Pasajero Jueves, 1 noviembre 2018

10 novelas breves perfectas para este feriado largo

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

Si tienes la suerte de que este feriado sea largo para ti (puente, adelanto de vacaciones o una conveniente gripe) es probable que hayas planeado un viaje a un destino cercano, a pocas horas en bus o en avión.

Si ese es el caso, este post es para ti. A veces pasa que queremos leer algo breve, que nos acompañe en ese tiempo de viaje, y a veces también nos gustaría que esas lecturas duren exactamente lo que dura el viaje: sabemos que luego, al volver, difícilmente las retomaremos, porque nos esperan otras lecturas u otras tareas pendientes.

La solución lógica es leer cuentos. Su duración es muy breve y uno podría leer tres o cuatro en un viaje de un par de horas. Sin embargo, esta vez he pensado proponer novelas breves, cuya lectura completa dure entre 60 y 180 minutos. He escogido solo diez, y he omitido deliberadamente algunos clásicos (como La metamorfosis de Kafka o El jugador de Dostoievski) que pondré en una lista posterior.

Asimismo, he escogido algunos títulos muy fáciles de encontrar en cualquier librería, y que tienen ediciones a precios muy cómodos (como Pedro Páramo y El coronel no tiene quien le escriba), así como otros que son un poco más caros o un poco más difíciles de encontrar (como El amante o La balada del café triste: no deja de ser curioso que sean ambos de mujeres). El cualquier caso, creo que es una lista surtida y que cualquiera de las opciones es una buena alternativa para ese viaje que estás planeando. O que no: si no tenías ningún plan para este fin de semana, pues ya tienes uno.

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Collage de Nodalcultura

Pedro Páramo, de Juan Rulfo

El escritor mexicano Juan Rulfo cuenta aquí una historia sobre la que es mejor no decir nada salvo su premisa inicial: tras la muerte de su madre, Juan Preciado decide ir a Comala en busca de Pedro Páramo, su padre, para conocerlo y enfrentarlo. Lo que ocurre allí es al principio confuso, luego terrible y finalmente desesperanzador. Toda la obsesión mexicana por la muerte (como ceremonia religiosa, como tradición festiva y como realidad atroz) parece concentrada en esta pequeña y perfecta novela, donde se cruzan hasta borrarse las líneas que separan lo real de lo irreal.

*Creo que la lectura de este libro se puede acompañar (por su temática y ambientación) con otras novelas como Cien años de soledad y Conversación en La Catedral. También es increíble el parentesco entre Pedro Páramo y Maestra Vida (1980), el disco ópera de Rubén Blades producido por Willie Colón.

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Los cachorros, de Mario Vargas Llosa

Vargas Llosa publicó Los cachorros en 1967, entre dos novelas monumentales: La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969). Es su única novela breve, en el sentido de que suele ser tomada por un cuento largo (algo que no ocurre, por ejemplo, con ¿Quién mató a Palomino Molero?).

En esta novela, Vargas Llosa cuenta la historia del alumno Cuéllar, ese alumno nuevo que, aunque inteligente, nunca fue chancón. Respetado por sus compañeros, querido por sus padres, a pesar de ser nuevo en el Colegio Champagnat, Cuéllar se convierte pronto en la promesa de su. Sin embargo, un accidente y una mutilación trastornan su vida. Allí, a partir de allí, empieza la historia.

Como en todas sus primeras novelas, Vargas Llosa está obsesionado por la forma de contar sus historias, y aquí busca que esta no sea contada por un narrador individual y tampoco por personajes distintos: convierte a los compañeros de Cuéllar, a ese grupo, en un solo narrador, un nosotros* que habla en coro pero a destiempo, con voces que van al pasado y vuelven de él: son niños que viven la historia pero también, y a la vez, adultos que la recuerdan.

*Ese mismo recurso aparece muy bien utilizado en otra recomendable novela, Las vírgenes suicidas de Jeffrey Eugenides.

