haces con tu casa?”.

En pleno siglo 21. Ridiculez al extremo. Hace poco me compré unas zapatillas fucsia y me las puse para ir a un turno con un médico que no me conocía. ¿Su comentario? “Doctora, se le han perdido las zapatillas a la Barbie. ¿No quiere irse a jugar con sus muñecas, mejor? ¡Creo que se equivocó de carrera!”. No pude decirle nada porque era mi superior, pero ganas no me faltaron.

ALLISON FALVY: Los hombres y las mujeres no tenemos la misma libertad

Mi mamá no me dejaba salir a fiestas si Juan Diego o Anthony, compañeros de mi edad en los scouts, no iban conmigo. Debía ir siempre con algún hombre “para que me acompañe y me proteja de las cosas horribles que tiene el mundo”. (Me perdí un concierto, que era gratis, y muchas otras fiestas de amigos en el cole). Mi hermano mayor, en cambio, salía solo sin problemas, y siempre tuvo más libertad para los permisos.

CARLA MERE: Te dicen que no salgas porque “serás vista como una chica fácil”

Cuando ya tenía 12 años, no me dejaban salir “porque las mujeres no salen solas, ni se quedan hasta tarde en la calle”, porque me iban a ver como “fácil” y qué diría la gente. Tampoco dejaban que mi enamorado entrara a la casa porque “me podría embarazar”. Me perdí de pijamadas, de conciertos, de todo, y recién a los 18 supe lo que era una discoteca.

17092505_10212777131406080_406588526_n

Ilustración de Javier Chinchay Ríos. Su trabajo también puede verse en Blackrat.

ALLISON MALDONADO: ¿Por qué es tan fácil asociarnos con un estereotipo?

Esto me pasó en mi Universidad ayer. Mi grupo era de cuatro personas: dos compañeros, una amiga y yo. El profe de Teo Organizacional nos tomó una práctica grupal y mi amiga y yo decidimos hacer el organigrama de la empresa, que supuestamente era lo más “complicado”, ya que tenías que usar (aparte de conocimientos) criterios de “chicas ” para graficarlo de manera “ordenada y limpia”, tal cual una chica debe hacerlo. A mí, desde kinder, me dicen que debería ser “más ordenada”, “tal cual una chica es”, pero simplemente no me fluye…

Entonces, este trabajo se lo dejé hacer a mi amiga, pues ella es más “pinky”. Yo le daba las ideas de cómo debía estructurar y demás. Mis compañeros, en vez de avanzar con otras preguntas, se enfocaron en nosotras. Pues, pensaban que dos chicas no podían hacer un organigrama bien, ya que supuestamente solo servimos para graficarlo con “colorcitos”, mas no para idearlo o conceptualizarlo.

El hecho de ser chicas no te hace automáticamente calzar en el estereotipo de chica que la sociedad grafica como “pinky”, “ordenada” o “poco aplicada”. Uno de ellos me lanzó una indirecta como diciendo “¿en serio sabes todo eso? ¿tú?”. Rayos, sí, tengo ovarios y probablemente saque buenas notas, pero es porque me cago estudiando el curso. No solo me restrinjo a “hacerme la manicure y demás”.

MARTÍN CANALES

Cuando tenía 14 años, dije que un actor me parecía piedrón y mi pata de colegio dijo que le iba a decir a sus hermanos para que comenzaran a joderme. Ahora no tengo roche en reconocer si un hombre me parece atractivo o no.

ASTHLEY RIOS PÉREZ

Durante mucho tiempo, en la adolescencia, me abstuve de comentar que una chica me parecía súper guapa y talentosa, así como halagar sus atributos físicos. Me abstuve porque a mi mamá y mis familiares les inquietaba ese tipo de comentarios y pensaban, por eso, que podían gustarme las mujeres. No veo nada de malo con apreciar la belleza. Sin embargo, me parece que es aún más difícil para un hombre apreciar la belleza de otro hombre sin que lo fastidien.

