Pasajero Miércoles, 21 agosto 2019

¿Y si NO fuera tu madre?

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Un ejercicio común para revisar nuestra empatía es que intentemos ponernos en los zapatos del otro. Ante determinadas situaciones que nos resultan difíciles de comprender, nos preguntamos: ¿qué haríamos si esto le ocurriese a un ser querido? Con ello queremos decir, en realidad, ¿cuál sería mi actitud si esto le ocurriese a alguien que me importa de verdad?

Este ejercicio es efectivo y ha servido para que entendamos mejor las circunstancias de una problemática. Se dicen cosas horribles, por ejemplo, contra la comunidad LGTBI, pero a veces basta con que nos acerquemos un poco más al contexto para que revisemos nuestros prejuicios. Si mi hermano, mi hijo o hija fueran homosexuales, ¿también desearía para ellos, como acabo de comentar en Facebook, que los terroristas del Daesh se instalen en Perú y los ejecuten? Puede que sí, por supuesto (las tasas de violencia homofóbica dentro de la familia siguen siendo alarmantes), pero es probable que ya no estemos tan seguros.

Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la violencia de género. Para desmarcarnos del machismo, los hombres solemos recurrir a esta dinámica. Cómo voy a ser machista yo si tengo una hija. O: hay que respetar a las mujeres porque todos venimos de una. O: si esto le pasara a mi novia, rompería todo.

El problema es que este ejercicio tiene algunos límites. El primero es la realidad: por un lado, nacer de mujeres no nos ha impedido a los hombres ser los principales perpetradores de violencia machista; por otro, las formas más atroces de violencia de género (golpes, insultos, violaciones o feminicidios) se cometen sobre todo dentro de la familia, a manos de padres, hermanos, parejas y exparejas.

El segundo límite es su proyección. Una cosa es que, para entender un contexto cualquiera, nos preguntemos cómo nos sentiríamos nosotros en una situación así; otra, que necesitemos inventar o suponer relaciones familiares para, recién entonces, entender el dolor, la preocupación o la rabia de una persona.

En el caso específico de la violencia de género, resulta preocupante que todavía usemos este recurso como un razonamiento válido: las mujeres importan porque, en una potencial relación con nosotros, sus vidas nos resultarían importantes. Esta lógica tiene el efecto peligroso de desaparecer el valor individual de cada mujer, común a todos los seres humanos, y trasladar ese valor a las relaciones que sostienen con los demás o que podrían sostener con nosotros.

También puede ocurrir algo peor: que, antes de empatizar con ellas, lo hagamos con los hombres de su entorno. En noviembre del 2016, Phillip Butters conversó con una mujer que había sido agredida por un sujeto en la calle. En ningún momento le preguntó a ella cómo se sentía, qué pensaba, qué medidas había tomado. Nada. Se dedicó a preguntarle cómo habían reaccionado su esposo, su pareja, su papá. E hizo lo mismo con la audiencia: la primera pregunta estaba dirigida a los hombres: “¿Qué harías tú si un pata como este le mete un manazo a tu mujer?”. Y la segunda pregunta, aunque en apariencia dirigida a las mujeres, también pasaba por alto qué podían pensar o sentir ellas: “¿Qué esperas tú que haga tu esposo, tu pareja, tu hermano, tu papá, si un tipo en la calle te mete un manazo?”. Phillip Butters, si faltaba aclararlo, tiene mamá, esposa e hijas.

Quizás sea tiempo de hacer el ejercicio inverso. Ante los actos de violencia machista, ante la reacción feminista contra dicha violencia, ante las metidas de mano, el acoso, los feminicidios, el desprecio por las mujeres disfrazado de humor, ante todo eso quizás deberíamos preguntarnos lo contrario: ¿qué haría yo si esas mujeres no fueran mi madre, mi hermana o mi mejor amiga? Mujeres desconocidas, con las que no tengo ninguna relación. ¿Me importarían? ¿Me importarían ellas (cómo se sienten, qué temen y qué buscan) o me preocuparía más por cómo podrían sentirse los hombres de su entorno? ¿Me importarían aun cuando esas mujeres no solo no sean, sino que incluso no se parezcan a mi madre o mis hijas? Que piensen distinto y actúen distinto a las mujeres que conozco. Que vistan de otra forma, lleven otra vida sexual, etcétera. ¿Me importarían? Y en caso de que me importaran todavía, ¿qué debo hacer? ¿Rescatarlas, vengarlas, actuar en plan “simio descontrolado” como propone Phillip Butters? Si esa es nuestra idea de “ayuda”, estamos estorbando.

La cifra de varones que violentan a las mujeres de su familia es tan alta que, quizás, primero deberíamos asegurarnos de no integrar ese grupo. Luego, en efecto, podríamos decir que, si algo le ocurriese a una de las mujeres de nuestro entorno, buscaríamos la forma de actuar inmediatamente. Eso podrá tranquilizar a nuestras parientas más cercanas, pero no tiene ninguna relevancia social. Lo importante, socialmente hablando, no es qué haríamos por nuestra mamá, sino por todas las mujeres que no lo son.

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