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El diablo en la botella, de Robert Louis Stevenson

Cuando se citan las novelas breves (o cuentos largos) de Stevenson, es inevitable hablar de la magnífica Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Sin embargo, yo quería incluir aquí este otro bello relato del escritor escocés, que toma una vieja premisa y la convierte en una historia truculenta y mágica: todos hemos pensado en el objeto o el genio que cumpla nuestros deseos. ¿Si ese objeto existiera, si nos perteneciera? ¿Qué pediríamos, qué daríamos a cambio? Luego de las infinitas historias que el cine y la literatura han construido en torno a esas preguntas, las respuestas parecen obvias, pero no lo son. Quizá convenga leer esta pequeña novela para recordar que la posibilidad de cumplir todos nuestros deseos será siempre una maldición.

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El amante, de Marguerite Duras

Creo que pocos libros son tan perturbadores como este. A los setenta años, Marguerite Duras (novelista y directora de cine francesa) decide contar una historia real: su desbocada aventura amorosa y sexual, cuando tenía apenas 15 años, con un hombre chino doce años mayor que ella. Los detalles no son menores: las edades, las nacionalidades, los colores de piel, las diferencias sociales, todos son elementos que agregan perversidad y, a veces, ternura, en esta historia que es además la dolorosa historia de la relación de la autora con su madre y sus hermanos. La crudeza de los episodios está adecuadamente matizada por el carácter fragmentario de la narración.

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El adversario, de Emmanuel Carrère

Pensaba escribir una breve sinopsis de este libro, pero creo que será mucho más efectivo copiar el párrafo con que inicia:

La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras Jean- Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica en la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida. Pasé solo en mi estudio la tarde del sábado y el domingo, normalmente dedicados a la vida en común, porque estaba terminando un libro en el que trabajaba desde hacía un año: la biografía del novelista de ciencia ficción Philip K. Dick. El último capítulo contaba los días que había pasado en coma antes de morir.

Y solo cabría agregar un detalle: la historia que cuenta El adversario es real, y es uno de los puntos más altos que ha alcanzado la narrativa de no ficción.

*Por si acaso, hace poco Anagrama ha publicado, en un solo volumen, tres novelas de no ficción de Carrère (El adversario, Una novela rusa y De vidas ajenas). Si pasan por la Feria del Libro Ricardo Palma, que va hasta el 11 de noviembre en el Parque Kennedy, puede que lo encuentren en descuento.

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La balada del café triste, de Carson McCullers

Este relato es tal cual una balada: parece incluso, por momentos, que alguien está contando la historia acompañado de una guitarra, al atardecer, sentado en el porche de una vieja casa del Sur de Estados Unidos. McCullers licúa la experiencia personal de un triángulo amoroso con el recuerdo de una extraña pareja (una mujer muy grande y un hombre muy pequeño) a la que una vez vio entrar a un café, y coloca a esos personajes en un pequeño pueblo sureño: el narrador, que uno imagina tocando su guitarra mientras habla, juzga a los personajes, interviene, reflexiona sobre la vida y da visos de haber vivido muchos años, los suficientes como para entender a los seres humanos (aunque su autora tenía solo 26 años cuando se publicó la novela). ¿Qué pasó en ese pueblo que, al empezar la historia, parece abandonado? ¿Cómo se arruinó?

*El aliento del cielo incluye todos los cuentos y las tres novelas cortas de Carsson McCullers

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Seda, de Alessandro Baricco

Contada con una preciosa delicadeza oriental, Seda es la historia de un comerciante francés de mediados del siglo XIX que viaja al Japón para comprar y vender gusanos de seda. Como dice Vargas Llosa, “Es una historia misteriosa, lacónica, perfecta”. Su autor, que tampoco se preocupa por desnudar la trama, la presentó así:

Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe. Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores, que no tienen un nombre exacto que los designe. Esto es algo muy antiguo. Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. No hay mucho más que añadir. Quizá lo mejor sea aclarar que se trata de una historia decimonónica: lo justo para que nadie se espere aviones, lavadoras o psicoanalistas. No los hay. Quizá en otra ocasión.

