Pasajero Martes, 2 julio 2019

Los “méritos literarios” de J.J. Armas Marcelo, autor de la biografía más tela sobre Vargas Llosa

En la última edición de Caretas, J.J. Armas Marcelo, director de la Cátedra Vargas Llosa, declaró que a esa cátedra “se va por méritos literarios, mientras yo esté dirigiéndola”. También les dedicó despechados comentarios a Jeremías Gamboa y Mariana de Althaus, y algunos insultos a Gabriela Wiener, por haber firmado y apoyado el manifiesto que reclamaba más presencia femenina en la Bienal Vargas Llosa. Pero yo quisiera, esta vez, quedarme con ese comentario inicial, en el que Jota Jota se erige a sí mismo como garante de los méritos literarios.

Con qué concha, digo yo.

Armas Marcelo es el autor del primer libro sobre Vargas Llosa que compré en mi vida. Vargas Llosa es mi escritor favorito, de modo que, luego de leer sus libros, empecé a interesarme por las cosas que sobre él se habían escrito. En internet había encontrado entrevistas y artículos, pero Vargas Llosa. El vicio de escribir era el primer libro completo sobre el autor peruano, dedicado exclusivamente a él, que encontré en librerías.

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El librito en cuestión

En fin, cuando terminé de leerlo (¿terminé de leerlo?), decepcionado por lo que prometía y asombrado por su mediocridad, decidí olvidarlo. Sin embargo, las recientes declaraciones de su autor me han hecho recordar la rabia que sentí al gastar la poca plata que tenía en ese bodoque de quinientas páginas que tenía menos de esfuerzo biográfico y más de intento desesperado por mostrarse como amigo, muy amigo, del biografiado.

Todas las contraportadas mienten un poco, pero esta es especialmente irónica. Señala que en esta “biografía insólita […]  J.J. Armas Marcelo ha aunado rigor, belleza estilística y voluntad de divulgación”. No he releído el libro ni pienso hacerlo, pero lo estuve revisando y creo que he encontrado ejemplos suficientes para cada una de las virtudes que, tan generosamente, le atribuye la contratapa. Casi todos son tomados de la primera parte, la biográfica. La que corresponde al análisis de las novelas ni la he mirado. Y parece que tampoco lo hicieron quienes se han dedicado de verdad a estudiar la literatura de Vargas Llosa: el libro de Armas Marcelo no aparece, por ejemplo, en la bibliografía consultada de Efraín Kistral (Tentación de la palabra, 2018), ni en la de Birger Angvik (La narración como exorcismo, 2004) ni en la de ninguno de los 12 autores que colaboran en Las cartografías del poder en la obra de Mario Vargas Llosa (2014). Así que para qué.

Vamos, ahora sí, con los méritos.

El rigor

Para empezar, ninguna versión se contrasta, aunque aparezcan contradichas en el mismo capítulo. Por ejemplo, en la página 35, Armas Marcelo recoge la “versión oficial” de Carlos Barral, el editor de Seix Barral, sobre cómo conoció a Vargas Llosa, sin señalar que es falsa. Dice Barral que “cuando quise conocerle, Vargas Llosa era para mí sólo un nombre, el nombre que encabezaba un manuscrito presentado al Premio Biblioteca Breve”. Pero, curiosamente, en la página 31, Armas Marcelo ya había recreado el momento en que Barral, una tarde en que se aburría en su oficina, empezó a hojear los manuscritos abandonados en los anaqueles (es decir, que no habían recibido informes positivos de los lectores de la editorial y, por lo tanto, no serían publicados). Allí se dio con La ciudad y los perros (entonces llamada Los impostores), y con el nombre de su autor, Mario Vargas Llosa. Esta escena de Barral en su oficina ocurrió, obviamente, antes de que él y Vargas Llosa se conocieran en persona, y mucho antes de que la novela se postulara al Premio Biblioteca Breve que organizaba la editorial Seix Barral. Es más: fue el mismo Barral quien convenció a Vargas Llosa de presentarla al concurso, incluso cuando ya había vencido la fecha de recepción de trabajos. Y esto mismo, con algunas imprecisiones, lo cuenta el propio Armas Marcelo doscientas páginas después. ¿Cuál era el objetivo de colocar la “versión oficial” de Barral, que no se ajustaba con la verdad, si no era para señalar precisamente eso?

Si les interesa saber cómo se gestó la publicación de La ciudad y los perros, les recomiendo la magnífica investigación de Carlos Aguirre, La ciudad y los perros. Biografía de una novela (2015).

Para no profundizar en más detalles como este, quedémonos con las pequeñas irresponsabilidades, como la siempre peligrosa confianza en la memoria. En la página 95, Armas Marcelo llama Jorge Chávez a nuestro aeropuerto, pero luego le cambia el nombre a Jorge Chaves (p. 259). Al director y dramaturgo Edgar Saba, quien tuvo a cargo la adaptación teatral de La ciudad y los perros, lo llama cuatro veces “Edgar Sawa” (p. 280). Al brutal discurso que pronunció Vargas Llosa al recibir el Premio Rómulo Gallegos, La literatura es fuego (1967), lo llama primero así (p. 18), pero luego le cambia de nombre a “La literatura como fuego” (dos veces en la página 60), para luego regresar al nombre original (p. 66).

