Pasajero Martes, 27 junio 2017

Los niños que vivieron (para contarlo): testimonios sobre Harry Potter

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

Ayer se cumplieron 20 años desde que, en junio de 1997, salió a la venta Harry Potter y la piedra filosofal, la novela que abrió la saga fantástica más importante de nuestra generación. Aunque tenía en mente publicar algunas cosas en torno a esa fecha, el tiempo me ganó, así que me había resignado a dejarlo pasar. Sin embargo, a partir de los testimonios que algunos amigos publicaron, contando su experiencia con Harry Potter, entendí que no podíamos omitir esta conmemoración: desde que apareció, y sin exageraciones, Harry Potter ha determinado la vida de millones de personas.

No conozco ninguna otra ficción que haya tocado a tanta gente a nivel personal. He escuchado anécdotas maravillosas sobre cómo se esperaban las publicaciones: las versiones en español que algunas buenas almas de internet ofrecían luego de tres días traduciendo sin descanso, las ediciones piratas que se comían capítulos o, en el colmo de la frescura, ofrecían fan fictions como si fueran los libros canónicos. Y he escuchado también cómo estos libros hermanaron a promociones enteras de escolares bajo el signo de una misma ficción: de pronto, lo que ocurría en Hogwarts era EL tema de conversación en los recreos, y aquel que leía más rápido tenía la peligrosa ventaja de conocer la historia.

Como decía, en (casi) todos los casos, cuando he conversado con alguien sobre la saga de J.K. Rowling, la experiencia de la lectura se confunde con la historia individual de los lectores: la época en que se dieron con los libros, la forma en que estos se convirtieron en aventura o formación o consuelo. Que todavía ahora muchos de nosotros recurramos a escenas, pasajes, frases y hechizos para explicar algo que nos ocurre en la vida real, o para darnos ánimos u orientarnos, explica qué tanto ha hecho con nosotros esta historia que una joven mujer inglesa, al borde de la desesperación, empezó a escribir en un apretado departamento en Leith, Edimburgo, hace más de dos décadas.

Por eso, les he pedido a algunos amigos y amigas que nos compartan sus testimonios sobre Harry Potter: es probable que, en más de uno de ellos, te encuentres a ti mismo, niño o niña que vivió: que haya pasado en tu mente, ya sabes, no significa que no fuera real.

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Los funko de Harry Potter que Mayra y yo tenemos en casa

Alexandra Hernández Muro

A los 11 años llegó a mis manos La Cámara Secreta. Era 1999 y mi viejo llegó un día con los tres primeros libros. Por alguna razón decidí comenzar con el segundo libro (es que a veces me gusta dar la contra) y me enamoré del chico de lentes y pelo rebelde que guardaba el mayor de sus poderes en la amistad que tenía con Ron y Hermione. Me enamoré de Hogwarts al mismo tiempo que Harry se enamoraba de ser mago. Yo quería ser él, muchas noches soñaba que volaba en su escoba y que me ponía la capa de invisibilidad para salir en la noche a buscar a Hagrid o hablar con Sirius. En ese momento de mi vida, entre separaciones de mis padres y problemas de autoestima, fue el escape terapéutico que necesitaba. Desde el año 99, he leído toda la saga unas 8 o 9 veces. Mamá J. ha sabido tocar mi corazón, especialmente a través de Dumbledore, Lupin y Hermione (tres Gryffindor que parecen Ravenclaw) y me ha puesto en contacto con mi tristeza más veces de las que quiero recordar (Dobby es un elfo libre). La última vez que leí la saga fue hace tres años. Me rompieron el corazón y Hogwarts estuvo ahí para ofrecerme un hogar. Harry Potter siempre será mi tema recurrente de conversación, mi forma de categorizar a la gente y mi criterio para hacer amigos. Me voy a Londres en unos meses para pasear por King’s Cross y acordarme que nuestras elecciones demuestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades (Dumbledore siempre tiene razón). Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.

