Pasajero Miércoles, 11 noviembre 2015

¿Cómo se enseña el interés por la lectura? Cinco escritores responden

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.

El último fin de semana, La República compartió una encuesta nacional sobre los hábitos de lectura de los peruanos. Los resultados, por supuesto, nos escupen en la cara:

  • El 25.4% de los encuestados reconoce no leer NUNCA o casi nunca libros
  • De ese grupo (los que no leen nunca o casi nunca libros), el 29.5% afirma que no lo hace porque no le gusta o no le interesa

Aquí quiero hacer una primera pausa, para bajar el dedo de quienes empiezan a señalar a los adolescentes: descerebrados que no leen nunca, que Esto es Guerra, que perreo intenso, pulpines y apocalipsis. Esa actitud de ancianos prematuros la he visto en gente mayor (que por lo menos tienen más cerca la vejez), pero también en gente que, como yo, está a la mitad de la veintena y, sin embargo, ya empezó a envenenarse de nostalgia: da un poco de vergüenza generacional, digamos, ver cómo se aferran a los dibujitos y series de su niñez, a los que califican, además, como “llenos de valores y enseñanzas” (?). Todo ese rollo patético de la superioridad moral sobre los adolescentes es, además, hipócrita. Otro dato interesante de la encuesta de La República:

  • La población objetiva que fue encuestada se compone de hombres y mujeres mayores de edad

Así que ya bájale, amigo. Acá todos estamos con roche. El verdadero problema es este: nosotros, los adultos, no leemos, y eso complica muchísimo la posibilidad de que lo hagan quienes vienen detrás. Ni siquiera damos chance a los niños y adolescentes de que se interesen por los libros, aún sin nuestro estímulo, porque no van a encontrarlo en casa. De acuerdo a la encuesta:

  • 47.6% tiene menos de diez libros en casa

Y no, los e-books no son la explicación:

  • El 60% de los encuestados más jóvenes (entre 18 y 29 años) no había escuchado jamás los términos ‘libro electrónico’, ‘libro en formato digital’ o ‘e-book’

¿Qué hacer con todo esto? No tengo idea. Más allá de las políticas públicas y del rol del Estado, ¿por qué los jóvenes no leen? Porque, como acabamos de ver, nosotros no leemos. No se trata de que los jóvenes sepan leer: mal que mal, eso lo aprendieron en la escuela. La pregunta es cómo hacer que quieran leer, que leer les interese.

Aquí no hay ley del mínimo esfuerzo que nos salve. El interés por un libro no se enseña: se contagia. Y nadie puede contagiar a otro de algo que no padece. Por eso, si queremos que los jóvenes se interesen por la lectura, no tenemos más remedio que dar el primer paso.

He recogido aquí las anécdotas que cinco escritores cuentan sobre cómo se interesaron por la lectura. Escoge la que te gusta más y ponla en práctica. Puede que, dedicado al empeño de salvar a otro, termines salvándote tú mismo.

Héctor Abad Faciolince: La lectura como actividad curativa

noticiascaracol.com

Héctor Abad Gómez y su hijo, el escritor Héctor Abad Faciolince. Imagen tomada de noticiascaracol.com

 

Ya hemos hablado sobre El olvido que seremos en este post de Pasajero. El libro es un hermoso homenaje que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince dedica a su padre, Héctor Abad Gómez. Este fue médico, profesor universitario y activista por los derechos humanos, y murió asesinado por sicarios. El olvido que seremos recorre todos estos episodios y dimensiones, pero, quizá, los pasajes más delicados y emotivos son los que abordan a su padre en tanto padre: amoroso, didáctico, consciente de la educación de sus hijos, comprensivo y liberal. Aquí hay un fragmento que ejemplifica esa enseñanza inconsciente que los padres (para bien y para mal) imparten a sus hijos:

