literatura , Pasajero Miércoles, 22 junio 2016

Borges, el Aleph y el gol de Maradona a los ingleses

[Hace unos días, el 14 de junio, se cumplieron 30 años de la muerte de Jorge Luis Borges, acaso el escritor más importante de nuestra lengua en todo el siglo pasado. Y hoy, 22 de junio, se cumplen otros 30 años: los que han pasado desde que Diego Armando Maradona convirtió el mejor gol de la historia de los Mundiales. Que este post sirva para rendirles homenaje a ambos].

callejerorevcom

Portada de El aleph en Alianza Editorial. Imagen tomada de callejerorev.com

El aleph es el nombre de un cuento monumental de Jorge Luis Borges que, además, da título a uno de sus libros más importantes, publicado en 1949. El cuento (que puedes leer aquí, antes de que mi síntesis te lo arruine) está narrado en primera persona por Borges, alter ego del autor. Borges ama a la fallecida Beatriz Viterbo («Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges»). Asimismo, desprecia a Carlos Argentino Daneri, primo hermano de Beatriz, un poeta insufrible y huachafo (como persona y como poeta). La aversión contra Carlos Argentino aumenta porque este mantuvo con Beatriz una relación más que familiar.

En el transcurso de algunos encuentros, Daneri ha ido leyéndole a Borges avances del poema que está escribiendo. Fragmentos como este:

He visto, como el griego, las urbes de los hombres,

los trabajos, los días de varia luz, el hambre;

no corrijo los hechos, no falseo los nombres,

pero el voyage que narro, es… autour de ma chambre.

No contento con haberlos escrito, Daneri además explica sus propios versos:

—Estrofa a todas luces interesante —dictaminó—. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero -¿barroquismo, decadentismo; culto depurado y fanático de la forma?- consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfadados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite, ¡sin pedantismo!, acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano… Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!

cargocollective

Borges observa el Aleph. Imagen de cargocollective

En un momento de la historia, Daneri le comenta a Borges que en casa tiene un Aleph. El Aleph es un objeto mágico, «uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos»: en él pueden verse, a la vez, todas las cosas que han ocurrido, ocurren y ocurrirán en el universo. Daneri confiesa que su actual proyecto poético (ese que ha ido leyéndole a Borges) nace de la contemplación de este objeto. Borges va a la casa y consigue ver el Aleph. Este es su testimonio:

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

[Este fragmento es leído aquí por el lingüista y profesor Luis Jaime Cisneros  (1921-2011)]

(Una nota así, entre paréntesis: cuando a Fernando Savater le preguntan sobre las nuevas tecnologías de la información, él responde: «Yo creo que el Aleph de Borges es una buena metáfora de estos [nuevos] medios de comunicación, porque el Aleph era el infinito, el mundo al alcance de la mano, debajo de la escalera. […] Pero, claro, si era Argentino Daneri, el mal poeta, el que veía ese infinito, no por eso dejaba de ser un mal poeta.» Fin de la discusión).

casadellibro

Portada de Cien años de soledad en Debolsillo. Imagen tomada de casadellibro

Sin duda, el cuento da para muchísimos análisis e interpretaciones. Yo quisiera, ahora, quedarme solamente con un aspecto particular: el ritmo con que Borges menciona las imágenes que vio en el Aleph. Esa misma forma de narrar es recogida por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad (1967). El coronel Aureliano Buendía ve pasar un desfile de circo que tiene, sobre él, un efecto revelador:

Vio una mujer vestida de oro en el cogote de un elefante. Vio un dromedario triste. Vio un oso vestido de holandesa que marcaba el compás de la música con un cucharón y una cacerola. Vio a los payasos haciendo maromas en la cola del desfile, y le vio otra vez la cara a su soledad miserable cuando todo acabó de pasar, y no quedó sino el luminoso espacio en la calle, y el aire lleno de hormigas voladoras, y unos cuantos curiosos asomados al precipicio de la incertidumbre.

Ocurre algo similar en Maestra Vida, la canción de Rubén Blades que pertenece al fantástico álbum del mismo nombre, publicado en 1980. Ramiro da Silva, el hijo amado (él inspira El nacimiento de Ramiro), ha destruido todas las esperanzas de familia: trabó relaciones con maleantes, pisó la cárcel, abandonó a sus padres cuando ya los atacaba la vejez. Cuando examina su propia vida, dice Ramiro:

Y vi espinas y vi rosas

vi morir seres queridos

vi bellezas, fui testigo

de maldades y de guerras.

Vi lo bueno de la tierra

y vi el hambre y la miseria

y, entre el drama y la comedia,

avancé entre agua y fuego.

Y ya que estamos, el tono es el mismo en Si tú no estás, la canción de Julieta Venegas:

Vi montes y valles

vi gente y aviones

vi noches enteras

en transición.

Vi cuentos de otros

vi desconocidos

que no dejarían de ser

lo que son.

Si tú no estás

las plantas igual crecerán

y si tu estás

en el otro lado

el tiempo no se detendrá.

Aquí puedes escuchar una bonita versión junto a Natalia Lafourcade:

No estoy seguro de si en los casos de Blades y Venegas hay un guiño consciente a Borges, y no me importa: con que uno pueda hacer esa conexión es suficiente.

Ahora bien, si yo tuviera que elegir un solo homenaje al «ritmo» de El aleph, no dudaría. Hace algunos años, el escritor Hernán Casciari (a quien dediqué mi primer post en Pasajero) publicó un cuento que es, entre otras cosas, el texto sobre fútbol más hermoso que he leído jamás: una recreación del segundo gol que hizo Maradona a los ingleses, en el Mundial de México ’86 (“el mejor gol de la historia de los mundiales”).  El cuento se llama 10.6 segundos, que es el tiempo exacto que Maradona tuvo el balón en los pies durante esa jugada, y puede leerse aquí, en la web de Orsai.

diego_8

Para que lo recuerden, aquí el gol:

En algunos pasajes de su cuento, como si el balón fuera un Aleph que le permitiera a Maradona verlo todo a la vez, Casciari utiliza la misma cadencia que Borges:

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

Lee el texto completo y llora. Llora, que no te dé vergüenza: recuerda que Borges, en algún punto de 1940, vio en el Aleph tu cara, todas tus caras, y sabía que llorarías. Siéntete libre.

Secured By miniOrange