Pasajero Miércoles, 30 octubre 2019

Cinco prosas endiabladas

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Siempre que se acercan los feriados largos y las vacaciones, me propongo hacer recomendaciones de novelas breves o libros de cuentos que puedan acompañar a los lectores en sus viajes.

Esta vez, sin embargo, quisiera recomendar cinco novelas que son, más bien, ejemplos de lo contrario. No siempre son breves y están escritas de forma que es difícil interrumpir su lectura: su redacción tiene pocas pausas y suelen carecer de separaciones entre párrafos.

Esta forma de escribir tendrá seguro un nombre, pero no lo conozco. Lo he llamado “endiablado” en el título porque es lo que siento cuando leo estas novelas: una especie de viaje al que uno asiste embrujado no solo por el poder de la historia, sino por el uso del lenguaje, esa narración trepidante donde la oralidad, la extensión y las digresiones importan tanto como la trama.

He escogido cinco novelas, todas de autores vivos (eso explica ausencias como las de García Márquez o Pedro Lemebel). Todavía no he leído a Juan Goytisolo, pero supongo que debería ser incluido en una lista como esta.

Los cinco autores aquí recogidos escriben en español: pienso que inevitablemente se pierde algo del lenguaje y la prosa en las traducciones, y son precisamente esos valores los que quería rescatar. La única excepción es la del bonus track.

Otra cosa: aunque resulta obvio, es importante remarcarlo. Esta es una lista de recomendaciones (solo cinco, además), reducida al limitadísimo espectro de mis propias lecturas. No es nada parecido a una lista de imprescindibles. Por si acaso.

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Papi (2005), de Rita Indiana

Empecemos por el último libro que he leído de la lista. Rita Indiana es una escritora dominicana que también se dedica a la música (fue líder del grupo experimental Rita Indiana & Los Misterios). Ha publicado dos libros de cuentos y otra novela, La estrategia de Chochueca (2000). Solo he leído esta novela y creo que basta para incluirla aquí. Papi es la historia de una niña que espera a su padre, contada por la propia niña: una narración desmedida, hiperbólica y a veces incluso fantástica, que sin embargo es necesaria para retratar la figura de su padre, un capo de la mafia dominicana.

Papi tiene más de to que el tuyo, más fuerza que el tuyo, más pelo, más músculo, más dinero y más novias que el tuyo. Papi tiene más carros que el tuyo, más carros que el diablo, tantos carros que tiene que venderlos porque no le caben en su propia marquesina. Papi tiene carros que hablan y te dicen que te pongas el cinturón y que cierres la boca, en inglés, francés y otros idiomas. Papi los maneja, uno diferente cada día, porque son tantos que tiene que repartírselos, uno por la mañana, uno por la tarde y otro por la noche, es decir cada cuatro horas. A veces uno incluso para el almuerzo. Uno para irme a buscar al colegio, uno para ir a mi primera comunión, uno para visitarme los domingos, uno para ir a visitar a su mamá y otro para sus hermanas, un jaguar para el día de los padres, un camaro para el día de los enamorados, un be eme doble u para las inauguraciones, un ferrari para llevarme a comer helados. Un carro que usa cuando va a traerle a mami mi mensualidad, uno para cuando viene a decirle a mami que quiere volver con ella y otro (por lo general un Mercedes baby descapotable) cuando viene a decirnos que vuelve a casarse con otra y que nos invita a la boda y deja los muebles de mami impregnados con su perfume que es muy fuerte, más fuerte y más caro y más bueno que el perfume que usa el tuyo, si es que acaso tu papá ha visto alguna vez uno.

A mami le da dolor de cabeza.

Papi tiene carros con los vidrios negros, por donde no pasa ni una lucecita, y que además tienen cortinitas negras para que no pase ni una lucecita. Carros que te dicen quién fue que dejó la puerta abierta o quién se está comiendo los mocos, carros largos y gordos, carros a los que se les abren las puertas levantándolas hacia arriba, que hacen que la gente se aglomere alrededor cuando todavía no nos hemos desmontado, que hacen que un montón de niños y jóvenes y viejos casi todos negros y descalzos vengan corriendo a tocarnos porque creen que es una nave en la que aterrizamos papi y yo, casi siempre frente a una cervecería o a un car wash en el Malecón, y vienen a tocarnos a nosotros y al carro y le preguntan a papi por el carro, por mí y por el carro y papi les responde sin mirarlos, como si no fuera importante, como si los carros volaran desde siempre, como si papi y yo estuviésemos aterrizando en un carro que parece una nave frente a todas las cervecerías del Malecón todas las tardes, y es verdad.