Cuando mi papá llegaba de su trabajo en la Universidad, podía venir de dos maneras: de mal genio o de buen genio. Si llegaba de buen genio —lo cual ocurría casi siempre pues era una persona casi siempre feliz— desde que entraba se oían sus maravillosas, estruendosas carcajadas, como campanadas de risa y alegría. Nos llamaba a los gritos a mis hermanas y a mí, y todos salíamos a recibir sus besos excesivos, sus frases exageradas, sus piropos hiperbólicos y sus abrazos largos. Si en cambio llegaba de mal genio, entraba en silencio y se encerraba furtivamente en la biblioteca, ponía música clásica a todo volumen y se sentaba a leer en su sillón reclinable, con la puerta cerrada con seguro. Al cabo de una o dos horas de misteriosa alquimia (la biblioteca era el cuarto de las transformaciones), ese papá que había llegado malencarado, gris, oscuro, volvía a salir radiante, feliz. La lectura y la música clásica le devolvían la alegría, las carcajadas y las ganas de abrazarnos y de hablar. Sin decirme una sola palabra, sin obligarme a leer y sin echarme el sermón de lo sana para el espíritu que podía ser la música clásica, yo entendí, sólo mirándolo, viendo en él los efectos  benéficos de la música y de la lectura, que en la vida todos podíamos recibir un gran regalo, no muy caro y más o menos al alcance de la mano: los libros y los discos. Ese señor oscuro y malhumorado que había llegado de la calle con la cabeza cargada de las malas influencias y las tragedias y las injusticias de la realidad, había recuperado su mejor semblante, y la alegría, de la mano de los buenos poetas, de los grandes pensadores y de los grandes músicos.

Hernán Casciari: La lectura como transgresión

Sobre Hernán Casciari y sus mensajes de voz también publicamos un post, el primero de Pasajero. El escritor argentino grabó alrededor de 200 audios breves, de entre tres y cinco minutos, en los que remixea la anédocta, el cuento, la confesión y la reflexión. Sus mensajes son, a partes iguales, cagues de risa y martillazos de ternura.

En esta historia, El abuelo nazi, Casciari recuerda una historia personal que, sin embargo, sirve también para hacer un reconocimiento bastante más general: pocas cosas, a lo largo de la historia, han hecho tanto por generar interés en la lectura como la prohibición de los libros.

Fernando Savater: La lectura como placer contagioso

Fernando Savater. Imagen tomada de vanguardia.com.mx

Fernando Savater. Imagen tomada de vanguardia.com.mx

Fernando Savater es uno de mis autores favoritos, y es, además, uno de esos desconocidos a los que quiero como si fueran amigos míos, así que vamos a volver a él cada tanto. Savater rehúye a la calificación de filósofo, y prefiere asumirse como profesor de filosofía y divulgador de ideas filosóficas. En ese afán, su tarea (al menos en nuestro idioma) es incomparable. Ya hemos recogido citas suyas (de Ética para Amador y Política para Amador) en este post de Pasajero, cuando Chapa tu Choro estaba dando la hora.

Hace unos días, dio una entrevista al diario El País de España. Savater perdió a Sara Torres, su esposa, en marzo de este año.  Está todavía asimilando la viudez y sopesando la posibilidad del retiro. Entre otras cosas, dijo: «¿Cómo es mi vida hoy? Pues como la de los niños pequeños, comer, dormir y llorar». Sin embargo, agregó inmediatamente después: «Pero lo único que me sigue apeteciendo de verdad es leer.»

Savater es un lector voraz. Varias veces ha dicho que si por leer pagasen, él no escribiría ni haría nada más que eso (y, además, sería millonario). Pero no pagan por leer, así que Savater se ha dedicado a enseñar, a escribir para explicar su tiempo, para combatir los fantasmas que rechaza (los nacionalismos, por ejemplo) y, sobre todo, para provocar en los demás en interés por la lectura, el pensamiento y la discusión.