LIS ARÉVALO: Durante años desprecié el “mundo femenino” porque lo consideraba vacío y estúpido

Yo siempre he sido bien “Tomboy”. Cuando era niña, sufría un montón por eso, porque me gustaba jugar con los chicos, andar en bici, trepar árboles, pelear, vestir ropa cómoda sin adornos y en mi casa mis papás decían “esta es muy hombruna”. A mí me gustaban los chicos y me encantaba andar con ellos, escucharlos, hablar de sus secretos y sus juegos. Me gustaba más hablar con chicos que hablar de chicos con las niñas. Recuerdo que las niñas me miraban con miedo porque era lisurienta, fuerte, “mandona”. Mi profa de sexto grado, a quien recuerdo con amor, me decía “Lisura” en vez de “Lis”.

Al sentir la resistencia de mis padres a mi forma de ser, yo despreciaba mucho mi ser mujer y no he tenido muchas amigas hasta grande, hasta que me reconcilié conmigo misma. Yo era de las que pensaba que el mundo “mujeril” era vacío y estúpido, y el mundo masculino interesante e inteligente. Terrible dicotomía que te mete en la cabeza la educación azul/rosa.

Ya a los 30 (recién, horror) mi acercamiento al feminismo y a los estudios de género me hizo entender no solo que estaba equivocada, sino cómo se había formado mi pensamiento a partir de prohibiciones, de humillaciones y dolores grandes. ¿Tú te imaginas a mi abuela encerrándonos en casa con llave y candado, a mi amiguita y a mí, para que dejemos de “hacernos tocar” con los “hombres”? (los chibolos del barrio afuera desconcertados por el arresto domiciliario)…

El otro día le decía a una amiga que deberíamos hacer una lista de los racismos, clasismos y machismos a los que hemos estado expuestas. Los machismos han sido los peores, porque me generaron un autoconcepto muy pobre. Ahora entiendo que no ser todo lo “señorita” que esperaban de mí ha sido muy bueno. Espero que las niñas de ahora no pasen toda la huevada que me hicieron pasar a mí, sin querer, la gente que más me quiere.

17093937_10212777137846241_106684333_n

Ilustración de Javier Chinchay Ríos. Su trabajo también puede verse en Blackrat.

MIGUEL FLORES-MONTÚFAR

Uno de mis mejores amigos me ha pedido que cuente esto en su nombre. “Cuando yo tenía 3 años, entraba al cuarto de mi hermana y me ponía sus collares y aretes y me quitaba el polo, y acto seguido, decía: “soy la calata del amor”. Supongo que escuché esto en algún programa de tv y por eso lo repetía. Mi hermana se reía del espectáculo.

Hasta que mi mamá, sin querer, cometió el error de decírselo a mi padre. Uy. La que se armó. Me golpeó con la correa. Creo que esa fue una de las veces en que me metió vestido a la ducha. Me daba con la correa mientras el agua helada me caía.

Santo remedio. Nunca más volví a ponerme los aretes ni collares ni volví a decir eso de la calata. Lo bueno es que pronto va a morir ese infeliz.”

JONATHAN PALACIOS: Me desconecté de mi sensibilidad porque no encajaba en los estereotipos

Siempre, desde niño, me gustó pintar. No salía mucho a jugar pichanga y a tomar gaseosa con los amigos. Uno de mis imágenes favoritas era una flor, que yo pintaba en muchas versiones y al terminar se las regalaba a mi viejita (hasta ahora las tiene, dice). Pero fui creciendo y dejé el arte y empecé a salir (por roche y la presión de los amigos). No me quejo porque aprendí a socializar, hice deporte por muchos años y representé a mi país en un campeonato sudamericano. Pero por mucho tiempo me costó aprender a identificar y expresar mis emociones (“los niños no lloran”, “los niños no tienen miedo”). Ahora vuelvo a reconectarme con mi gusto por el arte y ando muy contento y sobrio, porque sé que es lo que quiero (pregunta importantísima que los niños latinos no aprendemos a expresar, silenciada por nuestro arcaico sistema de educación y los horarios de trabajo extenuantes de los padres trabajadores).