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El librero de Alexandra Hernández dedicado a Harry Potter

Bárbara Dávila Raffo

Creo que tenía 9 años cuando el libro me encontró, así que, básicamente, lo leí al ritmo en que las ediciones llegaban al Perú. En esa época vivía en Cusco, aislada de la civilización, en un ambiente completamente nuevo para mí. Creo que por eso mi filin con Harry es enorme: no tenía amigos, no había televisión y lo que me enseñaban en el colegio de la zona era algo que ya había visto antes. Recuerdo que mi tía trajo La piedra filosofal, que a mi papá nunca le gustó – no pasó del primer capítulo, que por cierto parece ser una prueba para seres no mágicos- pero que para mí abrió otro mundo. Creo que lo debo haber leído unas 7 veces. Irónicamente, años después, en secundaria, lo colocaron en el plan lector y, obviamente confiada, no pude responder cuántas escaleras tenía Hogwarts. No recuerdo cuanto tiempo después llegó la Cámara Secreta, pero nunca olvidaré que estaba en unas calles de San Blas con mi papá y que él, aun sin entender mi amor a esa historia, me lo compró apenas lo señalé. Era una versión pirata, que aún ahora, deshojada, sigue rodando en mi casa.

Mi tía me llevó el Prisionero de Azkaban, casi al mismo tiempo en que mis padres lo compraron. O entre ellos se preguntaron quién lo traería, no lo tengo muy claro. Solo sé que en mi casa había dos ejemplares y que encabeza mi top 3 de la saga. No sé si fue la aparición de Sirius, las revelaciones sobre el pasado de Harry o el puñetazo de Hermione a Draco, pero la historia ya estaba en mí y no habría nada que me impidiera llegar hasta el final. Pedí El cáliz de fuego para mi cumpleaños. Me recuerdo buscando el libro con mi mamá, entre los vendedores piratas y que estos comentaban que aún no salía, o no llegaba a Cusco. No tenía mayor contacto con la realidad, en esa época una hora de internet costaba 5 soles y la velocidad era lamentable, así que solo me quedó esperar. Llegué a esa inevitable encrucijada que cualquier fan de sagas ha tenido que pasar: esperar.

Ya para esa época había regresado a Chiclayo y me reconecté nuevamente con la civilización. Aun así, leer novelas no era algo de lo que la gente alardee en secundaria, pero cuando empezó la cuenta regresiva para que se publique La orden del fénix, no pude evitar que mis amigas lo notaran. Cuando murió Sirius no pude evitar mi consternación y creo que le revelé el final a toda mi familia. Con ese libro inauguré mi temporada de leer sin descansar. Cualquier libro que captara mi atención, tenía que terminarlo lo más pronto posible. Nunca he sido una persona que ha evitado los finales, así que leía sin parar. No pasaba ni sueño ni hambre, era solo la necesidad de saber qué más le iba a pasar al personaje en cuestión. Mi madre me obligaba a dormir, por las buenas y por las malas. Ya cuando tuve el sexto libro, me lo quitó dos días, porque me amanecí aun cuando sabía que tenía que ir al colegio.

El séptimo salió cuando estaba postulando a la universidad y, sin presupuesto para libros, me abandoné una semana a la lectura en mi computadora. Esa era mi manera de vivir la vida intensamente en el 2008: mandar a un rincón mis estudios mientras acompañaba a Harry a destruir Horcruxes, mientras me sentía terrible por nunca haber creído en Snape.

Estoy alargando demasiado este recuento. Me es difícil medir el impacto que J.K Rowling ha tenido en mi vida de lectora. Me ha hecho más imaginativa, quizás; pero por sobre todo, me ayudó a tomar distancia de la realidad cuando fue necesario. Creo que los libros de fantasía son infravalorados por costumbre, como si no fueran dignos de estudiar o solo sirvieran para entretener. Para mí fueron una manera de encontrarme. Los personajes se hicieron los amigos que no tenía, los maestros que me hacían falta. Al final, más allá de la magia, lo que Rowling me enseñó es cómo nuestra capacidad de decisión marca un antes y un después en nuestra vida. Si Voldemort no hubiera escogido a Harry, si Harry no hubiera sentido pena por Pettigrew, si Snape no hubiera tenido rencor hacia Sirius, si Sirius no le hubiera maltratado tanto a Kreacher… ¡Si Harry no hubiera aceptado morir! Las suposiciones pueden ser infinitas, pero cada uno actuó de acuerdo a sus convicciones. Así que, puede que la fantasía sea algo que solo pasa en nuestra mente, pero eso no significa que no sea real.

