noticias , Pasajero Viernes, 20 mayo 2016

Mucho gusto, drag-queens

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Afiche de RuPaul’s Drag Race. Imagen tomada de vignette4

Hace unos días, terminé de ver la segunda temporada de RuPaul’s Drag Race y me encantó. No soy un gran espectador de realities, no estoy familiarizado con el mundo de las drag-queens, y mis conocimientos sobre género y diversidad sexual son bastante limitados. Sin embargo, aunque no tenga nada interesante que decir, voy a decirlo igual. El programa ha sido mi primera experiencia drag y me gustaría compartirla con ustedes.

Para los que no tienen idea de quién es RuPaul y de qué va su programa (es decir, para mí mismo hace apenas algunos meses), aquí la información general. En principio, una drag-queen es un hombre que, en una performance, viste y actúa como una mujer, o como lo que se asume que debería ser y hacer una mujer (o una diva, ya que el espacio natural de las drag-queens es el escenario). Es decir, encarna los estereotipos asociados a las mujeres, “con una intención primordialmente histriónica que se burla de las nociones tradicionales de la identidad de género y los roles de género”, según Wikipedia. RuPaul lo explica más fácilmente: “Los hombres gays no hacemos drag para mofarnos de las mujeres. Lo hacemos para mofarnos del concepto cultural de identidad. Si no entiendes la ironía, no entiendes lo drag” (la traducción es de Regina Limo).

RuPaul’s Drag Race es un reality show de competencia, una versión drag de American Next Top Model, el programa conducido por Tyra Banks. En tanto reality, es un producto completo: lo conduce LA reina drag de Estados Unidos; el jurado toma decisiones polémicas; se genera expectativa, simpatías y antipatías; hay momentos emotivos, divertidos y tensos. Y al final de la temporada, todos, protagonistas y espectadores, terminamos un poco transformados: no somos los mismos que antes.

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RuPaul & RuPaul. Imagen tomada de flavorwire

Lecciones sobre lo femenino

A pesar de que creía tener una idea más o menos general, la verdad es que solo mientras veía este reality caí en cuenta del mar de prejuicios que se imponen a las mujeres. No dejan de ser curiosos los mecanismos que nos ayudan a conocer. He tenido que ver a un grupo de hombres vistiéndose y actuando como mujeres para acercarme realmente a la cantidad de basura con que una mujer debe aprender a vivir. Más allá de las diferencias salariales, del machismo y la violencia de género, hay otros aspectos, que la sociedad ha internalizado y que por tanto (fuera de las esferas de la academia y el activismo) se cuestionan menos o no se cuestionan, y que aún persiguen a las mujeres: el miedo al sobrepeso, al vello corporal, las arrugas, el sudor, el brillo facial; el tiempo que dedican a alistarse, a transformarse; la meticulosidad con que cuidan su imagen; la imposición de sueños y formas de realización (la coronación, el vestido de novia, el baile); la consciencia de que se les observará y juzgará severamente.

Mi vida como hombre no me ha impuesto ni siquiera la mitad de esos requisitos para que pueda sentirme cómodo conmigo mismo. Alguien podría decir que, bueno, yo no soy modelo y tampoco es que mi cara me pague las cuentas. Es verdad. Sin embargo, viendo a los drags de RuPaul he reconocido conductas comunes en la mayoría de mujeres que conozco, algunas de cuales incluso se niegan a considerarse femeninas. Y la mayoría de las mujeres que conozco, por cierto, tampoco son modelos.

Ahora bien, creo que el asunto de las drag-queens va más allá del cuestionamiento irónico de los roles de género. ¿Por qué es positivo que un hombre biológico se vista y actúe como una mujer? Entre otras cosas porque, claro, juega con los estereotipos, los borra, los traslada, y eso ayuda a demostrar que no responden obligatoriamente a uno u otro sexo. No se trata, entonces, de cuestionar los estereotipos femeninos, sino los estereotipos en general, incluyendo los que se suponen asociados a hombres, homosexuales, etcétera. En el caso de los hombres, creo, hay una pregunta que se hace obvia: ¿te gusta eso que estás viendo? ¿Habría algún problema si así fuera?

