Pasajero Miércoles, 6 noviembre 2019

Cinco escritoras argentinas que todos deberíamos estar leyendo

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María Gainza (izquierda). Arriba, Leila Guerriero y Mariana Enriquez. Abajo, Samanta Schweblin y Claudia Piñeiro

Estos son días increíbles para las escritoras argentinas (y, por extensión, para la literatura que se escribe en nuestra lengua). A fines de octubre, María Gainza obtuvo el premio Sor Juana Inés de la Cruz por su segunda novela, La luz negra (Anagrama). Esta semana se anunció que el First Book Award de Edimburgo iba para Selva Almada y su novela El viento que arrasa, publicada originalmente en 2012 pero recién traducida al inglés. El lunes, Anagrama le otorgó su premio editorial de novela, el Herralde, a Mariana Enriquez por Nuestra parte de noche. Y ayer el Colegio de Periodistas de Cataluña ha declarado a Leila Guerriero ganadora unánime del Premio Internacional de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán.

Que todos estos premios se anunciaran en el lapso de tan pocos días es una coincidencia. No lo es, en cambio, que todos ellos, desde distintas partes del mundo, reconocieran el valor de la literatura argentina, una de las más ricas y cosmopolitas del español. Tampoco es una coincidencia que fueran otorgados a mujeres: Argentina es uno de los países donde la escena literaria (al menos de cara al exterior) presenta mayor equilibrio entre hombres y mujeres, sobre todo en su literatura más reciente.

Una característica de las escritoras argentinas es su versatilidad: transitan diversos géneros y oficios; las hay poetas, novelistas, cuentistas, ensayistas, traductoras, editoras y cronistas, y casi todas ellas son, también, profesoras universitarias. Sin embargo, creo que debe reconocerse especialmente la gran contribución que están haciendo a la narrativa, tanto a la de género (Mariana Enriquez con el terror y el gótico, por ejemplo), como a la experimentación narrativa (es el caso de El nervio óptico de María Gainza).

En este post, quiero recomendar cinco libros de cinco autoras argentinas. De las cuatro premiadas estos días, mencionaré a tres, ya que a Selva Almada no la he leído todavía (salvo Reconstrucción de la escena del crimen, un cuento suyo publicado en la revista Orsai) y agregaré otras dos que siempre viene bien recomendar. Espero recomendar otras cinco, que quedaron pendientes, en un próximo post.

Varios de los títulos que mencionaré tienen precios altos en librerías. Mi recomendación es que, si les interesa alguno de estos textos pero no tienen medios para comprarlos en físico, busquen opciones alternativas: audiolibros o ebooks, por ejemplo, o las páginas en Facebook o Instagram como que ofrecen libros de segunda mano bien cuidados y a precios justos. (Un ejemplo de estas últimas es La casa de Kanú: no los conozco, por si acaso, pero me parece que cumplen con ambos requisitos. Hace poco ofrecían la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi, que cuesta más de 100 soles en librerías, a mitad de precio).

*Quiero aprovechar para agradecer a Lis Arévalo, Lourdes Quiroz y Claudia Pastor Flores, integrantes del Club Leer Mujeres, porque con sus comentarios y recomendaciones me animaron a conocer a algunas de estas autoras.

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Los peligros de fumar en la cama (Emecé Editores, 2009), de Mariana Enriquez

En realidad, lo que voy a decir sobre este libro de Enriquez califica también para su otra colección de cuentos, Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016). Dos títulos recomendables.

En Los peligros de fumar en la cama, Mariana Enriquez no solo rinde homenaje al terror: dicho así, parece que se tratara de un acercamiento reverencial al género, y no es el caso. Persisten los fantasmas, las familias perversas, los defectos físicos exagerados, las brujerías y los locos, pero con el terror agregado de que todos están aquí, viviendo en el mismo presente que nosotros. El miedo nace de la perturbación que producen estos cuentos donde todos somos, cuando menos, posibles vecinos de sus protagonistas.

Mariana Enriquez también escribió la bella novela breve Chicos que vuelven (2010), que parece un homenaje a Samanta Schweblin, otra autora mencionada en esta lista.

