literatura , Pasajero Jueves, 28 enero 2016

3 versiones de Snape según Borges

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

*El texto que sigue contiene SPOILERS*

Repito: el texto contiene spoilers. Ya sé que todo el mundo cree que todo el mundo sabe qué es un spoiler, pero no es así. De modo que, para no perjudicar involuntariamente a nadie, recuerdo que el spoiler implica contar a otro partes claves de una historia. Hay gente a la que eso no le importa: recibe los spoilers sin que le afecte. Hay, incluso, quienes buscan spoilers para enterarse qué sigue en la serie que están viendo. Hay otras personas, como yo, que prefieren enterarse de la trama viéndola o leyéndola.

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Jorge Luis Borges / Severus Snape. Foto: collage

Empecé viendo las películas de Harry Potter, todas, conforme iban saliendo. Hace poco, sin embargo, mi esposa y yo decidimos leer los libros (acabamos de terminar Harry Potter y el cáliz de fuego, el cuarto volumen). Por supuesto, se pierde mucho de la emoción por la trama cuando uno ya la conoce (o la recuerda), pero la experiencia es distinta: en la lectura, la trama se ensancha, las escenas se explican mejor, los personajes cobrar una dimensión mucho más compleja. La verosimilitud (ese elemento que nos ayuda a tomar por cierto o por creíble aquello que se nos cuenta) está garantizada. Y además la tensión se sostiene y aumenta: en la construcción de Harry Potter hay elementos de intriga tomados, con mucho éxito, del género policial.

Además, me parece que Harry Potter es un jardín de posibles referencias futuras: no sé si J.K. Rowling haya querido, a consciencia, que sus temas y personajes hicieran guiños a otros, históricos o literarios. Y tampoco importa si fue así. Es más: como es lógico, estos temas necesariamente aparecen cientos de veces antes, en la literatura y en la historia, porque de ellas se nutre la imaginación de un creador, así que no se trata de buscar al pionero. Lo que importa es que el lector de la saga, normalmente joven, pueda encontrar luego, en otras historias, en otros personajes, elementos que le recuerden a esa primera referencia, porque eso le permitirá tender un puente.

Yo, que tengo ya 26 años, estoy haciendo el ejercicio al revés. Por ejemplo, acabo de terminar el cuarto libro, como decía, y ahí hay varias referencias posibles. La biografía y la personalidad del ex auror Astor Ojoloco Moody, por ejemplo, se asemeja a la paranoia de los veteranos de guerra, como puede verse en Días de Santiago o en Taxi Driver. Asimismo, el cumplimiento ciego de las normas, la ética pervertida que convierte a una autoridad en aquello que combate, aparece tanto en Bartemius Crouch como en Maximilien Robespierre, que de líder moral (lo llamaban el “Incorruptible”) pasó a convertirse en el símbolo del Terror durante la Revolución francesa. En este libro, además, se manifiestan las luchas por los derechos obreros, el amarillismo de la prensa y la irresponsabilidad con que el Estado niega sus crisis (por temor a desestabilizar la tranquilidad de la ciudadanía y, con ello, poner en riesgo su propio pellejo).

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Severus Snape interpretado por Alan Rickman. Imagen tomada de mundotkm

Un personaje que ha estado dándome vueltas hace tiempo es Severus Snape. En los libros no he llegado todavía a la parte central de su protagonismo (la traición, la lucha, la muerte y el posterior descubrimiento de que todos sus actos formaban parte de un plan), pero la conozco por las versiones cinematográficas. La delicada tarea de Snape, que exigía de él un sacrificio que nadie más hizo: ni siquiera Sirius Black, que pudo todavía saberse amado por su ahijado y disfrutar de su compañía.

Cuando el año pasado volví a ver las películas, reconocí en Snape el prototipo de un personaje familiar: Judas Iscariote. Pero no el de la versión bíblica, por supuesto. O, en todo caso, no el que se desprende de la clásica lectura que hace la tradición sobre este personaje: Judas como traidor de Cristo.

Me refiero, más bien, a la interpretación de Judas que hace el teólogo Nils Runeberg en Tres versiones de Judas, el fantástico cuento de Jorge Luis Borges: Judas Iscariote como un mártir (EL mártir) al servicio del plan divino. Aquí un fragmento:

Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles, intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesús. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aun más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas.

Borges incluso tensa el arco, y hace que Runeberg intuya a Judas ya no un como mártir voluntario al servicio del Mesías, sino como el Mesías:

Dios totalmente se hizo hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas.