Ese ejercicio, además, tiende un puente que nos acerca no solo a ellos, sino a todo el espectro de la diversidad sexual. Es común todavía que algunos homosexuales afirmen su dignidad diferenciándose de las locas (los gays femeninos, las lesbianas masculinas, los travestis, los transgénero, los transexuales), a las que se ubica en un rincón marginal dentro del universo marginal LGTB. Y allí creo que está la razón principal por la que es importante lo drag: es una manifestación de libertad, finalmente, una declaración de identidad que se afirma no en los moldes establecidos sino en la ruptura de los mismos.

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Las protagonistas de la segunda temporada. Imagen tomada de tumblr.

Las ficciones televisivas para niñas

Vi esta temporada de RuPaul’s Drag Race con Mayra, mi esposa. Ambos tenemos la misma edad, 27 años. Crecimos en la misma época, estudiamos en el mismo colegio y pertenecemos a contextos familiares parecidos. Y, sin embargo, hay códigos generacionales que no compartimos, algunos de los cuales, me parece, son impuestos por el género. Puedo estar equivocado, por supuesto, pero quisiera poner el tema sobre la mesa.

Cuando era niña, a Mayra le gustaba mucho la televisión. Compartió con sus primos varones Dragon Ball y Súper Campeones, pero también vio los animes Sakura Card Captors y Sailor Moon (este último en señal abierta, y en horario de protección al menor). Yo no los he visto, quizá porque eran considerados para niñas. Sin embargo, Mayra me ha contado que en ambos casos se sugieren tanto la homosexualidad como la bisexualidad de algunos personajes. Ahora, mientras revisaba datos sobre ambos para escribir esta nota, me he enterado de que Sailor Moon fue brutalmente editado para su emisión en América Latina: tantas escenas fueron borradas y tantos diálogos cambiados que la historia misma es, por momentos, distinta. Sakura tuvo mejor suerte, al parecer, pero es probable que también fuera censurada. Incluso en esas condiciones, ambos animes acercaron a Mayra a un universo que no hubiera conocido de otra manera. Y me parece clave la forma en que se da ese primer acercamiento: a través de la ficción, en primer lugar, y además, manifestado naturalmente, como un elemento más dentro de la trama.

El cuestionamiento de la sexualidad (que opone masculino y femenino como posibilidades excluyentes) es un tema recurrente en las ficciones japonesas; sin embargo, a la luz de cómo se acomodaron en el mercado latinoamericano, segmentados por públicos, es evidente que Dragon Ball y Súper Campeones estaban dirigidos a los niños, mientras que las niñas eran el público de Sailor Moon y Sakura. Hasta donde yo recuerdo, ninguno de los dos animes para niños varones exploraba la diversidad sexual de sus personajes (a menos que la censura haya sido con ellos todavía más feroz).

Esa primera experiencia puede seguir una línea: cuando empezamos a ver juntos el programa de RuPaul, Mayra ya había visto algunos capítulos, de ese y de otros realities (el de Tyra, por ejemplo). No es algo que pueda generalizarse, pero tengo la impresión de que esa naturalidad con que se recibieron las ficciones iniciales les ha permitido a muchas mujeres llegar intuitivamente a un punto que a otros nos ha resultado mucho más lejano.

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Sakura & Serena. Imagen tomada de dramafever

La necesidad de una diva

RuPaul es una drag-queen. No cualquiera, por supuesto: es probablemente la más mediática de todas las drags norteamericanas actuales. A eso ha contribuido, en buena medida, la conducción de su reality, que va ya por la octava temporada. Sin embargo, sería un error asumir que su programa es la causa y no el efecto de su reconocimiento. RuPaul es mucho más que una presentadora de televisión: llegó a la tele ya convertida en estrella y referente. Sus treinta años de carrera incluyen siete producciones discográficas, varias participaciones en series y películas, la representación de una marca de cosméticos, un programa de radio, etcétera.

