Pasajero Martes, 15 diciembre 2015

De Harry Potter, la ‘subliteratura’ y la gratitud de los lectores

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.
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Portadas de la saga de Harry Potter diseñadas por Mariah Llanes

Hace unos días, Regina Limo publicó un post sobre la influencia progresista que había recibido J. K. Rowling, la autora de Harry Potter. Esta influencia se trasluce en algunos temas y personajes de la saga: Hermione Granger, la lucha contra el purismo de la sangre, el fascismo de los villanos, la manipulación de los medios, etcétera. En su artículo, Regina tendió un puente entre estos elementos de la saga y la formación de su creadora: sus lecturas (la biografía de su escritora favorita), sus experiencias, sus intereses.

Inmediatamente aparecieron allí algunos comentaristas, para afirmar que muy bonito todo, pero que Harry Potter es literatura ligera, subliteratura y que, por último, nunca será Proust (?).

POR SUPUESTO que no son lo mismo Rowling y Proust, pero es que tampoco quieren ser lo mismo. No sé, supongo que, como dice Fernando Savater: “Esa idea de que literatura es lo que hacía Thomas Mann y no lo que hacía Agatha Christie… Yo creo que eso lo sostiene gente que no entiende lo que es la literatura. Porque la literatura es como una farmacia donde encontramos remedio para todo tipo de enfermedades”.

Las declaraciones de Savater no desacreditan de ninguna manera a los críticos literarios, ni a quienes se dedican al análisis del trabajo de sus contemporáneos, sino que buscan poner en su sitio a quienes minimizan una obra por su popularidad, por sus temas o por “su falta de profundidad”, y se la pasan recordándoles a los lectores que esa literatura que prefieren es más bien banal, insuficiente, que no persigue los trascendentes objetivos estéticos de los clásicos.

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Portada de Miedo, emoción y riesgo, libro de Fernando Savater sobre películas y libros de aventuras (desde Stevenson hasta Rowling, ni más ni menos, pasando por Conan Doyle y Melville)

Ante reacciones como esa, otra vez Savater:

Los contemporáneos refinados de Shakespeare pensaban que era un escritor mediocre que halagaba al vulgo, que destilaba brutalidad y gore. Yo casi nunca digo que un libro es malo, sino que no es para mí. En líneas generales, el consenso y, sobre todo, la prueba del tiempo indican que hay libros que siguen despertando la curiosidad reiteradamente. Creo que hay maravillosas novelas policiacas o cuentos de fantasmas únicos, y en cambio muchas obras que hoy se acuñan con pretensiones de ser sublimes serán olvidadas antes que Agatha Christie. Muchos libros que hoy se consideran grandes obras literarias no sobrevivirán al tiempo. Merecidamente.

Esa pose del policía escolar (que determina qué es y qué no literatura) me revienta porque, en principio, nace de dos confusiones. La primera es la comparación innecesaria: como ya dije, no se busca lo mismo en Nabokov que en, por ejemplo, Stieg Larsson, aunque ambos hayan producido historias que envuelvan y trasladen al lector. Y en segundo lugar, ¿no es acaso eso lo que se pide de una novela? Es decir, me parece que en el sentido más clásico, una novela es una historia que atrapa, entretiene, duele y gusta. Las ambiciones estéticas, la intertextualidad y las innovaciones técnicas son elementos posteriores, que sin duda enriquecen una ficción hasta convertirla en una obra de arte, siempre y cuando estén al servicio de esa premisa inicial: contar una historia bien contada.

Precisamente sobre este asunto, Mario Vargas Llosa sostiene (en una conferencia en Lecciones y maestros):

A lo largo de toda mi vida de escritor (quizá esto puedan decirlo todos los escritores), he tenido una ambición que está detrás de todo lo que he escrito: contar una historia bien contada. ¿Qué es una historia bien contada? Seguramente, sobre esto habría muchas discrepancias. Para mí, una historia bien contada es una historia que el lector no tiene la impresión de leer, sino [de] vivir, una historia que, por su poder de persuasión interno, anula la distancia entre lo escrito y el lector, elimina esa actitud crítica con que, inevitablemente, nos acercamos siempre a un texto literario. Y, en un momento dado, da la impresión al lector de que las palabras se han eclipsado y que las reemplazan los hechos, los paisajes, la realidad pura, viva: una historia que parece vivida, no leída.               

Pongo un ejemplo más o menos obvio, para entendernos mejor: ¿cuál es el problema con las novelas de Paulo Coelho? En las dos que he leído (El alquimista y Once minutos), el objetivo no es contar una historia (muchos menos contarla bien) sino filtrar (contrabandear) una serie de lecciones espirituales, apenas camufladas en un historia que incluso a mí (que soy un lector más bien inocente y devoto) me resulta plana, sin truculencia y sin matices, difícil de creer. Allí, por ejemplo, el objetivo se invierte: la historia no es la prioridad, sino que esta se subordina a las intenciones moralizantes de su autor.

Volviendo a lo anterior, en El pez en el agua, el mismo Vargas Llosa cuenta que, durante los años en que estudió en el Leoncio Prado, la lectura “se convirtió en mi estrategia de defensa contra la amargura de estar encerrado, lejos de mi familia, de Miraflores, de las chicas, del barrio, de esas cosas hermosas que disfrutaba en libertad”.

