Pasajero Jueves, 27 septiembre 2018

Grey’s Anatomy como remedio

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

*Este jueves 27 se estrena en Estados Unidos la decimoquinta temporada de Grey’s Anatomy, la serie médica creada por Shonda Rhimes y protagonizada por Ellen Pompeo. El texto que sigue incluye algunos spoilers de las catorce temporadas anteriores, disponibles todas en Netflix. 

Aclaración

Este no es un post en defensa de Grey’s Anatomy. Si hasta ahora ningún argumento los ha convencido de ver la serie, sigan su camino, que aquí tampoco los van a encontrar. No me interesa convencer a nadie de que Grey’s Anatomy es menos superficial, menos novelera y menos repetitiva de lo que se imaginan. No pienso reivindicar su apuesta narrativa o la calidad de sus interpretaciones. No; escribo esto para la gente que no necesita ser convencida de nada: los que lloramos al menos una vez cada tres capítulos, los que consideramos a algunos personajes como si fueran amigos nuestros; los que, ante un giro del guion demasiado forzado para ser creíble, a pesar de todo, decidimos creer. A nosotros me refiero. Con los demás, hasta luego.

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A diferencia de quienes siguen la serie desde 2005, cuando se estrenó, yo la vi recién este año. Había acompañado a mi esposa, que la vio el año pasado, solo en algunos capítulos, de modo que conocía las trayectorias de varios personajes, había acumulado bastantes spoilers, y estaba fascinado sobre todo con algunos cierres de temporada, pero recién hace unos meses decidí verla completa, desde el principio. Es otra cosa. Antes me importaba solo la anécdota, qué iba a ocurrir, quién iba a morir o cómo se resolvería un conflicto. Estos meses, en cambio, me he involucrado con la historia: he visto pasar catorce años de la vida de sus personajes, y es inevitable que sienta que los conozco, y que por lo tanto celebre sus triunfos o me duelan sus muertes. Sé a consciencia que no son reales, pero una parte de mí inevitablemente imagina que lo son, y que si no fuera por algunos detalles (como que están muy lejos, no hablo su idioma o no saben que existo) casi casi somos amigos. Quiero creer que a más de un espectador de la serie le ha pasado lo mismo, por eso quería contar mi experiencia en el universo de Grey’s Anatomy: para hacernos compañía hasta que estrenen la próxima temporada.

La ficción como consuelo  

Mucho se discute sobre cuáles son los objetivos de una ficción: si debe enseñar algo o solo puede perseguir la belleza; si debe denunciar las miserias del mundo o solo le está permitido exhibirlas. En realidad son discusiones interesantes, aunque a veces llevan a entrampamientos monotemáticos: hoy es la corrección política, ayer fue la autoficción, antes la literatura del compromiso social, y así.

También se discute mucho sobre cuál es el efecto que debe tener una ficción en sus lectores: si debe entretener, emocionar, estimular intelectualmente, etcétera. Viendo Grey’s Anatomy, me di cuenta de que suele pasarse por alto otra tarea fundamental de la ficción, que es la de dar consuelo. Es cierto que una ficción puede despertarnos de la Matrix e inocularnos el inconformismo, la tentación de lo imposible, pero también es cierto que puede simplemente hacernos compañía, ser ese lugar al que vamos cuando no queremos estar donde estamos, cuando queremos salir de nosotros. En el prólogo a su ensayo sobre Los Miserables, titulado precisamente La tentación de lo imposible, Vargas Llosa recuerda que leyó la novela de Víctor Hugo en los días grises de su educación leonciopradina, y concluye así: “Yo sé que aquel invierno del año 50, con uniforme, garúa y neblina, en lo alto del acantilado de La Perla, gracias a Los Miserables la vida fue para mí mucho menos miserable”. Reconozco esa sensación porque la experimenté, por ejemplo, mientras veía Grey’s Anatomy.  No significa que tus problemas dejen de existir o que la vida real se borre: simplemente, por unas horas, todo eso importa un poco menos.

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Más o menos así

El poderoso efecto de la normalización

Si uno revisa el intro de la primera temporada (las piernas entrelazadas que sugieren cuerpos desnudos, los tacones rojos, una mano de uñas pintadas también de rojo que pasa revista a instrumentos quirúrgicos), se nota ahora que era una trampa: están vendiendo una serie romántica o erótica, pero pronto nos daremos cuenta de que esos son solo algunos elementos de la historia, y no precisamente los más importantes.

