literatura , Pasajero Martes, 24 enero 2017

Elogio de las colecciones populares de libros

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

Hasta los trece años, yo había leído solo dos libros completos: Mi planta de naranja-lima y Edipo rey. También, dos o tres cuentos encargados en el colegio (Los gallinazos sin plumas y El Caballero Carmelo, por ejemplo), y una que otra novela que empecé y no terminé (recuerdo especialmente Un mundo para Julius, porque incluso años después, cuando la leí y la disfruté, seguí sin entender por qué me la habían mandado a leer tan pronto). Y ya está: eso era todo. Ninguna de esas lecturas me había cambiado la vida. No había leído nada por iniciativa propia, no pedía que me regalaran libros, no esperaba quedarme solo para leer; no imaginaba, mientras hacía otras cosas, cómo avanzaría la historia que había dejado a medias. Toda esa parte de mí no existía. Hasta los trece años.

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Daredevil y los libros de Umberto Eco

El librero familiar

Es cierto que en mi casa, como en casi todas las casas de la clase baja (pero-no-tan-baja), había un librero. Un diverso, incompleto y modesto librero que, sin embargo, nunca llamó demasiado mi atención. Por un lado estaban los libros de papá, cuyos trabajos siempre han estado ligados a la Iglesia: manuales y tratados de liturgia, ceremoniales y misales. Algunos de estos eran libros muy antiguos y estaban escritos en latín (eran anteriores al Concilio Vaticano II).

Por otro lado, estaban los libros de consulta, viejos tomos que mis papás usaron durante su época escolar y que mis hermanos y yo revisamos muchas veces para nuestras propias tareas antes de la aparición de (las cabinas de) Internet. Y finalmente, los libros mezclados: recetarios de cocina, algún clásico deshojado, libros regalados, o bien prestados (y nunca devueltos).

El comercial, El Comercio y mamá

En algún momento de ese 2002, vi en la tele un comercial. No recuerdo de qué iba, pero sí que llamó mi atención. El diario El Comercio anunciaba que sacaría una colección de libros: saldrían todos los martes (¿o los miércoles?) y costarían diez soles. La primera entrega venía con una oferta: los dos primeros libros saldrían juntos por el precio de uno.

Yo tenía diez soles (quiero creer que conseguidos de manera legítima) y decidí invertirlos en eso. El día señalado, fui al quiosco y recibí un paquete plastificado con mis dos primeros libros: la Obra poética de César Vallejo y Cien años de soledad. En el paquete plastificado venía también un sobre de cartón donde se guardarían las fichas que incluían información didáctica sobre cada publicación.

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Serena y Rei. Atrás, los manuales de Descubrir la Filosofía, algunos de los cuales, como se ve, todavía no he abierto.

La primera lectura

No nos adelantemos. Ya he dicho que no fui un lector precoz, así que no voy a engañarlos: estaba encantado con esos dos libros en tanto objetos: los revisaba, los olía, les hice un espacio en mi cuarto, pero no puedo decir que disfrutara su lectura. Las veces que intenté abordarlos, ni siquiera los entendí, de modo que no pude engancharme con ellos.

Quizá si el siguiente libro me hubiera parecido igualmente complejo, lo habría abandonado todo. Pero entonces llegó una antología de 29 cuentos de Ribeyro: libro tres, sobrecubierta naranja, un hombre que quiere gritar en la portada, una cruz hecha de palabras que se lo impide.

La llegada de ese libro coincidió con un viaje del grupo scout al que pertenecía. Eran las vacaciones de medio año y, como yo había dejado de ir al grupo (ay, la adolescencia caprichosa), técnicamente estaba impedido de ir al viaje. Pero la jefa nos quería mucho a mis hermanos y a mí, y estaba dispuesta a pasar por alto ese detalle. Además, era mi primera oportunidad para salir de Lima, ya que el campamento se instalaría en Paracas.

Sin embargo, decidí quedarme. Hacía un par de meses que mamá había dado a luz a Mafer, la última de los cuatro hermanos (yo soy el mayor), la única niña. Me quedé en casa con papá y con ellas. Papá salía a trabajar temprano, volvía con la comida para el almuerzo (los cinco días del campamento, almorzamos y cenamos comida de la calle), salía de nuevo a trabajar y volvía en la noche. En sus ausencias, yo solo recuerdo haber hecho dos cosas: dormir y leer. Leía hasta la madrugada y luego dormía hasta tarde, ayudaba en lo que hubiera que hacer en la casa y luego leía de nuevo. Aunque, como decía, ya había leído algunas cosas, creo que ese libro de Ribeyro fue mi primera lectura, mi primera experiencia como lector.