DIANA QUIÑONES LEZAMA: ¿Por qué una mujer, además de cumplir con su trabajo, debe ser un objeto decorativo en la institución que la contrata?

En mi último empleo soy la más joven. Hay otras dos personas en el mismo puesto que yo, ambos hombres de más de 40. Mi jefe inmediato, luego de un par de semanas de comenzar a trabajar allí, me llamó muy serio a una reunión para hablar de mi comportamiento. Estaba preocupado porque no me veía sonreírle a la gente. Le preocupaba sobremanera que yo, siendo tan joven, no fuera por la vida caminando en arcoiris. “Pueden tomarlo como que no te gusta tu trabajo”, me advirtió. Entonces le pregunté por qué no le decía lo mismo a los otros señores que trabajaban conmigo, quienes tampoco eran la alegría de la huerta. “Son hombres, obviamente son más serios, pero tú eres una chica joven, queremos que le des un poco de vida a la oficina”.

El tema de la “sonrisa” salió a relucir varias veces. “No seas seria”, comentaba cuando pasaba por mi escritorio. “Alégrate un poquito”. Una y otra vez.

Hasta que días después, mientras se organizaba el personal para un evento internacional, me sugirió que fuera “anfitriona” de los visitantes. “Se han ofrecido las secretarias, pero son señoras mayores y están muy subidas de peso, las anfitrionas tienen que tener otro tipo de figura, para que los invitados estén contentos y se lleven una buena impresión”. Me negué rotundamente. Aparentemente, además de las funciones para las que había sido contratada, tenía que ser el objeto decorativo de la institución, algo que los pusiera de buen humor cuando llegaran a la oficina y algo que pudieran presumir cuando hubiera visita.

Como profesional nunca he recibido una queja acerca de mi trabajo. Sin embargo, más de una vez he recibido reclamos de parte de mis jefes porque mi comportamiento no los satisface, cosas relacionadas a mi “género” y su “naturaleza”. La insumisión o el profesionalismo son consideradas “defectos”. Más de uno considera que estamos allí no solo para cumplir nuestro trabajo, sino para hacerlos sentir mejor sobre sí mismos, para que tengan algo bonito que mirar cuando llegan a la oficina, para aceptarles las invitaciones a almorzar, para que les sonríamos cuando nos dicen que la ropa nos queda bien, o para que les hagamos caso sin chistar y puedan recuperar el sentido del control. Eso es lo que se “espera” de una chica joven y que no ponen en tu contrato.

Las expectativas acerca de lo que una mujer debe ser en el trabajo llegan a límites asquerosos. Un amigo mío, quien trabajó durante varios años en uno de los mejores estudios jurídicos de Lima, me contaba que allí solo contrataban practicantes mujeres “bonitas”. A las “feas” las descartaban sin hacer caso a su preparación académica. Incluso entraban a Facebook para buscar sus fotos, así encontraban a veces compañeras más guapas que estuvieran en el mismo nivel de estudios y les enviaban ofertas de trabajo.

_______________________________________________________

Sobre la serie COSAS DEL GÉNERO:

*Los textos introductorios para cada eje temático pertenecen a Lis Arévalo, Alexandra Hernández y Regina Limo, quienes además trabajaron en la compilación y organización del material.

*Las ilustraciones específicas para cada post son de Javicho Chinchay Ríos, cuyo trabajo pueden ver en Blackrat.

*La idea original de esta serie de testimonios es de Mayra Pérez Márquez y Miguel Flores Montúfar

_________________________________________________________

PUEDES REVISAR:

-El Currículo Nacional 

La campaña de PROMSEX, “Educación con igualdad”, que recoge testimonios escolares de diversas personalidades artísticas 

-La respuesta del procurador público a la acción popular presentada contra el Currículo Nacional

-¿Qué es la “ideología de género”?

-Pronunciamiento del ministro de Cultura sobre el Currículo Nacional

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.