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La snitch en acuarela, pintada por Yolanda Araujo

José Luis Castel

En un pueblo pequeño de Chiclayo, un comerciante se enamoró de la historia de un joven mago. Ese comerciante era un tío mío y él jamás había terminado un libro, salvo este. La primera copia que tuve de esa saga era una falsificación de Harry Potter y la Piedra Filosofal, sin embargo, todas las siguientes copias que llegaron fueron originales, gracias al amor que mi tío fue cultivando por la historia del “mago que sobrevivió”.

Ese fue un verano increíble, solo había cuatro volúmenes de esa saga, pero me encargué de leer cada uno por los menos dos veces en el sofá de la sala de mi abuela. Mis primos me veían con cierta curiosidad pues no me movía de mi pequeño altar dedicado al joven mago.

Finalmente, como una muestra de complicidad en ese mundo mágico, mi tío me dio su ejemplar de Harry Potter y el Prisionero de Azkaban, y me dejó ir con un abrazo que se sintió más como una muestra de afecto entre dos magos que de miembros de una misma familia. A veces, entre tanta adultez y tanta realidad, me pregunto “¿Qué haría un mago ahora?” y con una sonrisa encuentro esa certeza que buscaba, sabiendo que muchos amigos míos se sienten en el mismo mundo que yo.

Noelia Pauta

El año en el que cumplí 11 años fue muy difícil para mí. Mi papá había fallecido en EE.UU. y me era complicado lidiar con mi entorno, hasta que un amigo de mi madre me regaló el primer libro de Harry Potter. Ese mundo tan increíble y fantástico me atrapó por completo, me hizo entender el mundo de una forma tan mágica, que aún ahora, después de 17 años, es parte mí.

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Mayra Pérez Márquez va con Hermione Granger a la Marcha Ni Una Menos

Yolanda Araujo

Empecé a leer Harry Potter el 30 de diciembre del año pasado. Hace tiempo, nos preguntábamos con Martín, mi esposo, qué tanto tendría ese libro, o esos libros, de los que varios amigos cercanos, y muchos alumnos, hablaban con tanto cariño.

Comencé sin mucha fe, en realidad; llena de todos los prejuicios de leer un libro considerado para adolescentes. Debo reconocer que, al inicio, Harry Potter y la piedra filosofal no me enganchaba. Tenía en mi mente las escenas de la única película de la saga que había visto completa y sentía que la estaba volviendo a ver (lo que creo que habla bien de la adaptación), pero, de pronto, no sé exactamente en qué momento, no pude despegarme de él. Leía Harry Potter, hablaba de Harry Potter, soñaba con el mundo de Harry Potter, y todo ello me emocionaba profundamente.

Pasaron los libros y, después de El prisionero de Azkaban, me sentí una junkie. Con Martín tomamos la decisión de comprar los tres primeros libros para que uno lo leyera y se lo pasara al otro, y así seguir avanzando con el siguiente sin dejar de leer durante mucho tiempo. El máximo momento de mi adicción lo viví en Chiclayo, donde, en nuestro viaje de vacaciones de verano, terminé la Orden del Fénix y TUVE que ir al Crisol de esa ciudad para comprar el Príncipe mestizo. En el entremés, me lo descargué en Epub para avanzarlo, con lo cual nació la sana costumbre de leerlo en el teléfono y seguirlo en el papel en la casa.