A lo largo de sus catorce temporadas, la serie ha recorrido muchísimos temas y personajes. Estoy seguro de que para millones de personas, Grey’s Anatomy fue el primer lugar en el que pudieron darle un rostro y una historia a una serie de conceptos que normalmente llegan cargados de prejuicios y mentiras: transexualidad, transgenerismo, bisexualidad, feminismo, violencia de género, brecha salarial, etcétera. Humanizar esos conceptos ha permitido bajar las barreras que muchas veces, por miedo o ignorancia o desinformación, hemos construido alrededor de ellos.  Y obviamente, la serie de Shonda Rhimes no juega a exponer la realidad para que el espectador “saque sus conclusiones”. No: Grey’s Anatomy toma partido, se la juega a favor de las causas que considera justas, y cada que puede evidencia el ridículo de las posiciones racistas, homófobas o discriminatorias en general.

¿Está mal, es adoctrinamiento, es una forma de contrabandear lecciones de conducta disfrazándolas de ficción? No. La ficción también es una forma de visibilizar personas, problemas y realidades que suelen pasarse por alto. No olvidemos, además, que todos estos temas, por muy actuales que sean (la última temporada es una declaración de principios frente a Trump), están siempre al servicio de la historia. Cuando no ocurre así, el resultado es terrible: piensen en productos ridículamente mal elaborados, hechos expresamente con la intención de aleccionar a su audiencia, como La rosa de Guadalupe o Como dice el dicho.

Volviendo al punto: a mí sí me parece necesario que una producción como esta, que no es experimental ni de culto y está dirigida a un público masivo, toque estos temas. Debe haber más de una carta, dirigida a la producción, escrita por gente que, viendo la serie, entendió lo que le estaba ocurriendo, o lo que ocurría con su hija, o cómo se sentía el vecino de enfrente. La serie también sirve para que asumamos como normales aquellas conductas que nos enseñaron a temer o despreciar, y que de esa manera nos entendamos mejor entre nosotros. ¿Es su deber hacerlo? No, por supuesto. Pero qué bueno que lo haga.

La sombra de la madre

Gracias a Regina Limo llegué a un artículo muy interesante del blog Libros y Mazmorras, titulado La persecución de la madre. Federika, la autora, llega a la conclusión de que en las ficciones las madres no existen.

O bueeeno, a veces existen. Y están muertas. Y ni sabemos su nombre. […] O puede que estén vivas pero apenas si importe. O puede que sí que sean importantes pero solo como figura tóxica, algo bastante habitual para denigrarlas y arrebatarles la categoría de madres por un motivo u otro.

Y define tres escenarios recurrentes: la madre murió al dar a luz al protagonista o cuando este era muy pequeño (Harry Potter, por ejemplo, o los hermanos Lannister en Canción de hielo y fuego); la madre está viva pero el que importa es el padre (incluso si está muerto, como en el caso de El Rey León) y, finalmente, que la madre está viva pero es una figura muy negativa (en las versiones originales de Blancanieves y Hansel y Gretel, las malvadas no eran las madrastras sino las propias madres).

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El carrusel nunca deja de girar. Imagen de risarodil.tumblr.com

¿Dónde ubicaríamos a Ellis Grey, la eminente madre de Meredith? A primera vista, pertenece al último grupo: no quería ser madre, nunca se preocupó demasiado por la educación de su hija ni tuvo con ella una relación sana y estrecha. La expuso desde muy pequeña al trajín de la vida médica, se cortó las venas delante de ella, no la tuvo presente en sus preocupaciones (apenas si la menciona en sus abundantes diarios). Hay una escena terrible en la que Ellis, varios años enferma de Alzheimer, tiene un episodio de lucidez y le pide a su hija que le comente qué ha sido de ella durante ese periodo. Cuando Meredith, entonces residente en el Seattle Grace, le cuenta que está enamorada y que en ese momento se siente “realmente feliz”, Ellis le increpa:

[…] ¡Yo te crie para que fueras un ser humano extraordinario! Así que imagina mi decepción cuando despierto cinco años después y descubro que no eres más que una mujer ordinaria. 

La crueldad de esas palabras no tiene justificación, pero sí puede explicarse: Ellis veía a su marido como un hombre mediocre y sin ambiciones, por el que además, al parecer, nunca sintió amor, así que la única persona que le ha dado relevancia a ese apellido es ella misma. De este modo, Meredith lleva el apellido de su madre en el mismo hospital donde la doctora Ellis Grey construyó su monumental carrera (dos veces ganadora del Harper Avery, una de ellas cuando aún era residente). Cuando Ellis llama ordinaria a su hija, dispara en varias direcciones. Primero le reclama el desprestigio al que está exponiendo a su apellido. Además, le recrimina su falta de ambición y su aparente conformismo. Y por último, lamenta que Meredith no sea lo que, se supone, ella esperaba de su hija: con su predisposición genética hacia la medicina, con su experiencia en los pasillos de hospitales desde que era una niña, las expectativas de Ellis eran muy altas: aunque no hubiera hecho directamente nada por hacer de su hija una profesional de calidad, daba por hecho que llegaría muy lejos, que lo lograría. Comprobar que su hija no parecía interesada en esos objetivos, sino en el amor y la felicidad, la atormentó.