Alguna clave de mi carácter tomó forma en esos días. Era adolescente, había decidido no ir al campamento (adoro los campamentos), mamá me dio libertad para hacer las cosas de la casa cuando mejor me pareciera, podía leer hasta tarde porque mis hermanos no estaban para exigirme que apagara la luz, y no estaban para jugar conmigo, o pelear conmigo, o distraerme. Descubrí algo que me pareció hecho solo para mí, que me diferenciaba de mis hermanos como ningún deporte, como ninguna afición o talento habían hecho antes, algo que además justificaba mi necesidad de estar solo por entonces, y me ayudaba, de paso, a encontrar palabras, a multiplicar mi vida y a irme a otro lugar.

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Un ejemplar de cada una de las colecciones que hay en casa.

El nuevo librero familiar

Claro que luego se me acabaron los diez soles y tuve que pedirle a papá que me comprara los siguientes libros. Y así lo hizo. Luego mamá se tomó el asunto en serio y compró la siguiente colección, de los Premios Nobel (La destrucción o el amor, Opiniones de un payaso). Luego la de los continentes (Nuestro hombre en La Habana, Misteriosa Buenos Aires, Luz de agosto), y luego las de las biografías (Mozart, Chaplin, Jesús). Cada libro de estas colecciones costaba diez soles. DIEZ SOLES. Incluso hubo una de clásicos de la literatura que sacó el Trome y que costaba CINCO SOLES: ediciones modestas pero bien cuidadas del Quijote, Anna Karenina o Los miserables.

Cualquiera de esos libros, cualquiera, incluso los que no he leído todavía, me sirvió más que todos los libros de texto que nos obligaban a comprar en el colegio, que costaban cinco o hasta diez veces más, que había que “trabajar” escribiendo en ellos con lapiceros, que luego se amontonaban y cada fin de año había que ver si le servían a alguien o podíamos botarlos.

Todavía ahora, casi quince años después, no he leído varios de los libros que fui acumulando desde entonces. Pero allí están, esperando. A veces me encuentro con alguno que tuve guardado durante mucho tiempo y que termina fascinándome. Es el caso, por ejemplo, de Cien años de soledad y la Obra poética de Vallejo, mis primeros libros: no pude leerlos sino mucho después de haberlos conseguido, y cuando por fin lo hice, los disfruté muchísimo.

El perseguidor

El corazón de mi biblioteca, por ello, se compone de colecciones populares. Más tarde, ya en la universidad, yo fui ampliándola con libros que compraba en ferias y librerías, y también con los que me regalaban, pero nunca abandoné la costumbre de perseguir esas colecciones.

En 2009, Alfaguara lanzó una selección de libros de Vargas Llosa, que salía todas las semanas con El Comercio. El precio se había duplicado (cada obra costaba ahora 20 soles), pero, ajustando el bolsillo, podía permitírmelo. En esa colección leí tres libros suyos que me convirtieron, inmediatamente, en su fan incondicional, y me hicieron gritar su Nobel, al año siguiente, como si se lo hubieran dado a mi mejor amigo: La fiesta del Chivo, Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo.

Ya en los últimos años, he completado las colecciones traídas por El Comercio de las obras de Umberto Eco y Gabriel García Márquez (ambas de Editorial Sudamericana). Luego, compré unos sencillos y didácticos manuales de filosofía, de una serie llamada Descubrir la Filosofía, que fue llevada a los quioscos por la Distribuidora Bolivariana. Esa misma distribuidora se encargó de la colección popular que editó Alfaguara de las obras de Vargas Llosa: buen papel, buen tamaño de letras, excelentes portadas. Hay libros que yo no había visto en ediciones populares, como La orgía perpetua o La verdad de las mentiras. El precio sube todavía un poco más, lo que es lamentable, pero sigue valiendo la pena.

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Hermione Granger y los libros de Vargas Llosa

Colecciones actuales

El Comercio empieza hoy una nueva colección, de Premios Nobel, que agranda la que publicaron, me parece, en 2003. El libro inicial es La ciudad y los perros, que es mucho más conocido, entre nosotros, que los que siguen. Todos los martes llegarán a los quioscos títulos de Toni Morrison, André Gide y Orhan Pamuk, entre otros. Cada libro cuesta 25 soles con cupón. Pueden ver la lista completa aquí.

Asimismo, la semana pasada empezó la distribución de una enciclopedia llamada DC Comics. La historia visual (comentarios de The Melcomics sobre esta colección, aquí). Por alguna razón que no se ha explicado, esta será entregada en desorden, así que habrá que estar atentos. Salen todos los jueves. Cada tomo costará también 25 soles.