Como me había metido de cabeza en ese mundo, al llegar al último libro, la despedida fue aún más difícil: conocía a los personajes, realmente sabía cómo eran, qué los motivaba, por qué pensaban así, y dejarlos partir me dolió mucho. Por eso, felizmente, no los dejé ir por completo y seguí construyendo de la mano de J. K. Rowling el mundo maravilloso que los rodeaba. Así llegaron a mi vida Los cuentos de Beedle el bardo, Animales Fantásticos y dónde encontrarlos y Quidditch a través de los tiempos; y me enteré de que no solo la Rowling ha sido una maestra para retratar el comportamiento de unos chiquillos, algunos más inteligentes que otros, en un mundo mágico tan real como el muggle nuestro, sino que, además, ha decidido que con Comic Relief puede contribuir tanto con sus palabras como con parte de su fortuna a ayudar a quien lo necesite.

Ahora, siento que conocer a Hermione, Snape, Ron, Harry y a todos esos personajes hermosos es una de las experiencias literarias más bonitas que me han pasado.

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Los libros con los colores de cada casa. Foto de Yolanda Araujo

Carlos Paguada

Yo no tengo una experiencia particular con las novelas, pero a lo mejor sí con la historia misma de HP, sobre todo de las pelis. Me ha pasado y me sigue pasando, por ejemplo, que cuando estoy a puertas de una importante evaluación en inglés que me exija descansar toda la noche para poder rendirla en óptimas condiciones, hago todo lo contrario, y siempre lo mismo: me desvelo viendo las dos partes de la última película de la saga y recito, palabra por palabra, la frase que se le encomendó al loco lindo de Bill Nighy, del inicio al final:

These are dark times, there is no denying. Our world has perhaps faced no greater threat than it does today. But I say this to our citizenry: WE EVER YOUR SERVANTS will continue to defend your liberty and repel the forces that seek to take it from you! Your Ministry remains… STRONG.

Me ha pasado así cuando tuve que dar mi entrevista en la embajada de los Estados Unidos, antes de una entrevista de trabajo en Colorado, antes de mi examen del FCE, CAE y CPE. Si algo creo es que esas pelis me hacían sentir como lo que nunca he sido: un valiente.

Gabriela Zavaleta Vera

Yo no diría que los libros de Harry Potter me cambiaron la vida. A mí esos libros me criaron, me formaron, me hicieron crecer. Leí los primeros tres libros a los diez años (sí, así de un tirón, uno después del otro porque no podía parar) y los demás apenas pudiera conseguirlos en inglés. Recuerdo haber hecho una cola de cuatro horas en Ibero de Larcomar el día del lanzamiento mundial del último libro, cuando tenía 18 años, para tenerlo en mis manos. Creo que una persona no llega a estos límites del fanatismo si no es por una motivación que nace desde el cariño, porque aparte de la saga de Millennium, yo no recuerdo otra familia de libros que realmente pueda considerar en mi vida como justamente eso, una familia, parte de la mía, parte de ti. No sé si la magia existe. No me consta, no tengo pruebas de ella, no la conozco, pero creo que si hay algo en este mundo a lo que pueda llamarse magia es a la capacidad de crear universos, historias y transformar la vida de las personas a través de las palabras, y en eso JK Rowling, al regalarnos el mundo de Harry Potter, es verdaderamente mi reina de la magia. Gracias por tomar palabras y convertirlas en inspiración.

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Algunos objetos sobre Harry Potter de Gabriela Zavaleta

Rodrigo Delgado

Leí los libros desde mi adolescencia hasta los 21 años, cuando salió las Reliquias de la Muerte. Siempre me ha gustado leer, pero Harry Potter selló mi amor por la literatura fantástica por los deliciosos detalles del mundo mágico. Sin embargo, como orgulloso hombre gay y viéndolo a la distancia, creo que lo que más me enganchó fue que abordara problemas muy actuales, como la discriminación (todo el rollo mortífagos-sangres sucia/muggles), pero con un mensaje de lucha y esperanza, y eso era lo que necesitaba mi yo de 12 años, que ya se sentía diferente desde ese entonces.

Ya en mi adultez, siendo un servidor público y activista, Hermione me inspira: soy súper analítico y racional en mi trabajo, pero también tengo el valor de luchar por las causas justas (dentro y fuera del trabajo).