En esa última entrevista a El País, Savater cuenta: «No hacen más que llamarme para que vaya a colegios a convencer a los chavales de que lean. Pero yo no puedo convencerles. Es como si te dijeran: “Vete a ese sitio y explica por qué hay que comer jamón de Jabugo”. Pues oye, no, pruébalo y ya verás qué rico.»

¿Cómo se interesó Savater por la lectura? Lo cuenta en una carta que escribió para su madre (una carta ficticia, porque su madre, aunque vivía entonces, ya no podría leerla: estaba enferma de Alzheimer).  Aquí está el fragmento:

«Ninguna madre tiene derecho a quejarse de que sus hijos nunca lean o lean a regañadientes si ella no ha sido capaz de leerles de vez en cuando como tú me leías a mí… incluso mucho después de que supiese ya leer perfectamente, sólo por darme gusto. No hay cosa que más deteste ahora que verme obligado a soportar una lectura de poemas o un capítulo de novela balbuceado con narcisismo incompetente por su autor […] pero si tú aún pudieras leer para mí cuentos de hadas o historias de animales que hablan, me acostaría a escucharte como cuando tenía fiebre. Para siempre.

No fuiste una intelectual —te recuerdo defectos pero no pedanterías… y así quisiera que me recordasen a mí—, aunque en cambio te gustó siempre muchísimo leer. Te gustaba leer y, por tanto, leías por gusto. No te imagino leyendo algo ilustre pero aburrido y a mí me sedujiste a la lectura sin proponerme jamás un programa cultural. Para convencerme de que leer es algo maravilloso e imprescindible me bastó ver el entusiasmo con que comprabas la última novela de Agatha Christie aparecida en editorial Molino. Si te hubiera oído citar a Dante o a Proust seguramente me hubiese dedicado al fútbol.»

 

Ricargo Piglia: La lectura como urgencia

Ricardo Emilio Piglia Renzi. Imagen tomada de diariodecultura.com.ar

Ricardo Emilio Piglia Renzi. Imagen tomada de diariodecultura.com.ar 

Esta anécdota me la recordó Rolando Rodríguez, periodista y amigo mío, cuando le comenté la idea del post. El gran (GRAN) escritor argentino Ricardo Piglia (Respiración artificial, Blanco nocturno) la ha contado varias veces, en artículos y conferencias. La versión que aquí copio es quizá la definitiva: aparece en el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi. Renzi es el alter ego de Piglia, personaje (protagonista o secundario) de algunas de sus ficciones (y de esos textos híbridos entre crítica y ficción que son sello de Piglia). Este diario, que el escritor empezó en 1957, será publicado en tres partes. La primera salió al mercado hace poco, y lleva por subtítulo I. Años de formación.

«[…] Un tiempo después de aquel viaje al sur, a los dieciséis años, yo cortejaba, digamos así, dijo, a Elena, una bella muchacha, muchísimo más culta que yo, con la que cursaba el tercer año del Colegio Nacional de Adrogué. Una tarde veníamos por una calle arbolada junto a un muro pintado de celeste, que todavía veo con nitidez, y ella me preguntó qué estaba leyendo.

Yo, que no había leído nada significativo desde la época del libro al revés, me acordé que había visto, en la vidriera de una librería, “La peste” de Camus, otro libro de tapas azules, que acababa de aparecer. “La peste” de Camus, le dije. ¿Me lo podés prestar?, dijo ella.

Me acuerdo que compré el libro, lo arrugué un poco, lo leí en una noche y al día siguiente se lo llevé al colegio… Había descubierto la literatura no por el libro sino por esa forma afiebrada de leerlo ávidamente con la intención de decir algo a alguien sobre lo que había leído: pero ¿qué?… Eterna cuestión. Fue una lectura distinta, dirigida, intencional, en mi cuarto de estudiante, esa noche, bajo la luz circular de la lámpara… De Camus no me interesa “La peste” pero recuerdo al viejo que le pegaba a su perro y cuando al fin el perro se escapa, lo busca desolado por la ciudad.