Es probable que esta historia, la de Judas Iscariote leído por Borges, sea la que más se parezca a la de Snape. Snape sigue un plan urdido por otro, y cumple su papel como un mártir sin esperanza: nada de lo haga le devolverá al ser que ama, que era ajeno a él incluso mucho antes de morir. No es la patria, no es el honor, no es el destino: Snape acepta su infame y lenta tarea de traidor porque ama, sin posibilidad ninguna de redención ni recompensa. Él es el héroe.

ficciones de borges

Portadas de Ficciones, el gran libro de cuentos de Jorge Luis Borges

Ahora bien, esta idea de que el traidor es, en realidad, el héroe (que ejecuta un plan para salvar o vengar a otros) es recurrente en los cuentos de Borges. Aparece, como ya vimos, en Tres versiones de Judas, pero no solo allí.

En el Tema del traidor y del héroe, por ejemplo (advierto del spoiler), Ryan investiga la biografía de su bisabuelo, Fergus Kilpatrick, héroe conspirador de Irlanda. Al revisar con cuidado los hechos que giran en torno a su muerte (Kilpatrick fue asesinado), Ryan descubre que Kilpatrick, como líder de la conspiración, había ordenado que se buscara, denunciara y ejecutara al traidor que le estaba filtrando información al enemigo. Luego de la investigación, uno de sus lugartenientes, James Alexander Nolan, anunció que se tenía el nombre del traidor: era el mismo Kilpatrick. Este aceptó su destino, pero Nolan entendió que su ejecución podía desestabilizar la conspiración, así que decidió armar una escena. Cuenta Borges:

Entonces Nolan concibió un extraño proyecto. Irlanda Idolatraba a Kilpatrick; la más tenue sospecha de su vileza hubiera comprometido la rebelión; Nolan propuso un plan que hizo de la ejecución del traidor un instrumento para la emancipación de la patria. Sugirió que el condenado muriera a manos de un asesino desconocido, en circunstancias deliberadamente dramáticas, que se grabaran en la imaginación popular y que apresuraran la rebelión. Kilpatrick juró colaborar en ese proyecto, que le daba ocasión de redimirse y que rubricaría su muerte.

Estos dos cuentos pertenecen a Artificios (1944), el maravilloso apartado de Ficciones, en el que también se encuentra La forma de la espada, otro cuento que sugiere el heroísmo que requiere el narrador para ser escuchado por su interlocutor.

Sin embargo, el cuento que quiero compartir con ustedes, aunque trata también de este tema, pertenece a otro libro, el primero de cuentos que publicó Borges: Historia universal de la infamia (1935). En estos cuentos, Borges versiona biografías ya contadas, recogidas en enciclopedias, revistas o libros. Todas las historias están perfectamente contadas. Mis favoritas son El impostor inverosímil Tom Castro, La viuda de Ching, pirata, y la que ahora comparto, El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, que ya insinúa la dualidad traidor/héroe.

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Portadas de Historia universal de la infamia, el primer libro de cuentos del escritor argentino

El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké

El infame de este capítulo es el incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké, aciago funcionario que motivó la degradación y la muerte del señor de la Torre de Ako y no se quiso eliminar como un caballero cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que merece la gratitud de todos los hombres, porque despertó preciosas lealtades y fue la negra y necesaria ocasión de una empresa inmortal. Un centenar de novelas, de monografías, de tesis doctorales y de óperas, conmemoran el hecho  —para no hablar de las efusiones en porcelana, en lapislázuli veteado y en laca. Hasta el versátil celuloide lo sirve, ya que la Historia Doctrinal de los Cuarenta y Siete Capitanes  —tal es su nombre—  es la más repetida inspiración del cinematógrafo japonés. La minuciosa gloria que esas ardientes atenciones afirman es algo más que justificable: es inmediatamente justa para cualquiera.

Sigo la relación de A. B. Mitford, que omite las continuas distracciones que obra el color local y prefiere atender al movimiento del glorioso episodio. Esa buena falta de «orientalismo» deja sospechar que se trata de una versión directa del japonés.