Y papi se desmonta y deja el carro abierto para que los niños, los jóvenes y los ancianos (casi todos negros y flacos y descalzos) puedan subirse y activar el limpiavidrios y las luces y abrir las puertas que se abren hacia arriba como alas de gaviota, como en una nave. Y, a veces, papi hasta les da la llave para que lo enciendan y salgan volando, pero son tan brutos que hacen tres piruetas y luego se estrellan en el mar o en los arrecifes del Malecón o se quedan enredados en el tendido eléctrico como zapatos muertos.

A papi ni le importa. Ni que se maten, ni que le dejen los carros empalados encima de un cocotero, como tiene tantos. Papi lo que hace es que inmediatamente saca una foto del accidente con una polaroid y se la regala a los niños, jóvenes y viejos que han sobrevivido, que en cuanto damos la espalda se entran a trompadas por la foto.

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Un mundo para Julius (1970), de Alfredo Bryce Echenique

Probablemente la novela de Bryce con el lenguaje más desatado es Tantas veces Pedro (1977). Sin embargo, siempre es ocasión para recomendar Un mundo para Julius, donde el lenguaje es narrador (y, a veces, incluso protagonista) de la historia.

Julius es un niño rico de la antigua oligarquía limeña. En esta escena, su familia está pasando una temporada en el Country Club (¡!) mientras remodelan el palacio donde vivirán. De pronto, aparece en el hotel una de las sirvientas de la casa, Arminda, a felicitar a Julius por su cumpleaños.

Se marchaban los dos, cuando de pronto Arminda, cambiando por completo de personalidad, empezó a abrirse paso entre las maletas y a avanzar, diciéndole a Julius que ya tenía nueve años y que este año iba a estar entre los más grandes en el Inmaculado Corazón. «Le he traído un regalito al niño», anunció, interrumpiendo la fuga de los señores. Abrió su cartera negra y extrajo el regalito para Julius. Juan Lucas encendió un cigarrillo para hacer algo menos que callarse la boca y se dispuso a presenciar la escena millonario e incomodísimo. La primera pitada lo convenció de que Arminda no importaba y la segunda de que Julius era un imbécil nato. Más bien Susan, interesadísima y trasladándose una vez más al hipódromo, seguía la apertura del paquete con un delicioso y falso entusiasmo. Lo que no era muy seguro es que pudiera mantenerlo, porque el paquetito la verdad es que iba perdiendo lo de te traigo un regalito y se iba convirtiendo en lo que era: el regalo de una mujer pobre a un niño millonario, y en pena…

