discriminación , libertades , Pasajero , sociedad Sábado, 6 julio 2019

El fútbol, último bastión de la resistencia masculina

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En la imagen, Marta, goleadora histórica de los Mundiales con 17 anotaciones.

El escritor argentino Martín Kohan suele decir que su amor por Boca Juniors es la única pasión desenfrenada de su vida. No bebe, no se droga, no es eufórico e incluso lo que más le gusta hacer en el mundo, que es leer y escribir, son ejercicios racionales, que él disfruta sin necesidad de agregarles bohemia o malditismo.

Sin embargo, cuando se trata de Boca, pierde el control, grita y salta, se hermana con los demás hinchas, se deja llevar. Por eso no escribe sobre Boca Juniors: para hacerlo tendría que pensar, conectar ideas, e intentar explicar con palabras aquello que, simplemente, no puede explicarse con palabras.

Todos podemos identificar esa pasión, y es hasta saludable que la hayamos experimentado alguna vez. No necesariamente con el fútbol, por supuesto:

las hinchadas de cualquier deporte, así como los fandom en general, están llenos de irracionalidad.

El fútbol se ubica, o debería ubicarse, dentro de esas pasiones inofensivas que fueron creadas para alegrar la propia vida y no, como la religión o la política, para torturar vidas ajenas. Sin embargo, es evidente que el fútbol no es inofensivo.

Para empezar, está en todas partes (ni el más interesado podría soportar un día entero viendo las payasadas que se hacen en televisión nacional durante la temporada futbolera). Se impone a los varones en las escuelas, y muchas veces también fuera de ellas, y casi nunca se ofrecen otras alternativas. Además, ha eliminado a las mujeres: el canal que tenía los derechos del Mundial de Fútbol femenino decidió no transmitirlo; las periodistas deportivas todavía pelean por espacios en medios; no hay una sola narradora de fútbol y casi ninguna comentarista durante los partidos.

También hemos normalizado que el fútbol, sobre todo el de clubes, esté asociado al pandillaje y la delincuencia; casi nos hemos resignado a que los hinchas, en masa, se comporten como simios violentos a los que “es mejor no provocar”: averiguamos cuándo juega un equipo y dónde, y así evitamos cruzarnos en el camino con su barra.

Hemos convertido al fútbol en el último bastión de la resistencia masculina (esa idea retorcida de la hombría que se conoce como masculinidad tóxica). De pronto los hombres, obligados por el contexto a controlar nuestras formas, cada vez más limitados a no decir lo que realmente pensamos, encontramos en el fútbol nuestro lugar para el descontrol.

Está mal ser racista: en el fútbol todavía se puede (no en el fútbol oficial, que multa a las hinchadas y los estadios, pero sí en el privado, sentados frente al televisor, entre amigos). Está mal ser machista, pero una goleada es una violación, y a nuestras hijas les pondremos Gallese para que nadie se la meta. Está mal ser homofóbico, pero, hace nada más un par de días, el que no saltaba era un chileno maricón.

Cuando alguien advierte esto (lo hizo Dess en Twitter y le saltaron encima), la reacción es incluso peor: ya vienen a joder, la dictadura-de-lo-políticamente-correcto quiere acabar con todo, nadie puede hacer una broma, es la euforia.

El problema es que la euforia no inventa nuestras emociones: las exhibe.

Imagen: Puntal

Imagen: Puntal

Si lo que tenemos dentro es una suma de desprecios (contra las mujeres, los homosexuales o los chilenos), se hará patente en nuestras celebraciones y nuestro lenguaje. Lo peor es que nadie tendría que explicar sus emociones: por qué llora ante un partido, por qué besa una camiseta, por qué da la espalda a la pantalla cuando tocan los penales. Nadie tiene que explicar lo inofensivo. Lo que hace daño, en cambio, exige una explicación.

Y hay dos explicaciones. La primera es que, sin percatarnos, hemos repetido frases, arengas y celebraciones que, bien vistas, son justificaciones de violencia. Si esa no era nuestra intención, bastaría con que nos diéramos cuenta de ello para que las cambiemos (¿acaso no lo hemos hecho antes, un montón de veces?).

La segunda explicación es que, en el fondo, estemos convencidos de que el fútbol no es un deporte para mujeres, que ellas no lo comprenden y no lo disfrutan y no podrían jugarlo como nosotros; que de verdad creamos que golear al equipo contrario es tan rico y tan estimulante como violar a alguien; que para nosotros no exista en el mundo nada peor que la homosexualidad, y que homosexualidad y cobardía son palabras sinónimas (maricón significa ambas cosas, según el diccionario), así que valen como insulto para el rival.

Si se trata de lo primero, pues ya está: se avanza. Si se trata, más bien, de lo segundo, aprovechemos el tiempo que nos queda porque, más temprano que tarde, nos convertiremos en esos tíos insoportables con los que nadie querrá ver el partido, y comprobaremos con amargura que el fútbol se irá llenando, cada vez más, de jugadores abiertamente homosexuales, y tendremos que bajar el volumen para no escuchar a las mujeres que narren y comenten los partidos, o peor, los jueguen, o peor todavía, dirijan al equipo nuestros amores.

El fútbol dejará de ser importante cuando pierda su mística. Haber pensado todo este tiempo que esa mística no radicaba en el talento o la diversidad, sino en el hecho de que lo jugaran hombres y lo vieran también hombres, quizás sea una evidencia de que nunca entendimos este deporte.

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