La cinta desatada

En la desvanecida primavera de 1702 el ilustre señor de la Torre de Ako tuvo que recibir y agasajar a un enviado imperial. Dos mil trescientos años de cortesía (algunos mitológicos), habían complicado angustiosamente el ceremonial de la recepción. El enviado representaba al emperador, pero a manera de alusión o de símbolo: matiz que no era menos improcedente recargar que atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un funcionario de la corte de Yedo lo precedía en calidad de maestro de ceremonias. Lejos de la comodidad cortesana y condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un destierro, Kira Kotsuké no Suké impartía, sin gracia, las instrucciones. A veces dilataba hasta la insolencia el tono magistral. Su discípulo, el señor de la Torre, procuraba disimular esas burlas. No sabía replicar y la disciplina le vedaba toda violencia. Una mañana, sin embargo, la cinta del zapato del maestro se desató y éste le pidió que la atara. El caballero lo hizo con humildad, pero con indignación interior. El incivil maestro de ceremonias dijo que, en verdad, era incorregible, y que sólo un patán era capaz de frangollar un nudo tan torpe. El señor de la Torre sacó la espada y le tiró un hachazo. El otro huyó, apenas rubricada la frente por un hilo tenue de sangre… Días después dictaminaba el tribunal militar contra el heridor y lo condenaba al suicidio. En el patio central de la Torre de Ako elevaron una tarima de fieltro rojo y en ella se mostró el condenado y le entregaron un puñal de oro y piedras y confesó públicamente su culpa y se fue desnudando hasta la cintura, y se abrió el vientre, con las dos heridas rituales, y murió como un samurai, y los espectadores más alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre encanecido y cuidadoso lo decapitó con la espada: el consejero Kuranosuké, su padrino.

El simulador de la infamia

La Torre de Takumi no Kami fue confiscada; sus capitanes desbandados, su familia arruinada y oscurecida, su nombre vinculado a la execración. Un rumor quiere que la idéntica noche que se mató, cuarenta y siete de sus capitanes deliberaran en la cumbre de un monte y planearan, con toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto es que debieron proceder entre justificadas demoras y que alguno de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre difícil de una montaña, sino en una capilla en un bosque, mediocre pabellón de madera blanca, sin otro adorno que la caja rectangular que contiene un espejo. Apetecían la venganza, y la venganza debió parecerles inalcanzable. Kira Kotsuké no Suké, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín. Contaba con espías incorruptibles, puntuales y secretos. A ninguno celaban y vigilaban como al presunto capitán de los vengadores: Kuranosuké, el consejero. Este lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese dato.

Se mudó a Kioto, ciudad insuperada en todo el imperio por el color de sus otoños. Se dejó arrebatar por los lupanares, por las casas de juego y por las tabernas. A pesar de sus canas, se codeó con rameras y con poetas, y hasta con gente peor. Una vez lo expulsaron de una taberna y amaneció dormido en el umbral, la cabeza revolcada en un vómito.

Un hombre de Satsuma lo conoció, y dijo con tristeza y con ira: «¿No es éste, por ventura, aquel consejero de Asano Takumi no Kami, que 1o ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a los deleites y a la vergüenza? ¡Oh, tú indigno del nombre de samurái!»

Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espías denunciaron esa pasividad, Kotsuké no Suké sintió un gran alivio.

Los hechos no pararon ahí. El consejero despidió a su mujer y al menor de sus hijos, y compró una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por despachar la mitad de sus guardias.

Una de las noches atroces del invierno de 1703 los cuarenta y siete capitanes se dieron cita en un desmantelado jardín de los alrededores de Yedo, cerca de un puente y de la fábrica de barajas. Iban con las banderas de su señor. Antes de emprender el asedio, advirtieron a los vecinos que no se trataba de un atropello, sino de una operación militar de estricta justicia.

La cicatriz

Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que murió esa noche. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial; los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes murieron; los defensores no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia cesó.

Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio, y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi no Kami.

Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se suicidara, como un samurai debe hacerlo.

En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo.

El testimonio

Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los capitanes se dirigieron al templo que guarda las reliquias de su señor. En un caldero llevan la increíble cabeza de Kira Kotsuké no Suké y se turnan para cuidarla. Atraviesan los campos y las provincias, a la luz sincera del día. Los hombres los bendicen y lloran. El príncipe de Sendai los quiere hospedar, pero responden que hace casi dos años que los aguarda su señor. Llegan al oscuro sepulcro y ofrendan la cabeza del enemigo.

La Suprema Corte emite su fallo. Es el que esperan: se les otorga el privilegio de suicidarse. Todos lo cumplen, algunos con ardiente serenidad, y reposan al lado de su señor. Hombres y niños vienen a rezar al sepulcro de esos hombres tan fieles.

El hombre de Satsuma

Entre los peregrinos que acuden, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido de lejos. Se prosterna ante el monumento de Oishi Kuranosuké, el consejero, y dice en voz alta: «Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de Kioto y no pensé que estabas meditando la venganza de tu señor, y te creí un soldado sin fe y te escupí en la cara. He venido a ofrecerte satisfacción.» Dijo esto y cometió harakiri.

El prior se condolió de su valentía y le dio sepultura en el lugar donde los capitanes reposan.

Éste es el final de la historia de los cuarenta y siete hombres leales —salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.