literatura , Pasajero Viernes, 22 febrero 2019

Borges x3 / Alguien (todavía) se está riendo de nosotros

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Foto de Jorge Luis Borges tomada por Ferdinando Scianna en Sicilia, en 1984

Cerramos aquí esta pequeña serie sobre Borges. En el primer post, compartí un conjunto de videos donde varios lectores analizan su obra. En el segundo, me fui de Borges para hablar sobre esos lectores que en Argentina dictan charlas, dan entrevistas y pueden fácilmente ser encontrados en YouTube, mientras que aquí, en el Perú, carecen de tribuna fuera de las aulas y los libros.

Ahora quiero terminar con un pequeño comentario sobre un cuento que no es suyo y que, sin embargo, muchos de nosotros conocemos gracias a él.

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Detalle de la portada de la ediición de Pockect Edhasa de la Antología de la literatura fantástica

En 1940, Borges publicó, junto con Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, la Antología de la literatura fantástica. En ese libro, los tres escritores argentinos reunieron algunos de los mejores exponentes del género. Entre esos textos (cuentos, breves piezas teatrales y fragmentos de novelas) está La esperanza, un cuento del escritor francés Villiers de L’Isle-Adam (1838-1889).

Si no has leído el cuento, te dejo aquí el link donde puedes encontrarlo (te recomiendo leer esa traducción, que es la misma que aparece en la Antología). Lo lees y regresas. Te espero.

[Pausa para que leas el cuento].

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Ilustración del cuento hecha por Paul Hardy (1862-1942)

Muy bien. La historia, como vimos, es de una refinadísima crueldad. La sintetizo: el rabino judío Abarbanel, incluso después de haber sido torturado por la Inquisición española, se niega a abjurar de su fe. Por eso, el prior Pedro Argüés lo condena a morir en la hoguera. El auto de fe queda pactado para el día siguiente. El inquisidor ordena quitarle las cadenas al rabino, y tanto él como sus asistentes “abrazan tiernamente” al condenado, disculpándose de corazón por los tormentos infligidos. Luego se retiran de la celda.

Ya solo, Abarbanel dirige su mirada borrosa a la puerta de la celda y descubre que no está cerrada. “Una esperanza mórbida” lo agita. Se atreve a arrastrar su cuerpo moribundo hasta allí y, cuando entiende que puede salir, hasta más allá, al pasadizo, y luego a través del claustro, siempre pendiente de los pasos a su alrededor y siempre a punto de ser descubierto. Por fin, llega a una puerta que, milagrosamente, no tiene cerradura, y la abre. La puerta da al campo, a la noche abierta y estrellada: sabe que si llega a las montañas, será libre. Dice el cuento que el rabino “respiró el aire sagrado, el viento lo reanimó, sus pulmones resucitaban”.

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Ilustración del cuento hecha por Paul Hardy (1862-1942)

Se dispone a salir cuando percibe que unos brazos lo contienen amorosamente. Levanta la vista, confundido, y se da con el rostro lleno de lágrimas del Gran Inquisidor. El rabino entiende, entonces, que todo fue una trampa. Lo vigilaron todo el tiempo, le dejaron creer que sería libre. Esa esperanza de libertad ha sido el último y el peor de todos los tormentos.

El cuento es una pequeña obra maestra del ensañamiento (no por nada formó parte de un volumen que su autor tituló Nuevos cuentos crueles). Cruel y macabro, sí, pero ¿podríamos calificarlo como literatura fantástica? ¿Qué hay en el cuento que no hubiera podido ocurrir de verdad? La narración es realista. No hay milagros ni fantasmas. ¿Por qué entonces incluirlo en una antología de literatura fantástica?

La única explicación que se me ocurre es que se trata de una broma. Una broma de los antologadores, y quizá especialmente de Borges (quien además parece haber traducido el cuento: el texto que aparece en el libro tiene recortes y modificaciones, que Borges solía hacer en sus traducciones, y que no he visto en las otras versiones que encontré en Internet, que se parecen más entre sí. La del libro es, sin duda, la mejor).

Mientras avanza la narración, el lector presume que, en algún momento, sucederá lo fantástico (está anunciado en el título del libro, vamos: tiene que ocurrir). Considerando la temática religiosa del cuento, puede esperarse una intervención divina: no importa si para salvar al rabino o para condenarlo, eso es lo de menos. Lo importante es que ocurra lo sobrenatural.

O no, porque no ocurre nunca. Lo importante, más bien, es que el lector espere lo sobrenatural: que tenga la esperanza. 

Así, de manera vicaria, inofensiva, los antologadores hacen con el lector lo mismo que el inquisidor hizo con el rabino: instalar una esperanza, dejarla florecer y luego destruirla. Esa forma de leer el cuento, como una broma doble (el inquisidor con el rabino, los antologadores con nosotros), es exclusiva del cuento dentro de la antología: fuera de allí, sigue siendo un texto magnífico, por supuesto, pero no se ríe de los lectores.