… En la pena que tú nunca olvidarás, Julius. Porque cuando se es así, cuando el día de tu santo o el de Año Nuevo o el de Navidad o cualquier otro día en que haya que querer y ser querido, cuando un día como hoy te entristece hasta regresar del Golf e irte a pasear por la piscina ya vacía y oscura, cuando se es así, cuando toda esperada alegría lleva su otra cara de pena inmensa, peor aún, de amenaza constante e indefinida de pena inmensa, de pena que tiene que llegar en algún momento, cuando tú has visto en la piscina vacía de gente, vacía de las niñas que te recordaban a Cinthia, vacía de Bertha que la estaba escarmenando, vacía de Celso y Daniel que no han venido a verte en todo el verano, que solos se están construyendo esas casas que tú no logras imaginarte, vacía de ese muchacho que encontraste besando a su chica, cuando por fin hay una tarde, una noche ya casi en que los del barrio Marconi no le van a pegar a nadie, pero es que no estaban, cuando en el fondo del agua que tanto frío te daba daba mirabas las piedras, los cuchillos de Tarzán reposando y eran tristes ahí, inmóviles bajo el agua cristalina, azul pena, cuando la piscina estaba vacía de tus amigos de este verano y era extraño cómo siempre la soledad y el frío te dan ganas de ir al baño y sentías tu cuerpo, te sentías tú, te daban esos momentos tan raros y pensabas que en la suite se estaría mejor pero te quedabas, te ibas quedando y veías allá lejos, sobre el mostrador, en el bar, las butifarras de otro momento como esta mañana cuando ella vino y te dio los minutos de felicidad que amenazan siempre con pena más tarde, en cualquier momento, en cualquier momento Julius y puede ser ahora, ahora en que por ser tu santo aparece Vilma sentada en una banca y tú la miras y no hay absolutamente nadie, absolutamente nada, sólo la amenaza de la pena y que ya es tu tristeza y que no sabes por qué no tarda en ser peor aunque siga sin pasar nada, aunque ahora sea Nilda la que habla a gritos al borde de la piscina y la gente la mira y es horrible hasta la vergüenza, hasta tu vergüenza, cuando sientes más de ese frío y la necesidad de ir al baño es mayor y te entretienes con ella hasta recordar que ayer no vino Arminda y que puede venir hoy porque es tu santo y te ves salir de la carroza porque llega Cinthia del colegio y te sigues quedando Julius, y sabes que tu vida estará llena de esos momentos, de esa amenaza de pena que ya es tristeza que te recordará siempre, cuando las bancas que rodean la piscina se convierten en huecos que se tragan a la gente y oscurecen verdes, cuando los botones rodean a Juan Lucas que esta noche te va a llevar al Aquarium, cuando el momento es definitivamente la pena que tú nunca olvidarás, Julius, entonces, dejas toda la amenaza en la piscina vacía de seres queridos o impresionantes y regresar a la suite y entras y saludas y te tropiezas con una extraña, triste atmósfera, han encendido las luces, las lámparas esas que dan la media luz, han colocado sabe Dios cómo las maletas de Juan Lucas casi rodeando a Arminda, qué triste está la suite al abrir y ver la espalda de Arminda, qué apariencia tan rara va adquiriendo todo mientras avanzas con Arminda hacia la mesa frente a la cual están parados ella y él siguiendo hartos una escena que no debió ser triste, que sucedió para que escucharas esas palabras tipo Nilda, de mi voluntad, de mi voluntad niño, y ella terminaba de abrirte el paquete y hubo el momento en que somos mudos y sentimos como un vértigo negro y el momento en que ellos agradecieron para marcharse, de mi voluntad, Julius, ésas son tus palabras y otros nunca conocerán tu significado para esas palabras en una suite del Country Club, un día de tu santo, y la media luz de las lámparas como empujada por la pena oscura que se iba amontonando en los rincones y crecía hacia ustedes, crecía cuando escuchaste el traje de Susan descender de seda por su piel, allá en el baño, mientras Arminda te entregaba el regalo y tú no sabías qué decirle porque era un par de medias amarillas, a cuadritos y nunca podrías usarlas por horribles, cuando cogiste de su mano el pomo con el agua azul, perfume seguro para Arminda por el color y el frasco, que fue cuando la voz de mierda de Juan Lucas, allá en el baño, pronunció la palabra estoque, dijo se ha anticipado, y las letras que tú no querías que te dijeran nada, te habías defendido hasta ese instante, las letras fueron palabras y tuvieron sentido para ti, de mi voluntad, niño, de mi voluntad niño de mi voluntad niño de mi voluntad niño, las palabras fueron de mi voluntad niño de mi voluntad niño de mi voluntad niño de mi voluntad niño, la etiqueta pegada al pomo de mi voluntad niño de mi voluntad niño de mi voluntad niño de mi voluntad niño de mi voluntad niño LOCIÓN PARA DESPUÉS DE AFEITARSE de mi voluntad niño de mi voluntad niño… «Se ha anticipado en varios años», dijo Juan Lucas.

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Temporada de huracanes (2017), de Fernanda Melchor

Este libro fue sin duda una de mis lecturas favoritas del año. Aunque solo ha publicado una novela, por lo que es difícil afirmar que la prosa endemoniada es esencialmente su estilo, Fernanda Melchor escribe Temporada de huracanes como si la narración extensa, oral y sin pausa fuera su forma natural de expresarse.

Temporada de huracanes es la historia de un pueblo y de un puñado de personajes pervertidos por la pobreza y el clima del lugar. Un crimen (¿pasional, de odio?) desata el nudo de la novela.

