Pasajero Martes, 16 octubre 2018

Ahora pues, ¿dónde están las feministas?

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

El último fin de semana, un hombre fue golpeado por una mujer. El hecho se hizo viral gracias a que la víctima, un conductor de Uber, grabó la violenta reacción de su pasajera: como él se negaba a llevarla a su destino, ella continuó insultándolo (se entiende que lo hacía desde antes del inicio del video) y terminó por golpearlo. Esos son los hechos. La mujer del video estaba ebria (o lo parecía) y además estaba furiosa. ¿Hay alguna defensa posible para lo que hizo? Ninguna. Ni el fastidio ni el alcohol justifican la violencia de sus palabras (especialmente los insultos clasistas), y menos todavía la forma en que golpeó al conductor. (Dejemos para otro día el absurdo de que los conductores de Uber no sepan de antemano a dónde están llevando a sus pasajeros).

Sin embargo, mi intención no es comentar el hecho en sí, porque no creo que haya nada más que decir al respecto, sino más bien concentrarme en las reacciones que este viral ha generado. La primera y la más interesante es que muchos varones (algunas mujeres también, es verdad, pero sobre todo varones) han exigido un pronunciamiento de las feministas. No es raro: cada vez que aparecen situaciones como esta (una mujer golpea a un hombre, una mujer insulta a un hombre), muchos varones conminan a las feministas a manifestarse al respecto: dónde están, por qué ahora no dicen nada, dónde está su mentada igualdad de género.

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La pregunta lógica sería ¿por qué tendrían que hacerlo? ¿Acaso algún postulado del feminismo establece que es conveniente insultar varones o golpearlos? ¿La chica que golpeó al chofer de Uber lo hizo motivada por alguna de las causas que defiende el feminismo? No. ¿Por qué entonces tendrían las feministas que salir a deslindar de sus actos?

Por otra parte, a quienes reclaman a las feministas el feminismo les interesa un pepino. Y diría incluso que el mismo chofer de Uber les interesa un pepino. No he visto redes de apoyo para él, ni preocupaciones sinceras por su estado de salud o por su situación laboral. ¿También debería ser tarea de las feministas preocuparse por cómo se encuentra la víctima? ¿Qué pintamos en todo esto nosotros, los varones?

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Lo que sí he visto, y supongo que ustedes también, son respuestas contra la mujer, y no precisamente de feministas. Las reacciones incluyen insultos racistas (serrana), clasistas (se cree pituca y vive en un cerro), y abiertamente machistas (mostra de mierda), formas todas muy bonitas de alcanzar la igualdad, por supuesto. Se han compartido sus datos personales y sus fotos, se han inventado cuentas redes sociales con su nombre, y varios, vaaarios comentarios, hablan de ir a su casa, golpearla y/o violarla, “para que aprenda a respetar” o “para darle una lección”.

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Quizás esto explica por qué a los varones nos cuesta tanto entender qué es el feminismo, cómo funciona, qué defiende y para qué sirve. Nuestra actitud ante un hecho que consideramos “ofensivo” para nuestro género es la venganza. Y la venganza atroz, por supuesto, que sirva para recordarle a la agresora que nosotros somos más fuertes y más salvajes que ella, y que si no le respondemos la cachetada a puñetazos, si no la violamos para castigarla, si por último no la matamos, no es porque no podamos, porque claro que podemos, sino porque no queremos, porque hemos aprendido a comportarnos, pero que incluso ese autocontrol tiene un límite y hace mal en provocarnos.

Solo para que nos demos cuenta de la diferencia, pensemos en un caso indiscutible: Adriano Pozo. En 2015, Adriano Pozo arrastró de los pelos, a lo largo del pasillo de un hotel de Ayacucho, a Arlette Contreras. También la golpeó y la ahorcó, aunque estos actos no fueron captados por las cámaras de seguridad, porque ocurrieron dentro de la habitación que compartían. ¿Dónde está Adriano Pozo en este momento? En la calle. Luego de su prisión preventiva, que duró hasta julio de 2016, no ha vuelto a pisar la cárcel. Primero fue condenado a prisión suspendida, y luego la Corte Superior de Justicia de Ayacucho lo absolvió. El caso de Arlette Contreras fue uno de los que, en 2016, motivó el surgimiento de Ni Una Menos en Perú, un movimiento nacido de la indignación y el hartazgo ante la violencia machista. Las miles de mujeres que organizaron las marchas a lo largo del país, y las cientos de miles que participaron de ellas, eran más que suficientes para atrapar al Adriano Pozo de cada localidad, arrastrarlo de los pelos a lo largo de la marcha, y luego apedrearlo y quemarlo vivo en un ajusticiamiento popular dirigido y ejecutado solo por mujeres, como evidencia de que el tiempo del cambio había llegado. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Por qué ni siquiera lo sugirieron? ¿Por qué no actuaron como algunos varones dicen que hay que actuar con la chica que golpeó al taxista?

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Porque el feminismo no busca venganza sino justicia. Por eso la marcha Ni Una Menos en Lima, en 2016, terminó en el Poder Judicial, ese espacio que tanto les ha negado a las mujeres a lo largo de la historia.

¿Eso quiere decir que no existe violencia contra los varones? Sí, por supuesto que sí, pero normalmente es ejercida por otros varones. ¿Pero no hay mujeres que peguen a sus maridos, que los chantajeen, que ejerzan contra ellos violencia psicológica? Por supuesto que las hay. Los números no son comparables a los que reporta la violencia machista, pero están ahí. Ese es el problema: ¿qué estamos haciendo por esos varones? ¿Qué redes de apoyo hemos construido para ellos, qué espacios de confianza hemos generado para que cuenten abiertamente sus experiencias, qué profesiones hemos puesto a su alcance para garantizarles acompañamiento psicológico y protección profesional? ¿De verdad nos interesan o solo los estamos usando de excusa para, otra vez, atacar a las feministas? Les estamos pidiendo a ellas que se organicen para cuidarnos, y la verdad es que ellas ya tienen bastante con organizarse para cuidarse de nosotros.

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.