Y todo eso se nota. Al ver y escuchar a RuPaul, he comprendido que estamos muy, muy lejos de una diva como esa: líder natural de sus chicas, por experiencia, talento y carácter; carismática y encantadora, hábil para la respuesta rápida y, por sobre cualquier otra cosa, con un rollo, con algo que decir. No tenemos nada parecido, sea hombre, mujer o LGTB. No existe. Gisela, que es lo más cerca que hemos estado de una diva en los últimos años, no puede decir algo ingenioso, conmovedor o interesante (aunque lo intente todos los sábados). Magaly tampoco, ya que estamos.

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RuPaul, portada del New York Times Magazine

El encanto de la frivolidad marginal  

Ahora bien, por supuesto que RuPaul’s Drags Race [RPDR] es un programa frívolo. Y, sin embargo, tampoco me parece basura. Al contrario. Más que profundizar en la problemática LGTB (tan compleja, tan diversa, con tantas aristas), el programa de RuPaul presenta a un grupo de personas que compiten por una corona. En ese camino, se ha hecho evidente que son exactamente como cualquier otra persona (maravillosas, mezquinas, interesantes, egoístas, etcétera). Si vemos así las cosas, es un reality show en toda regla.

Y sin embargo, RPDR es más que eso. A lo largo del programa, el espectador descubre que los protagonistas han hecho un largo camino de afirmación de su identidad: uno fue expulsado de su casa al asumirse gay, otro tiene un hijo con quien al que no sabe cómo explicarle todo esto, otro intentó matarse, otro se asume transgénero.

En ese sentido, es muy importante el papel de RuPaul: no se trata solo de una estrella, sino, además, de un sobreviviente, de alguien que ha hecho el camino y regresa para empujar hacia adelante a los que empiezan. Su rezo, “Si no puedes amarte, ¿cómo diablos podrás amar a alguien más?”, está cargado de sentido.

En uno de los capítulos, RuPaul lleva al set a un grupo de gays veteranos, activistas de la segunda mitad del siglo pasado, para que sean transformados en drags por las participantes del show. Rupaul les recuerda a sus chicas que sin estas personas, que hicieron el camino (como con machete en trocha), no habría, entre muchas otras cosas, un programa como el suyo (es decir, ni siquiera sería posible la frivolidad).

Esa reivindicación de la larga cadena que ha ido abriéndoles paso es un ejercicio necesario, que conecta a una comunidad con su pasado y la proyecta hacia el futuro: les otorga una responsabilidad. No es que las chicas lo supieran al llegar, por cierto. En un momento, uno de los gays viejos conversa con una drag y menciona a Oscar Wilde. La drag reconoce que no sabe quién es, y el otro dice algo como “hay que educar a estas nuevas generaciones”. Exactamente: no lo sabían pero ahora lo saben.

Por eso, me parece fascinante que ellos, ya al cerrar el show, cuenten que han recibido miles de mensajes de gratitud, de niños que ahora están menos asustados, menos solos, de padres que confiesan su intolerancia y su arrepentimiento, de personas que han abierto los ojos. En su espacio, en un set de televisión, ellos también están haciendo el camino.

*Quiero agradecer a Regina Limo, a Mayra Pérez Márquez y a Sia, cuya música es el soundtrack obligatorio de este post.

*Mañana es la III Marcha por la Igualdad. Los datos sobre el evento están aquí.

 *Por supuesto, este no es un post para desalentar la homofobia. Si eso es lo que estabas buscando, puedes chequear “Diez argumentos contra la homofobia para dummies“, un post que Regina y yo escribimos el año pasado.