Pasajero Lunes, 22 abril 2019

Vivan las mentiras

 

FotoJetbj,

No entiendo por qué a tanta gente le molesta la expectativa que genera una ficción. Yo no he visto todavía Star Wars, y no pude engancharme con las películas de Marvel, pero la única sensación que me despiertan sus fans es envidia: si de mí dependiera repetir con otras ficciones lo que me produce, por ejemplo, Game of Thrones, escogería siempre estar del lado de los conversos, nunca de los escépticos.

Entiendo el desprecio que generan otras ficciones, como la religión o el fútbol. Creo en ellas y las practico (sin disciplina ni talento en ambos casos), pero puedo reconocer en sus formas, su historia, sus clérigos y creyentes, elementos que para muchas otras personas han significado (y aún significan) violencia, obligación, injusticia, tortura y muerte.

En comparación con ellas, las ficciones de las que hablo aquí resultan inofensivas, especialmente porque no pueden imponerse: nada de lo que ha comentado y escrito mucha gente a la que respeto, y muchísima a la que no, me ha obligado a ver las películas de Marvel, por ejemplo. Nada me obliga tampoco a creer en ellas, usar sus diálogos como mantras, pensar en qué haría uno de sus personajes ante determinadas situaciones de mi propia vida. Ni siquiera los memes (No me quiero ir, señor Stark / Entendí esa referencia / Ese es mi secreto: siempre estoy enojado) son una dificultad: al poco de salir, se desprenden de su origen y se entienden perfectamente fuera de él.

Eso significa que, a pesar de su profundo impacto colectivo (Harry Potter y Game of Thrones, por ejemplo, son marcas inevitables de mi generación), el efecto de estas ficciones es sobre todo individual: determinan nuestra vida, sí, pero en una dimensión personal e intransferible. Solo nosotros podemos decidir cómo (con qué  liturgias y cánticos) vivimos nuestra fe.

Sirva esta diferenciación que hace Georges Santayana entre religión y poesía: “La religión y la poesía son idénticas en esencia y solo difieren en el modo en que se relacionan con los asuntos prácticos. Se llama religión a la poesía cuando ‘interviene’ en la vida, y la religión, cuando simplemente ‘sobreviene’ en la vida, no puede ser otra cosa que poesía”.

Es decir, la poesía (o la ficción, en este post resultan equivalentes) es una religión limitada: no puede intervenir en nuestra vida sino, a lo mucho, acompañarla. Piensen en todas las marcas poéticas o ficcionales que ustedes han agregado a su propia vida. Los nombres que les han puesto a sus hijos, las palabras de amor que se han dedicado, el dije que llevan colgado del pecho. Mi amiga Natalia Molina tiene tatuado en la espalda el verso final de Los pasos lejanos, el poema que Vallejo dedicó a su padre y que Natalia se tatuó en homenaje a los suyos: Por ellos va mi corazón a pie. Otra amiga mía, Andrea Closa, lleva en el brazo una máxima de Blanca Varela: Donde todo termina / abre las alas. En vez de la usual firma adolescente, Carlos León Moya grabó en su casaca de promoción las dos últimas líneas de la novela más famosa de García Márquez: “y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Y en la invitación a nuestra boda, Mayra y yo recogimos una frase de Chesterton sobre la vida en pareja, que aparece en El hombre que fue Jueves. La cita completa es: “No hay palabras para expresar el abismo entre no tener a nadie y tener un aliado. Podemos concederle al matemático que cuatro sea dos veces dos. Pero dos no es dos veces uno; dos es dos mil veces uno”.

¿Todo esto nos hace mejores personas? Por supuesto que no. No somos más inteligentes ni más atentos, y no estamos mejor preparados que nadie para enfrentar la vida. La soberbia autosuficiencia de algunos creyentes en ficciones (las que menciono aquí pero también las menos masivas y estéticamente más complejas) es solo una evidencia de que, en efecto, ninguna ficción por sí misma nos mejora como personas.

Pero sí nos ayudan a vivir mejor. Como el amor, el descanso, los amigos o las fiestas. Nos ayudan a olvidar, por un momento, la realidad más inmediata, y el dolor y el asco y la angustia que vienen con ella. No riegan sangre a su alrededor y no nos exigen sacrificios ni obediencia, ni nos imponen un reglamento inquebrantable; solo piden a cambio un poco de devoción. Por eso, como decía al inicio, no entiendo a quienes desprecian las ficciones y viven renegando porque, durante un tiempo, se hable mucho de ellas. Menos todavía entiendo a los cretinos que necesitan  demostrar que sus historias favoritas son mejores (más profundas, delicadas o útiles) que las del resto. La muerte igual nos alcanzará a todos, amigas y amigos: dejemos que cada uno decida qué canción suena mientras camina hacia ella.

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