¿Qué leía Vargas Llosa entonces, mientras simulaba escuchar una clase, o cuando cumplía un fin de semana de encierro?: “Recuerdo muchos libros que leí en esos años —Los miserables, por ejemplo, de efecto imperecedero—, pero el autor al que más agradecido le estoy es Alejandro Dumas”.

¿Dumas, el de Los tres mosqueteros? ¿Por qué el joven Vargas Llosa no estaba leyendo a Proust o a Joyce? ¿Qué hacía cediendo a los placeres de la literatura popular que solo contaba historias, sin las altas ambiciones artísticas de otros autores?

Buscaba, como él mismo afirma arriba, historias que lo arrancaran de donde estaba y que lo hicieran vivir otras experiencias que aquellas (simples, ordinarias y tristes) a las que su vida real lo había limitado.

Sin embargo, Vargas Llosa reconoce que, desde entonces, no ha releído a Dumas, porque lo detiene “un miedo reverencial a que [sus libros] no sean ya lo que entonces fueron, a que no puedan darme lo que me dieron a mis catorce y quince años”. A quien sí releyó, luego de varios años de evitarlo, fue a Víctor Hugo, y el efecto fue tan fuerte que incluso escribió un ensayo sobre Los miserables, titulado La tentación de lo imposible.

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Portada de La tentación de lo imposible, ensayo de Vargas Llosa sobre Los miserables. Imagen tomada de libreriacedice

Ahora bien, ¿esa confesión de Vargas Llosa reduce aunque sea un poco su deuda con Dumas? Él mismo afirma: “A Dumas, a los libros suyos que leí, debo muchas cosas que hice y fui después, que hago y que soy todavía”.

Vargas Llosa ha seguido cayendo en el embrujo de eso que él llama historias bien contadas. Hace unos años, publicó un artículo en El País sobre Millennium:

Comencé a leer novelas a los 10 años y ahora tengo 73. En todo ese tiempo debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado. Sin jactancia puedo decir que toda esta experiencia me ha hecho capaz de saber cuándo una novela es buena, mala o pésima y, también, que ella ha envenenado a menudo mi placer de lector al hacerme descubrir a poco de comenzar una novela sus costuras, incoherencias, fallas en los puntos de vista, la invención del narrador y del tiempo, todo aquello que el lector inocente (el “lector-hembra” lo llamaba Cortázar para escándalo de las feministas) no percibe, lo que le permite disfrutar más y mejor que el lector-crítico de la ilusión narrativa.

¿A qué viene este preámbulo? A que acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2.100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Victor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página “¿Y ahora qué, qué va a pasar?” y demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto sumiéndome en la orfandad. ¿Qué mejor prueba que la novela es el género impuro por excelencia, el que nunca alcanzará la perfección que puede llegar a tener la poesía? Por eso es posible que una novela sea formalmente imperfecta, y, al mismo tiempo, excepcional. Comprendo que a millones de lectores en el mundo entero les haya ocurrido, les esté ocurriendo y les vaya a ocurrir lo mismo que a mí y sólo deploro que su autor, ese infortunado escribidor sueco, Stieg Larsson, se muriera antes de saber la fantástica hazaña narrativa que había realizado.

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Portada de La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson

Hay otros escritores que, en cambio, nunca renuncian a esas primeras lecturas, y las reivindican y vuelven a ellas constantemente. Jorge Luis Borges es uno de ellos. En sus cuentos y poemas, ensayos, prólogos, conferencias y entrevistas hay algunos autores a los que siempre recurre: algunos de ellos son Rudyard Kipling (El libro de la selva), Robert Louis Stevenson (La isla del tesoro, Dr. Jekyll y Mr. Hyde), y G. K. Chesterton (El candor del padre Brown, El hombre que fue Jueves).

En la primera de las cuatro conferencias que dio sobre Jorge Luis Borges (para la Televisión Pública de Argentina), el escritor Ricardo Piglia afirma:

[A Borges] Siempre le gustaron los escritores menores, los que eran bestsellers en su época: le gustaba Chesterton, le gusta Kipling, le gustaba Stevenson, que eran los escritores populares de cuando él era joven. Siempre valoró a esos escritores. Dijo que no le gustaba Proust, que no le gustaba Dostoievski. No tenía razón al decir eso, pero estaba muy bien que lo dijera, si él creía que era mejor Chesterton que Proust. Iba a Francia y les decía: ‘Cómo les va, qué tal: Proust no me gusta nada’.

Quiero cerrar con estas dos imágenes. La primera es la del adolescente Vargas Llosa rendido ante el poder de las ficciones que, por imperfectas o modestas que fueran, tenían tal capacidad de persuasión que marcaron y enriquecieron su vida. Aunque no haya trabajado luego los temas o los estilos de Dumas, aunque su formación posterior incluyera más lecturas y se le sumaran otras inquietudes estéticas, Vargas Llosa ha querido, como creador, repetir en sus lectores su propia experiencia de lector: sus mejores novelas (La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La fiesta del Chivo, por ejemplo) crean un mundo suficientemente persuasivo como para lograr ese fin.

La otra imagen es la de Borges, que ya adulto, vuelve a sus autores favoritos de la niñez y la adolescencia, los relee y los valora. Es un lector que encuentra cosas invisibles para los demás, interpreta y abre caminos. En el prólogo de Historia universal de la infamia, afirma: “A veces creo que los buenos lectores son cisnes aún más tenebrosos y singulares que los buenos autores”.

Quizá de eso se trata, al final: de cómo pagas tu gratitud con tus primeras ficciones. Recién entonces se completa el círculo de una obra.

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.