Por eso también me gusta la serie. Cuando madre e hija se reconciliaron, en el limbo, antes de que Ellis muriera y Meredith volviera a la vida, pensé que allí acabaría esa historia. Sin embargo, los guionistas han sabido recurrir a la madre hasta la última temporada (la relación con Richard, los diarios, el intento de suicidio, la hija que dio en adopción, la colega que abandonó para ganar un premio), y han permitido a Meredith comprender mejor a su madre, tomar distancia de ella, valorar sus virtudes y procurar a consciencia no replicar sus defectos. Y lo logra: cuando Meredith gana el Harper Avery y, al levantar la cabeza, ve o imagina ver en la galería a su madre aplaudiéndola, se cierra un círculo: “Eres todo menos ordinaria”, como le dijo antes de morir, o como Meredith quiso creer que le dijo su madre antes de morir. Allí está la clave: en la relación entre Meredith y Ellis, no importa tanto lo que hizo realmente la madre, sino la interpretación que su hija hace de todo eso: Meredith inventa esa relación, le da forma e incluso toma decisiones sobre ella, y eso permite la reconciliación. Cuando, poco después, rebautiza el Método Grey como Método Grey-Cerone, está corrigiendo el pasado: es por fin el ser humano extraordinario que su madre esperaba de ella.

La patria son los amigos

Si algo enseña Grey’s Anatomy sobre las relaciones humanas no es tanto sobre el amor (por mucho que me guste la relación entre Callie y Arizona, o por mucho que me doliera la ruptura entre April y Jackson), sino sobre la amistad. A lo largo de la serie, las relaciones que sostienen la historia son siempre las amistades: las que se fundan en el compañerismo y la competencia (como Meredith y Cristina), las que empiezan como relaciones jerárquicas (como Miranda y Richard), las que implican a mentores y alumnos (como Arizona y Alex), etcétera. Ese largo entramado de jefes, colegas y camaradas es una apuesta constante por la amistad como la forma más constante del amor. Las relaciones de pareja han tenido menos fortuna, han sido más breves o más desgraciadas, y en muchos casos han revelado los problemas asociados al amor romántico o a los complejos machistas (Burke es insoportable con Cristina desde el primer día, y fue necesaria la muerte de Derek para que Meredith pudiera desarrollarse plenamente como personaje). La amistad, en cambio, sobrevive siempre. Por eso, al final de la última temporada, Meredith le ofrece un puesto a Jo Wilson en el hospital, con la intención de que Alex permanezca en Seattle: Alex es el único que le queda de sus amigos iniciales y no quiere perderlo. Eventualmente tendrá que dejarlo ir, sin embargo, porque si algo ha aprendido Meredith es que la vida de las mujeres no puede estar sujeta a las necesidades y ambiciones de nadie más, así sean otras mujeres.

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Tú eres mi persona.

Meredith en el corazón

Cada uno tiene su personaje favorito, y también ocurre que hay espectadores que quieren tanto a tantos personajes que no se deciden por ninguno, pero yo escogí hace rato al mío. Aunque Meredith es por momentos inmadura, prejuiciosa, egoísta y caprichosa, sobre todo en las primeras temporadas, creo que sus méritos son mucho mayores que sus defectos. Su poca preocupación por su propia vida, su espíritu kamikaze, el lento aprendizaje de su consciencia como líder, su carácter a la vez didáctico y tiránico, su autoridad absoluta frente a los asuntos médicos, su capacidad de resiliencia, su lealtad a prueba de balas, la voz de sus consejos que hablan casi siempre desde la propia experiencia, y sus ojos que parecen siempre comprenderlo todo, admirarse de todo, perdonarlo todo. Otra cosa: nunca decepciona. Cuando parece que va  a dejarse llevar por su egoísmo o sus prejuicios, en el último minuto, reacciona. Es una de mis heroínas contemporáneas. Meredith ha ingresado a un espacio de mi consciencia en el que, hasta hace poco, solo estaba Lisbeth Salander: allí donde habitan mis amigas imaginarias. Me pregunto cómo reaccionarían a una situación determinada, procuro que mis actos no las decepcionen, intento ser leal a la amistad que he construido con ellas, y espero siempre que les vaya bien.

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En ese momento me sentí como un amigo orgulloso

 

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.