Un milagro, mi hijo es un milagro, decía la mujer de la bata rosa; la prueba de que Dios existe y de que San Judas todo lo puede, hasta los casos imposibles, mira. Y bajó los ojos y sonrió radiante al crío que mamaba de su seno izquierdo: valió la pena el año de rezos, un año entero, sin falta ni un solo día, hasta cuando no podía levantarme de la cama y sentía que me moría de tristeza, hasta ese día le rezaba sus oraciones a san Juditas y le pedía que mi hijo viviera, que mi matriz lo retuviera, que no me pasara como con los otros, que tanto que me cuidaba y que tanto que tomaba vitaminas para al final acabar echándolo fuera, esa sangre que me veía en ropa cuando iba al baño y yo nomás lloraba; hasta soñaba con la sangre, soñaba que me ahogaba en ella, después de años de correr al baño nomás para enterarme de que otra vez lo había perdido: ocho veces seguidas, mana, ocho veces en los últimos tres años; te juro por Diosito santo que no te miento. Ya hasta mi doctora me regañaba y me decía: tu matriz no retiene, te falta esto, te falta lo otro, hay que hacerte cirugía y quién sabe cómo quedes, ya mejor no te embaraces, resígnate, me decía, vieja cabrona; como ella no tiene macho, ni hijos, y seguro hasta es machorra; que porque mi organismo ya estaba resentido, que por qué mejor no adoptábamos un chamaco, pinche vieja, eso fue lo que me dijo; por su culpa mi marido ya no quería hacerse ilusiones, y yo estaba segura de que no tardaría en pedirme el divorcio cuando unas amistades, unos amigos de la comadre de mi hermana me dijeron que por qué no le rezaba a san Juditas, pero bien, vaya: que me consiguiera una imagen de bulto y que la llevara a bendecir y le pusiera sus espigas y su velón de sándalo y que le rezara todos los días, con devoción y humildad, y yo me dije: pues al fin y al cabo no pierdo nada con intentarlo, y mira, san Juditas me hizo el milagro, mana, y me dio por fin a mi angelito: Ángel de Jesús Tadeo, así le vamos a poner, para darle gracias a Dios y al santito por el milagro recibido, porque eso es lo que es, ¿verdad? Un milagro.

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Corazón tan blanco (1992), de Javier Marías

Aunque la prosa de Javier Marías no tiene ningún sabor local, diría incluso que ninguna oralidad, es un maestro en el arte de la digresión, la repetición y la reflexión extensa. A quienes han decidido no leer sus novelas por lo que escribe en sus columnas, solo puedo decirles que son dos cosas distintas. En sus novelas desaparecen la rabia por los tiempos idos, el afán peleonero e incluso berrinchudo, y queda el narrador absoluto, que es mejor incluso cuando duda, cuando no sabe bien lo que está diciendo, y va interpretando lo que le ocurre conforme lo cuenta.

Mi novela favorita de Marías es Mañana en la batalla piensa en mí (1994), pero preferí compartir este fragmento de Corazón tan blanco, mi segunda favorita.

La verdad es que si en tiempos recientes he querido saber lo que sucedió hace mucho ha sido justamente a causa de mi matrimonio (pero más bien no he querido, y lo he sabido). Desde que lo contraje (y es un verbo en desuso, pero muy gráfico y útil) empecé a tener toda suerte de presentimientos de desastre, de forma parecida a como cuando se contrae una enfermedad, de las que jamás se sabe con certidumbre cuándo uno podrá curarse. La frase hecha cambiar de estado, que normalmente se emplea a la ligera y por ello quiere decir muy poco, es la que me parece más adecuada y precisa en mi caso, y le confiero gravedad, en contra de la costumbre. Del mismo modo que una enfermedad cambia tanto nuestro estado como para obligarnos a veces a interrumpirlo todo y guardar cama durante días incalculables y a ver el mundo ya sólo desde nuestra almohada, mi matrimonio vino a suspender mis hábitos y aun mis convicciones, y, lo que es más decisivo, también mi apreciación del mundo. Quizá porque fue un matrimonio algo tardío, mi edad era de treinta y cuatro años cuando lo contraje. El problema mayor y más común al comienzo de un matrimonio razonablemente convencional es que, pese a lo frágiles que resultan en nuestro tiempo y a las facilidades que tienen los contrayentes para desvincularse, por tradición es inevitable experimentar una desagradable sensación de llegada, por consiguiente de punto final, o, mejor dicho (puesto que los días se siguen sucediendo impasibles y no hay final), de que ha venido el momento de dedicarse a otra cosa. Sé bien que esta sensación es perniciosa y errónea, y que sucumbir a ella o darla por cierta es la causa de que tantos matrimonios prometedores fracasen nada más empezar a existir como tales. Sé bien que lo que debe hacerse es sortear esa sensación inmediata y, lejos de dedicarse a otra cosa, dedicarse a ello precisamente, al matrimonio, como si fuera la construcción y tarea más importantes que ante sí se tienen, aun cuando uno crea que la tarea ya está cumplida y la construcción erigida. Sé bien todo eso y sin embargo, cuando me casé, durante el mismo viaje de bodas (fuimos a Miami, a Nueva Orleáns y a México, luego a La Habana), tuve dos sensaciones desagradables, y aún me pregunto si la segunda fue y es sólo una fantasía, inventada o hallada para paliar la primera, o para combatirla. Ese primer malestar es el el que ya he mencionado, el que, por lo que uno oye, y por el tipo de bromas que se gastan a los que van a casarse, y por los muchos refranes negativistas que al respecto hay en mi lengua, debe de ser común a todos los desposados (sobre todo a los hombres) en ese inicio de algo que incomprensiblemente se ve y se vive como el fin de ese algo. Ese malestar se resume en una frase muy aterradora, e ignoro qué harán los demás para sobreponerse a ella: «¿Y ahora qué?»