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Torta temática para el cumpleaños de Harry Potter

Angel Flores-Montúfar Vilchez

Conocí a Harry Potter, como muchos, a través de las películas. La primera vez, vi La piedra filosofal solo en el cine; la segunda vez ya fue con mi familia: me encantó las dos veces. De ahí fuimos a verlas todas, todos juntos, cada vez que salían. Pero a ellos les costaba mantener la relación entre una y otra. Para el estreno de la sexta entrega, recuerdo que a mi novia le hice ver en maratón las cinco anteriores. Se unió a la familia para ver las siguientes.

Cuento lo de las películas porque es por ellas que llegué a los libros: no quise leerlos. No hasta terminar de ver todo, no quería decepcionarme. Acabó con la 7 parte 2, el día de mi cumpleaños. Esa Navidad, Bruni, mi novia, me regaló los dos primeros libros. Mi mundo cambió. No me decepcioné, mi mente veía escenas que por presupuesto no habían transmitido, pero todo encajaba, complementaba lo que ya había visto. «Debe ser magia», pensé.

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La marca de los mortífagos dibujada por Angel Flores-Montúfar en el cumpleaños de Lord Voldemort

Diana Hernández

La primera vez que leí un libro de HP (Harry Potter y la piedra filosofal, of course), creo que fue en el 2001. Los libros pertenecían a mi prima Zoila o a mi primo Armando, no recuerdo bien, pero sí recuerdo que a medida que avanzaba (y realmente se avanza muy rápido, es bastante digerible, al menos los primeros libros) tenía una sensación rara, creía que era un libro para niños o adolescentes y me avergonzaba sentirme tan obsesionada por saber qué pasaría con Harry, por qué Snape era tan detestable, el cariño y admiración que sentía hacia Dumbledore y por lo orgullosa que estaba de que Hermione sea mejor en todo que todos.

A medida que pasó el tiempo, los libros se engrosaron y aun así era doloroso terminarlos. Lloraba con Harry como si Sirius fuera mi padrino, sufría con Snape a medida que lo iba conociendo más, Lupin, Ojo Loco Moody, en fin… y hacia al final, ya saben, sentí cierto rencor por Albus.

En esa época no me sentía una feminista; sin embargo, Hermione ha sido siempre lo que yo hubiera querido ser si me llegaba mi carta de Hogwarts (que por cierto un día llegó, gracias a que Luis, el partner que yo necesitaba en la vida), hasta en eso la J.K. la hizo linda.

Me importa un huevo pardo si hay gente que aún cree que HP es literatura adolescente, siento pena por ellos, ya que no podrán vivir y sentir todo lo que muchos de nosotros, que no nos conocemos (o que ahora que nos conocemos, compartimos una afición más) hemos vivido. Harry Potter hizo que esa sensibilidad que casi no tengo, aflorara brutalmente: siempre que creo que ya no puedo sentir más, vuelvo a los libros. Es la saga que te recomiendo si tienes hijos, los hará mejores personas… y si no los tienes, dale un vistazo a Hogwarts, súbete a ese vagón.

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Las varitas de Minerva McGonagall y de Albus Dumbledore que tenemos en casa

Saki Meyzen

Yo conocí la saga de Harry Potter (y caí en un vicio) a los ocho años, cuando se estrenó la primera película. Podría decir incluso que crecí con la saga, empecé a leer los libros y esperar con ansias el siguiente libro o la siguiente película, mientras leía una y otra vez los que ya tenía. Quedé fascinada con la saga en su totalidad y quería parecerme a Hermione Granger. Leía los rumores sobre los libros en internet y entraba siempre a la página principal a ver a qué casa me mandaba el sombrero seleccionador. (Muchísimo antes de que exista Pottermore, por los años 2002 o 2003). Soy tan fanática ahora de vieja, que incluso en mi casa mi madre sabe los nombres de los personajes. J.K Rowling es una genio, sin duda.

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Luna Lovegood dibujada por Saki Meyzen

Jazmín Moscoso

Yo tengo una experiencia propia con esa saga. A los 13 años, en el verano del 2002, ya se había estrenado HP1 en el cine. Mi tío compró el VHS (todavía se utilizaba aunque el DVD apareció por allí) y me gustó tanto que lo veía a cada rato. Siempre me gustaron las historias de brujas porque de pequeña yo quería ser una bruja que hiciera hechizos.

