Pasajero Miércoles, 23 septiembre 2015

Carmen Balcells: agente, confidente, Mamá Grande

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.
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Foto de Daniel Mordinski

La mítica agente catalana Carmen Balcells, fallecida este lunes, es una de esas piezas clave que, sin demasiadas luces sobre sí misma, ha propiciado y sostenido una época sobre sus hombros. Balcells representó a seis premios Nobel (Miguel Ángel Asturias, Vicente Aleixandre, Camilo José Cela, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa) y a otros enormes escritores como Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Alfredo Bryce Echenique. Su nombre es fundamental en la historia del boom latinoamericano (y en la formación de leyendas como Vargas Llosa y García Márquez, que fueron grandes amigos suyos), así como en la profesionalización de los escritores de habla hispana.

Aquí hemos recogido algunos textos que hablan sobre esta mujer casi mítica, que se dio poco a las entrevistas y las apariciones públicas, pero sin cuyo trabajo, probablemente, no se hubieran escrito ni difundido algunas de las obras más importantes del nuestra lengua.

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Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, Carmen Balcells, José Donoso y Ricardo Muñoz Suay, en 1974. (Foto: Archivo Carmen Balcells)

En una columna de Mario Vargas Llosa, publicada en el 2000 (y rescatada por el investigador Luis Rodríguez Pastor en su página Rocola Peruana), el Nobel explica qué significó la irrupción de Carmen Balcells en el mundo literario de entonces (inicios de los sesenta):

Las relaciones que, hasta esa época, existían entre escritores y editores en el ámbito de la lengua eran patriarcales y subjetivas. Autor y editor aceptaban como algo tácito que la editorial que consentía publicar un manuscrito nativo hacía un favor desmedido a su escribidor, y que, por lo mismo, éste debía corresponder a esa generosidad y ese riesgo asumido por el editor, entregándose a él atado de pies y manos, de por vida. Los contratos no tenían límite de tiempo, de modo que, en la práctica, aunque no de iure, había poco menos que una cesión de propiedad. Era normal que el editor se reservara la exclusiva para gestionar las eventuales traducciones, y que, concretadas éstas, recibiera por ellas cuando menos la mitad, y a veces las dos terceras partes, de los derechos del autor. A nadie parecía anormal que las cosas ocurrieran así, pues así habían sucedido siempre, y, además, hubiera sido de pésimo gusto que los escritores, esos artistas, enturbiaran esa noble y espiritualizada vocación que era la suya con sórdidas consideraciones crematísticas.

Cuando Carmen Balcells comenzó, en los años sesenta, a exigir a los editores que aceptaran plazos temporales para los contratos, que renunciaran a la costumbre de reservarse el derecho de gestionar las traducciones, y, a veces, a pedirles controles de tirada y de impresión, hubo, en el mundo editorial, un escándalo parecido al que conmueve un gallinero en el que se ha metido el lobo feroz. Le dijeron traidora, materialista, pesetera, innoble saboteadora del gay saber, literaturicida y mil lindezas más. Ella derramaba vivas lágrimas, pero no daba su brazo a torcer. Le montaron innumerables conspiraciones para ponerla de su lado o asustarla; la amenazaron con apandillarse contra ella y no publicar más a sus representados; le metieron juicios; la adularon y trataron de sobornarla; quisieron quitarle a los autores, ofreciendo a éstos mejores condiciones si prescindían de su ofídico agente. Todo fue inútil. Unos cuantos años después, cuando comprendieron que sólo matándola doblegarían la terquedad metafísica de esa matriarca —y ninguno estaba dispuesto a llegar a esos extremos—, y acabaron por rendirse y aceptar que la relación editor-autor no podía seguir siendo la de antaño, las costumbres editoriales ya habían cambiado sustancialmente, y buen número de escritores, gracias a la irresistible ascensión de Carmen Balcells y a su influencia en el medio editorial, podían vivir total o parcialmente de su trabajo, o, por lo menos, trabajar con la sensación de que sus derechos eran reconocidos y respetados.

Aquí hay un ejemplo de la fuerza con que Balcells defendía a sus autores. El País recogió algunos de los documentos privados de la agencia, que se acumulan en 2 mil cajas y que fueron vendidos en 2010 al Ministerio de Cultura de España. Este es un telegrama enviado a la editorial Bruguera, que quería publicar una reedición de El otoño del patriarca, la novela de Gabriel García Márquez:

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Captura: El País

Sobre esta misma novela, Balcells cuenta esta anécdota en una entrevista que le hizo Rodrigo Fresán para Soho Colombia (en la que explica, además, el origen del ‘Carmen Balcells, bañada en lágrimas’).