Ese cambio de estado, como la enfermedad, es incalculable y lo interrumpe todo, o al menos no permite que nada siga como hasta entonces: no permite, por ejemplo, que después de ir a cenar o al cine cada uno se vaya a su propia casa y nos separemos, y yo deje con el coche o un taxi en su portal a Luisa y luego, una vez dejada, yo haga un recorrido a solas por las calles semivacías y siempre regadas, pensando en ella seguramente, y en el futuro, a solas hacia mi casa. Una vez casados, a la salida del cine los pasos se encaminan juntos hacia el mismo lugar (resonando a destiempo porque ya son cuatro los pies que caminan), pero no porque yo haya decidido acompañarla o ni siquiera porque tenga la costumbre de hacerlo y me parezca justo y educado hacerlo, sino porque ahora los pies no vacilan sobre el pavimento mojado, ni deliberan, ni cambian de idea, ni pueden arrepentirse ni elegir tampoco: ahora no hay duda de que vamos mismo sitio, querámoslo o no esta noche, o quizá fue anoche cuando yo no lo quise. Ya en el viaje de bodas, cuando este cambio de estado empezó a operarse (y no es muy exacto decir que empezó, es un cambio violento y que no deja respiro), me di cuenta de que me era muy difícil pensar en ella, y totalmente imposible pensar en el futuro, que es uno de los mayores placeres concebibles para cualquier persona, si no la diaria salvación de todos: pensar vagamente, errar con el pensamiento puesto en lo que ha de venir o puede venir, preguntarse sin demasiada concreción ni interés por lo que será de nosotros mañana mismo o dentro de cinco años, por lo que no prevemos. Ya en el viaje de bodas era como si se hubiera perdido y no hubiera futuro abstracto, que es el que importa porque el presente no puede teñirlo ni asimilarlo. Ese cambio, así pues, obliga a que nada siga como hasta entonces, y más aún si, como suele ocurrir, el cambio se ha visto precedido y anunciado por un esfuerzo común, cuya principal manifestación visible es la artificiosa preparación de una casa común, una casa que no existía para uno ni para otro, sino que debe ser inaugurada por los dos, artificiosamente. En esa misma costumbre o práctica, muy extendida por lo que yo sé, está la prueba de que en realidad, al contraerse, los dos contrayentes están exigiéndose una mutua abolición o aniquilamiento, la abolición de aquél que cada uno era y del que cada uno se enamoró o quizá vio las ventajas, ya que no siempre hay un enamoramiento previo, a veces lo hay posterior y a veces no se da ni después ni antes. No puede darse. El aniquilamiento de cada uno, de aquél que se conoció y al que se trató y se quiso, lleva aparejada la desaparición de sus respectivas casas, o en ella queda simbolizado. De tal manera que dos personas que tenían la costumbre de ser cada una por su cuenta y estar en un lugar cada una, y despertarse a solas y a menudo también acostarse a solas, se encuentran de pronto artificialmente unidas en su sueño y en su despertar, y en sus pasos por las calles semivacías en dirección única o subiendo juntos en el ascensor, no ya uno de visita y el otro como anfitrión, no ya uno para ir a recoger al otro o éste bajando para ir al encuentro de aquél, que la espera en el coche o a bordo de un taxi, sino ambos sin elección, con unas habitaciones y un ascensor y un portal que no pertenecían a ninguno y ahora son de los dos, con una almohada común por la que se verán obligados a pelear en sueños y desde la cual, al igual que el enfermo, acabarán viendo también el mundo.