Le conté a una amiga del barrio la película y ella me dijo algo que marcó mi vida: «esa película es del primer libro. Hay como 4». Recuerdo que le pedí que me prestara sus libros. A los días, ella vino a mi casa con el libro 3 y me dijo que solo tenía ese porque los demás se los había prestado a su prima. Ese fin de semana empecé a leer. Recuerdo bien que me senté a las 4 de la tarde un sábado, a la mesa de la sala, con el capítulo 4, y no paré hasta las 7. Durante esas tres horas, me metí en el libro como Harry entró al diario de Ryddle (connotativamente hablando). No prestaba atención a nadie que pasara por ahí. Éramos Harry, Ron, Hermione y yo. Leí (mejor dicho, viví) el capítulo del campeonato de Quidditch como si yo estuviera en las gradas del estadio; escuchando a Lee Jordan, el amigo de los gemelos Weasley, cómo comentaba el partido; reclamando penales imaginarios cuando Gryffindor jugó contra Slytherin por la Copa y celebrando en medio del estadio cuando por fin ganaron la Copa. Me metí completamente y todas las escenas transcurrieron delante de mí. Lo acabé al día siguiente porque llegó la hora de dormir.

Ningún libro provocó tal efecto en mí, por eso es que le insistí a papá que me comprara los demás. Mi padre cumplió mi deseo: un día me trajo los libros 2, 3 y 4 (en papel bulky porque los compró en Amazonas). No me importó. Los leí y releí y me volví a meter en la historia. Me quedé con la ansiedad, al llegar al final del cuarto libro, por el regreso de Voldermort. Y tuve que esperar a que saliera el 5 (2 años después). Desde allí empecé a investigar, empecé a soñar, a imaginarme como una estudiante de Hogwarts. Todos mis dibujos e historietas que hacía de adolescente eran paisajes de la historia, en la que yo también era protagonista. Ya no eran 3, eran 4 conmigo incluida (luego incluí amigos y empecé a darles una historia propia y convincente, de acuerdo a la lógica de los libros). Así nació un fan fiction que nunca acabé pero que respetaba la palabra y comentarios de los libros como si fuera ley. Seguí a HP hasta el día de hoy, casi 16 años después. Fue la única saga que marcó mi vida y cuya historia vuelvo a leer (y soñar) cada vez que hay tiempo.

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El pack tripe, en inglés, de Yolanda Araujo y Martín Canales

José Enrique Saavedra

La primera vez que tuve un libro de la saga fue Harry Potter and the Philosopher’s Stone. Escribo el título en inglés porque una tía (que vive en Canadá) me lo regaló en ese idioma. Era muy difícil leer en inglés: hice mis intentos, pero terminé por guardar el libro.

En tercero de secundaria, mi profesora de literatura nos dejó de tarea leer Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Para ese entonces, ya había empezado mi amor por la literatura; la literatura importante, digamos: mi soberbia de joven me hacía ver el libro con desidia, junto con los de Cuauhtémoc Sánchez y Paulo Coelho. Así que no lo leí, hasta que en las semanas previas al control empecé a ver a mis compañeros con ese libro grueso por todos lados: en los pasillos, en el bus de regreso a casa, incluso en la biblioteca. Es una imagen fuerte: para algunos estudiantes era difícil permitirse incluso la versión pirata, así que se la pasaban en la biblioteca leyendo.

Aquel libro había causado una verdadera revolución en mi colegio: esa fue la principal razón por la que empecé a leerlo. El mundo mágico al que nos sumergía era tan diferente al que nos rodeaba que entendí al instante por qué había pegado tanto en mis compañeros. Los años siguientes seguimos con el boom de los libros hasta graduarnos. Y así, J.K. Rowling convirtió a mi colegio, una escuela estatal de Villa el Salvador, en un espacio de niños lectores: eso es, finalmente, la magia.

 

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.