¿Y cuántos libros he comprado, alquilado, robado, prestado, perdido, desde entonces? ¿Cuánto dinero invertido, gastado, derrochado en libros? No recuerdo todo lo que he leído, pero puedo reconstruir mi vida a partir de los estantes de mi biblioteca: épocas, lugares, podría organizar los volúmenes cronológicamente. El libro más antiguo es “La peste”. Luego hay una serie de dos: “El oficio de vivir” de Pavese y “Stendhal par lui-même”. Fueron los primeros que compré, a los que siguieron cientos y cientos. Los he traído y llevado conmigo como un talismán o un fetiche, y los he puesto sobre las paredes de piezas de pensión, departamentos, casas, hoteles, celdas, hospitales.»

Jorge Luis Borges: La lectura como una forma de la felicidad

Jorge Luis Borges. Ilustración de AFloresmontúfar

Jorge Luis Borges. Ilustración de AFloresmontúfar

Jorge Luis Borges es, acaso, el escritor más importante del siglo pasado (en nuestra lengua, sin ninguna duda). Sin embargo, él solía decir que se sentía mucho más orgulloso de los libros que había leído que de los que había escrito. Su tarea como divulgador de libros y autores ha sido importantísima: dirigió colecciones y antologías (en este post de Pasajero incluimos una historia recogida en su Antología de la literatura fantástica), tradujo a Poe y a Faulkner, prologó sus libros favoritos y se preocupó muchísimo por difundir a sus autores más queridos (Stevenson, Chesterton, Kipling, Schopenhauer, por ejemplo).

En una entrevista-documental, Borges para Millones (1978), el escritor argentino arremete contra la idea de la lectura obligatoria. Aquí les dejamos ese fragmento.

«Creo que la frase ‘lectura obligatoria’ es un contrasentido, la lectura no debe ser obligatoria […] Yo he sido profesor de literatura inglesa durante veinte años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y siempre les aconsejé a mis estudiantes: si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso; no lean un libro porque es moderno, no lo lean porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo… (aunque ese libro sea El paraíso perdido, que para mí no es tedioso, o El Quijote, que para mí tampoco es tedioso). Pero si un libro es tedioso para ustedes, no lo lean: ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad.

Yo aconsejaría, a esos posibles lectores de mi testamento (que no pienso escribir), yo les aconsejaría que leyeran mucho, que no se dejen asustar por la reputación de los autores, que leyeran buscando la felicidad personal, un goce personal: es el único modo de leer. Si no, caemos en la tristeza de las bibliografías, de las citas de Fulano y luego un paréntesis, luego dos fechas separadas por un guión, y luego, por ejemplo, una lista de libros críticos que han escrito sobre ese autor. Todo eso es una desdicha. Yo nunca les di una bibliografía a mis alumnos. Les dije: no, no lean nada de lo que se ha escrito sobre Fulano de Tal. Shakespeare no leyó una línea escrita sobre él, y escribió la obra de Shakespeare. Ustedes no se preocupen de lo que se ha dicho sobre Shakespeare. Si Shakespeare les interesa, muy bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas.»

*Bonus track: Entrevista a Jorge Eslava Calvo

El escritor y profesor Jorge Eslava Calvo, en esta entrevista para la página Lee por gusto, señala algunas deficiencias del sistema educativo escolar (y de la sociedad en general), que imposibilitan a los estudiantes empezar la universidad como lectores formados: la ausencia de bibliotecas en las escuelas y en casa, los maestros que evalúan obras que no han leído, las fallas del Plan Lector, etcétera. En ese contexto, apunta: «Leer no es un placer. Leer es un placer para quienes tienen el hábito de leer. Para quienes no lo tienen, que es la inmensa mayoría de este país, leer no es un placer: es un calvario. Entonces, resulta demagógico decir ‘leer es un placer’.»

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.