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La Virgen de los Sicarios (1994), de Fernando Vallejo

Pocas veces he leído con tanto placer a un narrador que me resulta tan despreciable. El Fernando Vallejo narrador es clasista, fascista, presumido e insoportable en general (y así es habitualmente, como en la magistral El desbarrancadero), y sin embargo escribe con una delicadeza asombrosa: sus arcaísmos, sus digresiones filológicas o gramaticales, todo tiene sentido aquí, todo encaja, todo es importante.

La fugacidad de la vida humana a mí no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aquí para olvidar. El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol. Así, de partido en partido se está borrando la memoria de cierto candidato a la presidencia, liberal, muy importante, que hubo aquí y que tumbaron a bala de una tarima unos sicarios, al anochecer, bajo unas luces dramáticas y ante veinte mil copartidarios suyos en manifestación con banderas rojas. Ese día puso el país el grito en el cielo y se rasgaba las vestiduras. Y al día siguiente ¡goool! Los goles atruenan el cielo de Medellín y después tiran petardos o «papeletas» y «voladores», y uno que no sabe si es de gusto o si son las mismas balas de anoche. Se oyen tiros en la oscuridad, por aquí, por allá, y uno antes de volverse a dormir se pregunta: «¿A quién habrán sacado ya de la fiesta?». Después usted vuelve a las ondas alfa, beta, gamma del sueño, arrullado por los tiros. Dormirse con tiroteo es mejor que con aguacero. Se siente uno tan protegido en su cama… Y yo con Alexis, mi amor… Alexis duerme abrazado a mí con su trusa y nada, pero nada, nada le perturba el sueño. Desconoce la preocupación metafísica.

Mire, parcero: no somos nada. Somos una pesadilla de Dios, que es loco.

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Bonus track: Así es como la pierdes (2012), de Junot Díaz (traducido por Achy Obejas)

Aunque el autor dominicano Junot Díaz escribe en inglés, las magníficas traducciones que la escritora cubana Achy Obejas ha hecho de sus libros conservan el tono caribe de la narración. En efecto, mientras leía La maravillosa vida breve de Óscar Wao (2008) me costaba creer que se tratara de una traducción. Hubiera preferido compartir aquí un fragmento de esa novela, pero no encontré mi ejemplar. Como no quería quedarme sin incluir a Junot Díaz en esta lista, encontré este notable fragmento en Así es como la pierdes, un libro de cuentos que vale muchísimo la pena.

Si esto fuera otro tipo de historia, te hablaría del mar. Cómo se ve cuando se dispara hacia el cielo por los agujeros en los arrecifes, y cómo cuando voy manejando desde el aeropuerto y lo veo así como trizas de plata, sé con certeza que estoy de regreso. Te contaría sobre la cantidad de pobres infelices que hay aquí. Más albinos, más bizcos, más tígueres de lo que te pudieras imaginar. Y te hablaría sobre el tráfico: la historia automovilística entera de la segunda mitad del siglo veinte en un enjambre cubriendo cada pulgada de suelo llano, una cosmología de cacharros, motocicletas abolladas, camiones abollados, guaguas abolladas, y un sinnúmero de talleres para arreglarlos, en los que el mecánico es cualquier comemierda con un alicate en la mano. Te contaría sobre los ranchitos y las llaves sin agua y los morenos en las vallas de anuncios comerciales y que la casa de mi familia cuenta con una letrina como algo indispensable. Te contaría sobre mi abuelo y sus manos de campesino, de lo triste que está porque no vengo para quedarme, y sobre la calle donde nací, Calle XXI, y cómo todavía no ha decidido si quiere ser un gueto o no, y cómo se ha quedado en este estado de indecisión para siempre.

Pero todo eso sería otro tipo de historia, y ya tengo bastante dificultad con esta. Créeme. Santo Domingo es Santo Domingo. Vamos a hacernos de cuenta que todos sabemos lo que pasa allí.

 

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