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“Releí con fruición”, Jaguar en minúscula y una sorprendente mención a la “marginalidad” de Alberto (?), el menos marginal de los cadetes del Leoncio Prado. 

La belleza estilística

Es cierto que hay belleza estilística, pero solo cuando Armas Marcelo cita a otros autores. Cuando se trata de él, la cosa cambia. En este libro todo se lee “con fruición”: “había leído con fruición” (p. 16), “releí con fruición” (p. 25), “todo cuanto había leído con fruición” (p. 260), y así. Y en este libro, por supuesto, todo es apasionante: “apasionante biografía” (pp. 21 y 22), “lectura apasionada” (p. 16), “pasión literaria” (p. 17), “apasionante personaje” (p. 23), y hay otras como “personalidad apasionante” y “relato apasionante” cuyas páginas olvidé marcar.

Ahora escojamos un par de páginas (literalmente un par de páginas) y recojamos algunos párrafos. Sobre la infancia de Vargas Llosa, dice el autor: “Esa circunstancia familiar de los primeros años se describe como algo parecido a un nirvana placentero; un nirvana sin padre que cumpliera tal papel, y nos dibuja a un MVLL salvaguardado a cal y canto en el jardín de las delicias familiares” (pp. 47-48). Inmediatamente después, dice que “[El niño Vargas Llosa] vive en su mundo de hadas maravilloso, alimentando sus mitos infantiles y satisfaciendo todos sus caprichos” (p. 48). Y luego, sobre la relación difícil entre Vargas Llosa y su padre (a quien aquel creía muerto y conoció recién a los 10 años), dice Armas Marcelo: “[Vargas Llosa veía a su padre como a] alguien que vino a romper una parte relevante de su paraíso familiar, alguien que trastocó y trastornó el conglomerado de un orbe ordenadísimo donde el futuro novelista era el rey de la creación cotidiana”. Pedro Camacho estaría encantado.

La voluntad de divulgación

Si se trata de divulgar la obra de Vargas Llosa, no. En todas las páginas que he releído (y no precisamente “con fruición”) no hay una sola que sirva de motivación para acercarse a las novelas del biografiado. Lo que sí hay es un desesperado intento por presentarse como amigo y parte del entorno del Nobel. En el dossier fotográfico que acompaña el libro, Armas Marcelo aparece en OCHO imágenes, la misma cantidad que Patricia Llosa, muy por encima de Julia Urquidi (2) o del propio Carlos Barral (2), una de las fuentes principales de este libro. Todos superan, eso sí, a Carmen Balcells, la agente literaria de Vargas Llosa, fundamental en su vida y en su obra, que no aparece en ninguna foto y a la que Armas Marcelo, hasta donde releí, solo le dedica un párrafo.

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Las ocho imágenes del dossier fotográfico en las que aparece Armas Marcelo. ¿A cuento de qué?

El autor quiere que sepamos que Vargas Llosa lo llama “Juancho”, que llevó culantro a Patricia para que ella pudiera prepararle un plato peruano (¿cuál es la relevancia?), o que sus conversaciones con Carlos Barral se daban siempre “entre vodka y vodka” (pp. 81 y 113).

Es increíble que, en la nota a la edición del 2001, Armas Marcelo se quejara de “algunas notas críticas que se escribieron al socaire de la primera edición” (p. 13), y que diga de ellas que fueron escritas sobre el libro “sin leerlo ni digerirlo, ni mucho menos reflexionarlo” (las cursivas son suyas). En esa misma página reclama que esas críticas eran provocadas “por una celotipia excesivamente prejuiciosa (amparadas en mi amistad con MVLL)”.

Pero es que, a ver: la única razón por la que este libro tuvo en su presentación de 1991 a Camilo José Cela y al propio Vargas Llosa es, precisamente, la amistad que este tenía con Armas Marcelo. Y esa amistad, que el autor no tendría por qué ocultar pero que, curiosamente, se desespera por exhibir, es la única razón que explica la existencia de este libro, que no tiene ningún mérito biográfico o analítico, y no brinda ningún aporte que no haya sido más profundamente desarrollado (y mejor escrito) en los cientos de trabajos que se han publicado sobre Vargas Llosa, sin gozar de tanta publicidad como este.

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En El vicio de escribir, Armas Marcelo cita varias veces La literatura es fuego (1967), el poderoso discurso de Vargas Llosa sobre la función social del escritor. Resulta penoso que esta misma persona, cuya amistad con Vargas Llosa lo ha llevado a dirigir una cátedra que a todas luces no merece, tenga el cuajo de criticar a los escritores que firman un manifiesto donde se exige mayor visibilidad para las mujeres en la literatura, y que encima lo haga bajo el argumento de los méritos literarios.

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En un siguiente post me gustaría recomendar mis lecturas favoritas sobre Vargas Llosa, para quien esté interesado en conocer mejor su vida y su obra.

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