“García Márquez me dedicó, de su puño y letra, mi ejemplar de la primera edición de El otoño del patriarca con ese ‘Para Carmen Balcells bañada en lágrimas’. Dedicatoria que, tantos años después, quedó impresa en todos y cada uno de los ejemplares de Del amor y otros demonios. Y las lágrimas en cuestión brotaron a partir del horror que yo sentí y de lo que sufrí al recibir y ver esos primeros ejemplares de El otoño del patriarca: se imprimieron rápido y se pegaron mal, porque la demanda y la prisa por que llegasen a unas librerías de México eran enormes. Así que la novela, al abrirla, se te deshacía en las manos. Le pasó al presentador de la novela, Jacobo Zabludovsky, frente a todos. Las hojas volaban por todas partes. La hojarasca propiamente dicha, el otoño de verdad. La portada era horrible. Y yo hice un auténtico drama, mi marido no dejaba de decirme ‘no llores, no llores…’ y yo no paraba de repetir ‘no puede ser, no puede ser…, con tanto amor que está hecho todo, con tanto genio que está escrito…’. Y es que El otoño del patriarca es para mí algo muy especial, porque yo viví el día a día de su escritura. Entonces Gabo vivía en París, pero pasaba mucho por Barcelona. Y escribía mucho aquí. Yo fui testigo muy cercana de cómo iba creciendo ese manuscrito. Así que fue un auténtico drama para mí descubrir en el objeto horroroso en el que se había transformado ese milagro. Bañada en lágrimas, sí”.

Pero las funciones de Balcells iban todavía más allá. Cuenta Vargas Llosa en la columna que mencionamos arriba:

A fines de los años sesenta, yo enseñaba literatura en el Kings College, de la Universidad de Londres. Ella súbitamente desembarcó en mi casa y me ordenó: “Renuncia a tus clases de inmediato. Tienes que dedicarte sólo a escribir”. Le repuse que tenía mujer y dos hijos y que no podía hacerles esa bellaquería de dejarlos morirse de hambre. Me preguntó cuánto ganaba enseñando. Era el equivalente de quinientos dólares. “Yo te los doy, a partir de este fin de mes. Sal de Londres e instálate en Barcelona, que es más barato”. Le obedecí —ya para entonces había descubierto, como un editor cualquiera, que era inútil resistir los ucases de Carmen— y nunca me he arrepentido de ello […]. La casa, la oficina de Carmen Balcells eran el centro de la ebullición, el nido de todas las conspiraciones, el refugio de los afligidos y la caja sin fondo de los insolventes. A condición de aceptar su imperio benevolente, de ser dócil y sumiso, uno era feliz. Ella pagaba las cuentas, alquilaba los pisos y resolvía los problemas de electricidad, de transporte, de teléfono, de clandestinidad, y aprobaba o fulminaba los amoríos pecaminosos, asistía a los partos, consolaba a los cónyuges e indemnizaba a las amantes. Felicidades y tragedias, complots y alianzas o desavenencias terminaban siempre en grandes almuerzos, o cenas copiosas presididas por ella, o en excursiones lustrales a su casita de Cadaqués.

Cuando Vargas Llosa ganó el Nobel, en 2010, hubo muchísimas entrevistas, a él y a sus amigos. Una de ellas fue realizada en RPP. En esta entrevista, llamaron por teléfono a Carmen Balcells. En la mesa de conducción estaban Abelardo Oquendo, Alfredo Barrenechea y Ricardo González-Vigil. Vargas Llosa interrumpió la conversación, también por teléfono, para saludar a sus amigos y bromear con Balcells: “¿Cómo has hecho para que me den el Nobel?  Yo tenía mucha fe en tus poderes, pero realmente que hayas logrado corromper a la Academia Sueca, me ha sorprendido”.

Cuando García Máquez cumplió 85 años, Carmen Balcells le envió un saludo vía El País:

Muchas gracias, Mamá Grande.

Miguel Flores-Montúfar

Soy comunicador y trabajo como profesor de lenguaje. He pasado tanto tiempo subido en buses, custers y combis, que escribo esta columna para encontrarle el lado positivo al asunto.