La Distribuidora Bolivariana está colocando en quioscos Los héroes más poderosos de Marvel. Ya no es nada popular: cada volumen cuesta 43 soles. Salen cada dos semanas, pero no he encontrado la lista. He visto en quioscos un tomo dedicado a Luke Cage, pero no lo he comprado todavía.

También han empezado a sacar Descubrir la ciencia, desde ayer. No he visto ningún ejemplar, pero compraré el primero para revisarlo. Según su página web, saldrán cada dos semanas, a 29 soles cada uno.

Las gracias

En fin, quizá estamos de acuerdo en que El Comercio (como medio de comunicación, como conglomerado empresarial y como agente político) ha patinado muchísimas veces, y no justifico ninguno de esos errores. Sin embargo, esa otra gran cosa que hicieron, sacar grandes libros a la calle, a muy bajo precio y muy cerca de casa, es un esfuerzo que he visto poco y que no tiene, al menos desde mi experiencia, comparación posible. He leído luego más libros, he tenido un poco más de plata y los he comprado en librerías, y he podido conseguir algunos que hace diez años me parecían lujos imposibles. Pero todos esos libros están conmigo gracias a ese interés inicial, sin el que de ninguna manera hubiera llegado a ellos.

Y de ninguna manera sin mamá, por supuesto. Ni siquiera voy a intentar no ponerme huachafo: yo no estaría escribiendo esto (yo no estaría escribiendo, a secas) sin la ayuda de mamá: todos los libros que leí entre los 13 y los 16 años me los compró ella. Esas colecciones de literatura (pero también enciclopedias, diccionarios, biografías) que iban nutriendo semanalmente el librero de la casa, llegaron gracias al dinero que ella ahorraba (entendiendo ahorrar no el sentido ligero, de guardar lo que sobra, sino de ajustar mucho para que algo sobre).

Yo nunca he visto leer un libro a mi mamá. Bueno, sí, dos veces. Una fue cuando la internaron: el reposo obligatorio de la operación le permitió leer algunas páginas, solo algunas, de Paula, la memoria familiar que Isabel Allende narra a su hija en coma. Y la otra vez no fue un libro sino el borrador de un cuento: yo lo había escrito y le pedí a mamá que lo leyera. Me senté a su lado para alejar las distracciones, y la presión tuvo un peor efecto. Desde entonces, no la atormenté más. Si tengo una hija ingeniera o un hijo contador, me pasaría exactamente lo mismo: aunque no comprenda de qué va su trabajo, me bastará con saber que les hace bien. Si les hace bien, me hará bien.

Con seguridad, mamá no leerá esto (creo que ni siquiera sabe que tengo una columna en Útero, o que existe una página de Internet que se llama Útero: mamá tiene Whatsapp y suficiente con eso, dice ella). Así que no escribo estos últimos párrafos para ella sino para ustedes: si tienen una mamá como la mía, que compra libros que no leerá, aparatos que no usará, y paga suscripciones para aplicaciones que no comprende ni le interesan, solo porque intuye que algo bueno hay en todo eso para sus hijos, den las gracias. Aunque nunca sea suficiente, den las gracias.

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*El fanpage de las Colecciones del Grupo El Comercio está aquí. Y esta es su página web.

*La Distribuidora Bolivariana (fanpage, aquí) tiene una oficina en Av. República de Panamá 3635 – San Isidro (horario: lunes a viernes de 9am-12m y 2pm-5pm / sábado de 9am–12m). Su teléfono es 441-2948 (anexo 21). Correo electrónico: vtasofi@dibosa.com.pe. Hacen entregas a domicilio.

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*Este post, aunque bastante largo, está recortado. Hay otros puntos que originalmente formaban parte de él y que he decidido publicar por separado. Allí hay apuntes, entre otras cosas, sobre:

  • la necesidad de que las colecciones vuelvan a ser populares, porque 25 soles por un libro sigue siendo un lujo millones de peruanos
  • la falta de mujeres en las colecciones populares. En esta última colección de Premios Nobel, hay tres mujeres: es la misma cantidad que hay en todas las colecciones anteriores de El Comercio, EN TODAS JUNTAS.
  • mi bronca contra el Cantar de Mío Cid (sobre todo cuando se impone como primera lectura obligatoria para los escolares)
  • mi desprecio por los infames libros que los padres están obligados a comprar todos los años, para todos los hijos y a precios groseramente altos, y cuya utilidad todavía me resulta un enigma

*Gracias a Regina Limo, la Reina Decapitada, porque conversar con ella aclara las ideas.

*Las fotos de este post fueron tomadas por Mafer Flores-Montúfar, mi hermana, que tiene la edad de mis primeros libros.

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.