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Imagen tomada de Globedia

Estupor y temblores, de Amèlie Nothomb

Es preciso que este libro aparezca justo después de Seda. Mientras Baricco imita el tono y la sensibilidad japonesas en una especie de dulce historia de amor, la joven belga Amèlie Nothomb se burla de sí misma en esta novela sobre su experiencia como empleada del Japón empresarial. Aunque en apariencia moderno, por los edificios, los millones que se mueven y el avance tecnológico, Nothomb se choca contra un sistema de palabras, gestos y rituales que no comprende y que nadie le explica, un conjunto de reglas no escritas que convierten su experiencia en una larga tortura ante la imposibilidad de comunicarse, y de la que solo se salvará gracias a su sentido del humor.

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Efecto invernadero, de Mario Bellatin

En esta novela, Mario Bellatin se inspira en la vida, la agonía y la muerte del poeta surrealista peruano César Moro (1903-1956) para contar el fin de la vida de Antonio: su enfermedad, su locura y su soledad, el cariño de su madre y de los pocos amigos, y el lento camino hacia ese fin.

Si no han leído a César Moro, pueden escuchar a Norma Martínez leyendo El mundo ilustrado:

Y también pueden leer este poema:

ANTONIO es Dios
ANTONIO es el Sol
ANTONIO puede destruir el mundo en un instante
ANTONIO hace caer la lluvia
ANTONIO puede hacer oscuro el día o luminosa la noche
ANTONIO es el origen de la Vía Láctea
ANTONIO tiene pies de constelaciones
ANTONIO tiene aliento de estrella fugaz y de noche oscura
ANTONIO es el nombre genérico de los cuerpos celestes
ANTONIO es una planta carnívora con ojos de diamante
ANTONIO puede crear continentes si escupe sobre el mar
ANTONIO hace dormir el mundo cuando cierra los ojos
ANTONIO es una montaña transparente
ANTONIO es la caída de las hojas y el nacimiento del día
ANTONIO es el nombre escrito con letras de fuego sobre todos los planetas
ANTONIO es el Diluvio
ANTONIO es la época Megalítica del Mundo
ANTONIO es el fuego interno de la Tierra
ANTONIO es el corazón del mineral desconocido
ANTONIO fecunda las estrellas
ANTONIO es el Faraón el Emperador el Inca
ANTONIO nace de la Noche
ANTONIO es venerado por los astros
ANTONIO es más bello que los colosos de Memmón en Tebas
ANTONIO es siete veces más grande que el Coloso de Rodas
ANTONIO ocupa toda la historia del mundo
ANTONIO sobrepasa en majestad el espectáculo grandioso del mar enfurecido
ANTONIO es toda la Dinastía de los Ptolomeos
México crece alrededor de ANTONIO

*Recomiendo la lectura complementaria de este texto de Miluska Benavides sobre la novela. También, este perfil de Marco Avilés sobre César Moro.

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El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez

La historia es terrible por su tristeza: un viejo coronel en retiro espera, hace muchísimo, una carta: en ella se reconocen sus méritos militares y se le asigna una pensión que lo sacará de la miseria en la que vive junto a su esposa. Pero la carta no llega y, mientras tanto, se agotan las posibilidades, se hacen ambos más viejos y más pobres, y no se deciden a jugar su última carta: un gallo de pelea que les dejó su hijo muerto.

Este fue el primer libro de García Márquez que leyó Vargas Llosa, en francés, y quedó impresionado por su sensibilidad y su perfección. Le dedica un capítulo muy interesante en Historia de un deicidio (1971), su ensayo sobre la obra de García Márquez.

 

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.