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Las viudas de los jueves (Alfaguara, 2005), de Claudia Piñeiro

Este es un thriller sobre pitucos. Claudia Piñeiro ambienta su historia en un country de las afueras de Buenos Aires: un conjunto de casas enormes, rodeadas de jardines que, por su extensión, sonmás bien parques. El vecindario, que tiene sus propias calles, está cerrado al exterior: hay guardias en las fronteras del recinto, puertas diferenciadas para el servicio, canchas de tenis y campos de golf y árboles que separan una casa de otra. (Aunque parezca increíble, esos espacios existen incluso por aquí, en la misma ciudad donde vivimos nosotros).

En ese country, una serie de “accidentes”, sucesos aparentemente aislados pero trágicos, desata la desgracia. Eso mella el decorado (jardines, piscinas, licores) hasta que, por fin, revienta: como si el mundo de afuera, ese del que viven huyendo, les estallase en la cara.

*Claudia Piñeiro también condujo un magnífico programa sobre Borges llamado Conversaciones en el laberinto, que puede encontrarse en YouTube.

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Plano americano (Ediciones UDP, 2013), de Leila Guerriero

En 2013, con la publicación de Plano americano, Leila Guerriero se consagró como una de las cronistas más importantes del llamado nuevo periodismo latinoamericano. Los perfiles que componen su libro están dedicados a distintas figuras de las letras, las artes y las humanidades de América Latina. Debo reconocer que, antes de leerlo, aunque algunos nombres me sonaban (como los de Ricardo Piglia, Nicanor Parra o Facundo Cabral), ninguno me interesaba particularmente. Luego, en cambio, incluso aquellos de los que no sabía nada (Pedro Henríquez Ureña, Idea Vilariño) se convirtieron en personajes sorprendentes y conmovedores.

Los perfiles de Guerriero comparten al menos tres características que definen su estilo. En primer lugar, desaparece el yo narrador. Jamás opina, jamás habla en primera persona, jamás interviene en los diálogos de los perfilados (estos parecen hablar directamente con el lector). Y sin embargo, Guerriero está allí: ella decide lo que vamos a ver, el momento en que lo haremos, los márgenes de intimidad que nos están permitidos. Esa dirección es su segunda característica. Y la tercera es la delicadeza poética de sus palabras. No quiero decir que sea rimbombante ni sufriente ni desbocada: todo lo contrario. También en el control de las palabras, también en su simpleza hay poesía.

*Si les gustan más las crónicas que los perfiles, pueden leer Frutos extraños (Alfaguara, 2012). Si les gustan más los reportajes de largo aliento, Una historia sencilla (Anagrama, 2013).

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El nervio óptico (Mansalva, 2014), de María Gainza

El nervio óptico tiene todas las ventajas (y ninguna de las desventajas) de los que se llaman libros inclasificables. No es un experimento incomprensible, no evade la responsabilidad de contar una historia, no aburre. Y sin embargo, sí en inclasificable: es y no es una novela, es y no es un libro de cuentos. Cada capítulo puede leerse por separado y se comprendería, pero juntos conforman una unidad.

Casi todos nosotros podemos enfrentar, recordar o entender nuestra vida a partir de las ficciones de nuestra vida: relatos, películas, canciones o libros. La protagonista de esta historia lo hace a través de cuadros. Su relación con ellos va más allá del ojo académico o el interés comercial: la han acompañado desde siempre, han redirigido su vida o han servido para marcar determinados hechos en su memoria. La pintura le permite acercarse tanto a las tragedias personales como a los procesos históricos. Lee los cuadros y nos ayuda a hacerlo, sin que en ningún momento parezca que nos está dando una clase al respecto. No enseña el amor por los cuadros porque el amor no se enseña: se contagia.

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Pájaros en la boca y otros cuentos (Random House, 2017), de Samanta Schweblin

En muchas historias, los personajes suelen preguntarse algo parecido a “¿Pero qué carajo?”, sobre todo cuando lo que les ocurre es increíble o intolerable. Piensen, por ejemplo, en los relatos de misterio o terror. En los cuentos de Samanta Schweblin, en cambio, quien está todo el tiempo preguntándose “qué carajo” es el lector. No es que haya terror ni fantasmas, ni asesinos en serie ni demasiados criminales; sin embargo, ocurren cosas inverosímiles que los personajes aceptan sin más, como resignados a estas, de modo que el único confundido, indignado por la pasividad, es quien está leyendo. En los relatos de Schweblin, una de las mejores narradoras del continente, no entender del todo es necesario para disfrutar mejor.

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